APUNTE BIOGRÁFICO

ALJARANDA

La primera sorpresa

Cristóbal Delgado Gómez

    Era Octubre cuando por primera vez mis ojos de niño vieron Tarifa. Fue el flechazo: me enamoré. Ahora, cuando escribo estas líneas desde la lejanía del tiempo y el espacio, siento aún la emoción primera; la caricia de luz que dejó en mi alma una huella imborrable... Han transcurrido sesenta y cinco años y aún vive fresca en mi memoria aquella tarde de otoño con el sol ya en su declive escarlata hundiéndose en el destello deslumbrante del Atlántico.

    Atravesamos el arco milenario -la Puerta de Jerez- con su timbre de honores y de historia, y bajamos la calle de la Luz inmersos en un baño de blancura: el caserío, ebrio de cal, adquiría matices increíbles; el estilo señorial de las viviendas, sus bellos herrajes, denotaban que la ciudad había sido y seguía siendo asiento de gente principal que, consciente de su pasado glorioso, habían puesto su empeño en conservar todo aquello que mantendría las huellas de su brillante memoria. Escudos heráldicos decoraban los pórticos en muchas casas tarifeñas, y sus calles, estrechas y cuidadas, delataban su primitivo trazado urbano.

    Desde la Calzada, silenciosa entonces, vimos la fachada severa del templo de San Mateo. Luego, en el interior, admiramos la belleza catedralicia del gótico, el equilibrio de sus naves, el encanto multicolor de sus vidrieras. La Capilla del Sagrario fue otra joya que nos impresionó vivamente.

    De nuevo en la Calzada, contemplamos por encima del colegio de las Concepcionistas, al que yo asistiría después, los muros del castillo recortándose sobre el cielo violeta del crepúsculo. A un paso la Alameda ofrecía el encanto floral de sus paseos. En uno de aquellos, que se elevaban en distintos planos, estaba el cine; allí vería yo más adelante infinidad de películas, mudas aún, en las que la noche se figuraba en una transparencia azul pues aún la técnica no había avanzado lo suficiente...

    Volvimos a la Calzada, eje y corazón de la vida tarifeña, y por una calle estrechísima llegamos a casa de nuestros parientes, los Marset, que allí vivían en una hermosa finca.

    Tras los saludos de rigor, la dueña de la casa -Ana- le dijo a mi madre:

    -Yo os he visto esta tarde en la iglesia, pero vosotros no me habéis conocido.

    Mi madre hizo un gesto de extrañeza, y mi parienta aclaró:

    -Es que yo iba de manto y saya...

    -Ah.

    Y yo, tras las explicaciones pertinentes recordé que, efectivamente, cerca de nosotros cuando admirábamos la iglesia de San Mateo, había una extraña figura toda cubierta de telas negras de las que sólo eran visibles unas manos muy blancas que desgranaban un rosario.

    Fue mi primera sorpresa tarifeña.

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