Calle Florinda

Manuel Liaño Rivera

    No cabe duda, que la FLORINDA que consta en el callejero tarifeño es la hija del Conde D. Julián, jefe de las tribus de Gomara y al que le achaca la leyenda la traición al rey Don Rodrigo y la venida de los árabes a la conquista de España.

    La leyenda de FLORINDA LA CAVA, conocida así en las crónicas árabes dice:
   Tenía el Conde Don Julián una hija bella y hermosa cama la aurora llamada FLORINDA. Siguiendo la costumbre de los patricios españoles que mandaban a sus hijos a la Corte para que avenzacen al servicio de los príncipes, el Conde mandó o su hija a Toledo donde entró en la alta servidumbre palatina.
    Por su singular belleza, tuvo lo desgracia FLORINDA de enamorar al rey, el cual, con ocasión de que la linda joven se bañaba en el Tajo, vio desde una de las ventanas de palacio más de lo que el pudor o el recato de ésta hubiera consentido si imaginar pudiera que había alguien que la mirase y más de lo que era menester, para inspirar pasión tal, que no amor del monarca, cuya virtud dejaba mucho que desear.
    La castidad tentó al vicio. Manchar aquella conciencia, pervenir la castidad, aspirar esencias y degustar mieles, aumentar los goces con las dificultades y las resistencias invencibles; burlar al padre. Reírse de su confianza.
    El resultado fue que viendo Don Rodrigo que por el camino de la seducción, de los ruegos y de las persuasiones no era posible vencer la virtud de FLORINDA, cumplió por lo fuerza lo que por la voluntad no había podido conseguir.
    El crimen de Don Rodrigo, un crimen pasional, acabó por revelar a todos los males encerrados en su alma. Por entonces, dos bases principalísimas de las familias consistían en la obediencia ciega al padre y el culto religioso a la castidad de la mujer.
    Así pues, disimuló FLORINDA su enojo, hasta que halló ocasión de informar a su padre de la deshonra que el rey le había hecho. Con la que, encendido de cólera, el Conde, juró vengar la afrenta a su hija y lavarla con lo sangre del malvado forzodor.
    Como algún tiempo después, Rodrigo le rogara al Conde que le enviase halcones y gavilanes para sus cetrerías, «yo le mandaré -dijo éste- un gavilán tal, que nunca habrá oído hablar de otro igual».
    Y a este gavilán de esta frase, es donde se acogen gran cantidad de autores para imputarle la deslealtad con los suyos.

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