CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

La "Z" como pretexto

José Araújo Balongo

    La Z es la vigésima octava y última letra del abecedario español, y la vigésima tercera de sus consonantes. Se pronuncia "zeta" o "zeda", aunque esta segunda forma ha quedado en desuso. Es también la sexta letra del alfabeto griego.

    Como verán, comienzo en plan erudito por el aquel del presumir; sin embargo, curándome en salud, debo advertir que este alarde de erudición está al alcance de cualquiera que se moleste en consultar un diccionario. Si se adentra en la consulta puede dar también con lo de "erudito a la violeta", que tal vez sea la expresión que mejor cuadre a mi instrucción y conocimientos en las distintas ramas de la ciencia, el arte y demás materias.

    Todo este preámbulo no tiene otro objeto que el de justificar por qué elegí la letra Z como nombre para el personaje del que me propongo escribir en este número de la revista, y también porque de alguna manera tengo que rellenar los cinco folios del relato. Z, a secas, como nombre, no me gusta. A la hora de redactar y transcribir puede prestarse a confusiones, de modo que a partir de aquí irá escoltada por un punto, o sea Z. Ahora (y ya era hora) paso a lo de la elección de esta letra como nombre del protagonista. La razón es que no hay ninguna razón que le ataña a él, sino una preferencia mía por casi todas las cosas últimas, porque, al ir al final, suelen pasar inadvertidas, y esto, aunque pudiera parecer raro, tiene sus ventajas. Algún día si me queda tiempo, intentaré explicarlas. Creo que ha quedado ya claro que voy a escribir sobre una persona, real, no ficticia, a quien yo bautizo y nombro como Z., enmascarando su nombre verdadero por si se reconoce y se me enfada. Y sin más, como en los viejos cuentos, era una vez un hombre al que llamaban Z..

    Mi conocimiento de Z. viene de largo; somos paisanos, de la misma generación; él, poco mayor que yo; nos criamos en el mismo barrio y, chispa más o menos, carecíamos de las mismas cosas, algo bastante común entre los que crecimos en los años de las cartillas de racionamiento, el estraperlo y la harina de frangollo. Y más tarde en los de la leche en polvo que nos mandaban los americanos y que repartía el padre Font, en San Francisco, y el padre Mainé en San Mateo. Nunca fuimos amigos. Ni de niños, ni de jóvenes, ni de maduros, ni ahora en que estamos, él más que yo, acercándonos a la vejez. A mí me parece que la culpa es mía; si no en la totalidad, en gran parte. Para ello tendría que extenderme en un análisis que no es cuestión del momento.

    Recuerdo a Z. de niño con la cabeza rapada y el ridículo flequillo a media frente, un corte de pelo muy original inventado por los barberos de entonces a requerimiento de nuestras madres para combatir las piojeras y que no fuera el desprestigiado pelado al cero. El flequillo disimulaba y era fácil de espulgar. Siguiendo con la descripción del Z. niño, diré que tenía las orejas separadas, el color negruzco y la boca grande; que era flacucho, esmirriado, serio y de mal carácter. No le gustaban las peleas y raro era el día que no se peleaba; perdía más veces que ganaba y su punto débil lo tenía en la nariz, de ahí las frecuentes moquetas con las que terminaban sus derrotas.

    De muchacho mejoró algo su aspecto. Se dejó crecer el pelo, lo peinaba con raya al lado izquierdo y lo untaba con brillantina. Así lo lucía negro y ondulado, y al mismo tiempo disimulaba la separación de las orejas en la espesura de sus alardes. Destacaba como buen bailarín en las casetas de feria, en las cruces de mayo y en cualquier otro lugar donde se celebrara un bailongo y lo dejaran entrar.

    Z. no era guapo ni simpático, sin embargo tenía cierto éxito entre las muchachas de su edad. Sus amoríos, de corta duración, fueron varios y desparejos los más. Quiero decir que en una sociedad tan fragmentada como la de entonces, él solía picar alto; o sea, se elevaba en sus pretensiones saliéndose del tiesto que le correspondía según un no establecido código, pero que debía ser respetado siguiendo las normas imperantes. Estos escarceos amorosos derivaron en más de un disgusto familiar para las jovencitas que se atrevieron a sacar los pies del plato contrariando la ley de clases. Z. se rebelaba contra los distingos del menosprecio haciéndolo peor.

