| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
(Dedicado a Alfonso Campos Cádiz y a Andrés
Delgado Iglesias, compañeros antiguos de chapuces
hojalateros)
A los de mi edad y a los mayores que yo, a los de mi barrio o a los de otros barrios similares al mío, puede que les parezca una tontería dedicar mi relato de hoy a algo tan insignificante como el jarrillo de lata, aquella cilíndrica y pobre vasija de hojalata, con un sólo asa, tan común y corriente en nuestra lejanísima niñez, donde beber en vaso de cristal suponía un lujo. Sin embargo, para los que pertenecen a generaciones posteriores a las nuestras tal vez les pueda interesar pues muchos de ellos (la mayoría) no saben absolutamente nada de este utensilio tan humilde y que pertenece a un tiempo de estrecheces, donde la imaginación se ponía al servicio de lo necesario supliendo las carencias de mil maneras; porque el ser humano, cuando la necesidad aprieta, si no tiene lo que necesita, se lo inventa; encuentra lo que busca hasta debajo de las piedras. En los tiempos difíciles es donde se pone a prueba la verdadera inteligencia, la que se ejercita, no en las universidades, sino en la escuela de la vida diaria, en la urgencia del estómago vacío y de los retortijones de tripas. Hay frases que respaldan lo que digo: "Es más listo que el hambre". O esta otra: "Aquí, el más tonto hace relojes, y además funcionan". Por todas estas cosas, discurriendo, me parece acertado abordar este tema, de tan poca importancia según como se mire, porque todo es relativo. Cualquier cosa, aun la menos aparente, puede valer para dar testimonio de un tiempo y de un país, de un pueblo y de sus gentes. Los arqueólogos, con lo más mínimo, reconstruyen la historia de un lejano pasado. Yo, que no soy arqueólogo, rescato mis vivencias de un pasado reciente valiéndome de algo tan simple como es un jarrillo de lata que activa los recuerdos que en mi memoria viven.
Empezando por donde se debe, lo primero será su descripción. Se trataba de un bote cilíndrico de hojalata, como los de leche condensada, de aproximadamente un cuarto de litro. Precisamente los más usuales eran los confeccionados con los botes vacíos de dicha leche, a los que se les despojaba de la etiqueta de papel y se le machacaban las aristas interiores dejadas por el abrelatas al quitarles la tapa. Para no deformar lo que iba a ser la boca del jarro, esta operación se llevaba a cabo utilizando como soporte la punta de un pequeño yunque, donde se introducía la vasija, y un martillo de bola para golpear el borde sin alterar su circunferencia. El asa se hacía con las tiras sobrantes de hojalatas procedentes de las fábricas de conservas de pescado donde, algunas, no todas, confeccionaban sus propios envases. Estas tiras tenían su origen al cuadrar en la cizalla los irregulares rectángulos de las hojas de entonces. Al asa se le daba forma de un cierre de interrogación, luego de doblarle los cortantes filos, y se soldaba con estaño, en sentido vertical, justo encima de la costura del bote.
Casi he
tardado más en describirlo de lo que se tardaba en hacerlo, y puedo dar fe de ello porque
mi primer oficio y del que más orgulloso me siento fue el de hojalatero. Trabajé en el
taller de envases de una fábrica tarifeña desde los 13 a los 25 años. Trece años mal
contados aprendiendo junto al maestro Vicente Cano, mi tío, que en paz descanse, al que
le debo tanto, que me tiembla la mano y se enturbian mis ojos cuando escribo su nombre...
Pero vamos a lo que íbamos. En aquellos años hice cientos de jarrillos. Jarrillos y
otras cosas. Chapuces hojalateros para poder ir los domingos al cine; para comprar tebeos;
y ya un poco mayor, para la cervecita y para los cigarrillos. Porque el sueldo (empecé
ganando un duro diario. Digo bien; cinco pesetas, 35 a la semana ó 150 al mes, como se
prefiera) había que entregarlo íntegro. Eran malos tiempos; y nosotros, muchos.
Clientes para los jarrillos de lata no faltaban. Las traíñas de entonces, con tripulaciones de entre 20 y 40 hombres, gastaban bastantes. Mandaban a comprarlos al chiquillo del barco, al del cuartón o la media parte, críos de 8 a 14 años, en edad de jugar e ir a la escuela, que tenían que arrimar el hombro en el duro trabajo de la mar y ayudar al sostén de la familia, numerosa casi siempre. Porque eran (ya lo dije)malos tiempos para casi todos.
Teniendo en cuenta que los jarrillos se vendían a dos reales la unidad, cuando algún barco te encargaba 20 ó 30 veías el cielo abierto. A veces la dificultad estribaba en encontrar los botes de leche vacíos, un lujo para los de nuestra clase. Yo iba a buscarlos a "La Basurilla", un terraplén que estaba detrás del antiguo campo de fútbol (hoy Parque Feria) donde descargaba el carro de la basura. Removiendo en la inmundicia solía encontrar los que necesitaba, aún después de desechar los que estaban ya mohosos.
Luego tenía la clientela del perreo; las que te compraban uno, dos o tres; vecinas del barrio (de mi Barrio Afuera), mujeres del antiguo cuartel de la guardia civil, de los antiguos pabellones militares de suboficiales. Incluso había alguna que te traía el bote y uno le ponía el asa; a éstas se les cobraba la mitad del precio: un real.
Pudiera parecer por lo que cuento que yo fuera en Tarifa el único "fabricante" de jarrillos. Nada más lejos de la realidad. Casi todos (por no decir todos) los aprendices de hojalatero los hacíamos. Luego estaban los lateros ambulantes, que colgaban al hombro, junto con la caja, una ristra grande del modesto utensilio. Ocurría que la demanda casi superaba a la oferta. Porque eran (ya más de una vez lo llevo dicho) malos tiempos para casi todos.
El jarrillo de lata tenía la virtud de la frescura en verano para beber el agua, ya fresca de la tinaja de barro que la contenía. Una tinaja con tapadera de madera, comprada a los aprendices de carpintero (cada cual se las buscaba como sabía y podía), que ocupaba un rincón de la humilde cocina sin agua corriente de las casas de patio con un grifo común, lo mismo que el retrete. Pero tenía un inconveniente: lo caliente, como el café, quemaba más que la madre que lo parió; y lo peor de todo es que conservaba el calor por tiempo interminable. En invierno casi se agradecía, porque además de calentarte el estómago con el contenido, con el continente te calentabas las manos y se aliviaban los picores de los sabañones. Sin embargo, en verano, era como para una bulla. Había que tener cuidado con los labios para no quemártelos, de modo que, aproximando la vasija a ellos, sin posarlos, se daba el sorbetón con cuidadito. De todas maneras, con sus ventajas y desventajas, no dejaba de ser algo muy útil donde se podía beber todo lo bebible. Todavía circula una vieja frase que dice: Es más "apañao" que un jarrillo de lata.
Podría seguir escribiendo sobre el tema, que da para mucho más; pero con lo dicho me parece suficiente. A los que conocieron y usaron el jarrillo, este relato les traerá recuerdos de un tiempo lejano y superado. A los que felizmente, por su juventud, no lo conocieron, me gustaría le dedicaran unos minutos de reflexión a este modo de dar testimonio de un tiempo, de un pueblo, de unas gentes, que les tocó vivir y jugar a una lotería que no tocaba nunca. Un tiempo, del que yo, como muchos otros, soy un superviviente.
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