CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Mi playa de los Lances

José Araújo Balongo

    La llamo mía en el sentido que lo hace el argentino Alberto Cortez refiriéndose al perro Callejero de su canción del mismo nombre cuando dice: "... porque lo que amamos lo consideramos nuestra propiedad". Por esta razón, que no derecho, llamo mía a la playa de Los Lances; porque la playa, cualquier playa, como otras muchas cosas naturales, es de todos y es de nadie; tiene valor, pero no tiene precio. Es como un sentimiento interior de cada uno, como la sensación que pueda depararnos un beso, una caricia, una mirada tierna... Siempre que el beso, la caricia y la ternura de mi ejemplo sean un regalo, un darse sin pedir nada a cambio o, si acaso y puestos a pedir, una correspondencia en la ternura, la caricia y el beso.

    Para mí la playa de Los Lances tiene la imborrable virtud de los recuerdos infantiles agradables. Yo vivía en la calle San José, o de la Tenería, su antiguo nombre. Desde la puerta de mi casa, entonces, se veía la playa sin obstáculo alguno. Cuando era muy chico, mi abuelo materno, que se llamaba como yo, José, en los días buenos solía llevarme a ella con bastante frecuencia. Cogidos de la mano, acompasaba él su paso al mío y andandito andandito dejábamos atrás el huerto de Luz la de la cal, el regajo y la Chanca, que cuando la pasábamos se notaba al andar el cambio de la yerba verde por la arena fina, blanda y blanca. Habíamos llegado al confín de la anchura de la playa. Antes de entrar en ella, mi abuelo se descalzaba él y a mi me descalzaba. Ya podía soltarme de su mano, correr, revolcarme en la arena, chapotear en la orilla pero sin adentrarme demasiado en el agua, porque, si me atrevía, mi abuelo iba a por mí y hacía como si me regañara. Me decía: "No te metas tan adentro (para él, tan adentro, era que el agua me llegara a las rodillas) que la marea chupa mucho". Años después, cuando cumplí los 8 ó 9, ya iba sólo o en pandilla; con Gabriel, con Eduardo, con Curro, con Perico... Ninguno de nosotros teníamos bañador, de manera que nos bañábamos desnudos, escogiendo las zonas solitarias de la inmensa playa donde entonces eran escasos los bañistas. Aprendimos a nadar solos, desafiando el peligro, porque (tenía razón mi abuelo) la marea en Los Lances chupa mucho. Precisamente por eso, por el peligro, aprendimos pronto, porque el instinto de conservación ayuda. Nadábamos como los perros, de un modo primitivo, pero nos sosteníamos a flote y avanzábamos, a veces con bastante rapidez aprovechando el romper de las olas que morían en la orilla.

    Aquello de bañarse desnudos estaba prohibido aunque fuéramos niños. En verano, un guardia municipal vigilaba la playa vestido de uniforme, de ahí que más de una vez el primero que lo divisara diera la voz de alarma al grito de: "¡Un municipal!". Apresuradamente recogíamos la ropa y a correr se ha dicho; una carrera en pelo por la orilla, desnudos, mojados, campaneándonos entre las piernas, sueltos y desmandados, los nuestros atributos masculinos. ¡Cualquiera nos cogía!. Apenas a un minuto de carrera volvíamos la cabeza para ver la distancia entre la autoridad y los infractores, o sea, nosotros. Por mucho que corriera el pobre guardia la distancia que le habíamos sacado era más que suficiente para que nos diera tiempo a vestirnos e irnos cada cual por su lado, empleando una maniobra de dispersión que nadie nos había enseñado y que debe ser cosa del instinto animal con que nacemos.

Foto M. Rojas

    Mi madre no quería que me fuera a la playa sin alguna persona mayor que vigilara, pero yo me escapaba cada vez que podía. A los de mi pandilla les pasaba lo mismo y, para que no nos delatara el salitre, luego de bañarnos en el agua de la mar nos íbamos al río Jara entrando por la desembocadura hasta dar con el agua dulce y enjuagarnos a conciencia antes de vestirnos, luego de haber sacudido con energía la ropa y el calzado tratando de que no quedara el más mínimo rastro de la fina arena de la playa. Si tardaba mucho, es decir, casi siempre, mi madre preguntaba: "¿De dónde vienes, hijo?", del parque de los monos -le decía- o del llano de los Pepes, o de la huerta nueva, de jugar a carabi, o a melajastro, o a pingomango, o al cangreje... lugares y juegos de una infancia sin parques infantiles ni juguetes, de rodillas y manos desolladas después de un guarrajazo, de chichón o piquete en la cabeza producido por alguna certera pedrada del contrario en las guerrillas de un barrio contra otro... Por eso a mí, que nunca fui violento, me gustaba (y me gusta) tanto la playa de Los Lances; en ella me sentía más libre, como las pavanas planeando en el aire o como los pajeces culebreando en el agua.

    Cuando cumplí los 18 años Los Lances me jugó una mala pasada. En una tarde de poniente largo y mar de fondo se me ahogó un amigo del alma. Pepe Serrano Escribano se llamaba. El tenía 20 años y no era ningún buen nadador para cuando a la mar, como aquel día, se le ajuma el bigote y se pone a las bravas. En mi vida hay un antes y un después de su muerte. Su recuerdo imborrable permanece en mi memoria y en ella seguirá mientras me siga funcionando el cerebro... Pero esta es otra historia que puede que algún día me decida a contar.

    De aquel tiempo al de ahora Tarifa ha cambiado mucho. El turismo, y con él los campings, los hoteles, el windsurf, hacen que casi siempre haya gente en la playa. El viento de levante, al que tanto temían los turistas de sombrilla, tumbona y barbacoa, se ha convertido (quién lo iba a decir) en uno de los principales alicientes para los deportistas de casi toda Europa, amantes de la velocidad sobre las estilizadas tablas con mástiles y velas multicolores que desafían al oleaje que en la mar se origina cuando el levante se desmanda. Todo ha cambiado; el modo de vestir, las costumbres, los bares, los oficios, los comercios. Es verdad que el turismo es negocio, y puestos de trabajo, creación de riqueza, pero (siempre hay algún pero) negocio significa negación del ocio, y turismo algo que no me gusta nada: servidumbre.

    De todos modos Los Lances siempre será mi playa; en verano suelo bañarme en ella todavía para sentir sobre el cuerpo desnudo como rompen las olas y me rodea la espuma... Y en cualquier tiempo, no importa que haga frío, pasear por la orilla descalzo, solitario, tan solo acompañado del viento, sea levante o poniente, que despeina mi cabello entrecano y me arrice la cara; y sentarme en la arena a esperar el ocaso que al horizonte tiñe de colores que el espectro no tiene; y recordar mi niñez, tan lejana; las voces de mi abuelo previniéndome de lo mucho que chupa la marea; y a los de mi pandilla, cualquiera de ellos o mismamente yo, gritando: "¡Un municipal!", y la carrera en pelo, desnudo, con la ropa hecha un lío bajo un brazo; pararnos carleando después de la carrera; entrar en el río Jara a despojarnos del salitre... Y la voz de mi madre preguntando: "¿De dónde vienes, hijo?".

[ Volver al Índice ]