    Aunque no fuera amigo mío y en honor a la verdad, a mí no me parece que Z. llevara la intención de dar, como suele decirse, un "pitracazo". Además, en el pueblo había más presunción que realidad en cuanto a las pretendidas clases, generalmente medidas por el dinero y la ostentación que de él se derivan de jactancia y vanagloria exteriorizable y visible; es decir, que algunas tenían más cuentos que Calleja y que no era oro todo lo que relucía. Esto hizo que más de un "pitraquero" sufriera un batacazo y más de una "esmayá" escalara cierta altura, admitiendo benevolentemente (que ya es admitir) que al dinero proporcione brillo y dé categoría. Pero este es otro tema distinto al que me ocupa.

    Al final, Z. se casó con una muchacha más o menos de su clase y con ella sigue. La pobre tiene el cielo ganado, porque aguantar como pareja a un marido como el suyo debe ser insoportable por muy sufrida que la mujer sea. O a lo mejor es hasta feliz; cualquiera sabe. En esto del amor y el desamor ellas son muy suyas; de otro modo no se explica la existencia de tantas parejas inconcebibles.

    De verdad aseguro que no quiero dejarme llevar por la antipatía que Z. me produce a la hora de juzgarlo. Trato de distanciarme a un terreno neutral; incluso procuro contenerme cuando me viene a la mente algún adjetivo despreciativo que lo descalifique. Lo que no puedo evitar ni cambiar es el desfavorable sentimiento que me inspira. Y lo curioso del caso es que en toda nuestra vida -la de él y la mía- apenas hemos tenido contacto, cosa rara en un pueblo chico como es este en el que, aunque no quieras, a veces, te ves obligado a tratar con quien no te apetece. Ni nuestras respectivas mujeres son amigas ni pertenecemos a ningún club, asociación o grupo común que obligara en cierto modo al trato. Nuestras vidas son distintas y transcurren distantes. Si nos cruzamos muy de cerca, el saludo se limita a un hola o un adiós, pero nada más.

    Rebuscando en mi memoria, recuerdo que en uno de aquellos partidos de fútbol del callejón de Feria, teniendo yo 9 ó 10 años, tuvimos un encontronazo que comenzó a patadas y acabó a puñetazos. Salimos de la reyerta, él sangrando abundantemente por la nariz y yo con un labio partido. Puede decirse que no hubo ni vencedor ni vencido; en términos boxisticos el veredicto hubiera sido combate nulo. De violencia física entre él y yo no recuerdo nada más. Ni física ni de cualquier otra índole; sólo esa antipatía recíproca e inexplicable que a veces se produce entre dos personas sin nada que lo justifique.

    Escribí al comienzo que me parece que la culpa es mía, pero a medida que avanzo en el relato me viene la duda. Cierto que no me cae bien, pero tampoco yo debo caerle bien a él, eso se nota. Habemos personas que, por el aspecto, provocamos en las otra una reacción de rechazo; y digo habemos porque estoy convencido que soy una de ellas; la experiencia me lo ha confirmado. Pero me tiene sin cuidado; es algo que ni me preocupa ni me apena. Sobre todo cuando el rechazo viene generalmente de quienes viene. En estos casos, correspondo al rechazo con el desprecio.

    No sé si a Z. le ocurrirá lo mismo que a mí a la hora de digerir las reacciones desfavorables de otros, si es que las tiene, aunque todo apunta a que sí; la mía, seguro, y la de él hacia mí, casi seguro. Sin embargo, por mi parte, se da una circunstancia curiosa: no lo aprecio, pero no lo odio; no lo estimo, pero no me es indiferente; la prueba la tenemos en que le estoy dedicando este relato. Qué rara es en ocasiones la condición humana.

    Z. y yo nos estamos haciendo viejos; vamos ya, como cantaba Gardel, "cuesta abajo en la rodada". Por lo que llevo escrito no sé si se habrá reconocido en el caso de que me lea; pistas doy pocas y lo hago a conciencia. Lo que aquí cuento nunca se lo conté a nadie, porque este debe ser un asunto entre nosotros. Si lee esto, si se reconoce, si él quiere, estoy dispuesto a que mantengamos una charla larga y tendida, sin límite de tiempo. Le doy a elegir el escenario y la fecha, pero con una condición: que sea sin testigos para que no se nos quede nada dentro. Lo difícil será quién dé el primer paso. Mi generosidad no llega a tanto como para ser el primero. Lo ideal sería encontrar un intermediario, o mejor unos padrinos, como en los antiguos duelos a primera sangre. Pero ya no sería cosa de dos. La verdad es que resulta difícil; mejor lo dejamos. Que sigan transcurriendo nuestras vidas y puede que algún día el azar nos acerque. Y si no, tampoco pasa nada. Casi me da vergüenza lo que he escrito. No tengo duda ya: me estoy haciendo viejo.-

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