TRADICIÓN ORAL

ALJARANDA

La Cabeza del Toro

Nicolás Martínez

    De siempre se ha oido hablar de tesoros ocultos que le han resuelto la vida al que los halló casualmente. Esta idea está muy extendida en la campiña de Tarifa y tiene su fundamento en que desde las ensenadas de Bolonia y Valdevaqueros embarcaron los moriscos expulsados por Felipe III, con destino al Magreb. Se cuenta que estos escondieron sus alhajas y monedas de oro con la intención de poder algún día volver a recuperar lo que habían guardado.

    No solamente en la tradición oral se trata sobre los tesoros, si no que ya en el pasado siglo Washington Irving, en su libro "The Alambra", escrito en 1832, nos narra un hecho acaecido en Antequera y cita otro de iguales características ocurrido en Sevilla. En ambos casos, sobre la cabeza de cerámica de un toro, que servía de fuente, se hallaba la inscripción "En frente del toro se halla el tesoro", lo cual movió la codicia de muchos que cavaron alrededor sin encontrar nada, hasta que llegó el listo de turno e interpretó la leyenda de otra manera: "En la frente del toro se halla el tesoro", propinándole un soberbio martillazo que la hizo trizas, dejando al pueblo sin agua y, por supuesto, sin hallar ningún tesoro.

    Parecida historia me ha relatado el señor José, un lugareño del Molino de Carrizales, lugar donde se halla la piedra denominada la "Cabeza del Toro", debido a tener en el extremo superior derecho, grabada una hornacina con la forma de las tablas de la ley mosáica. De dicha piedra se cuenta que guardaba un tesoro, consistente en varias barritas de oro, según el dicho anteriormente referido de que "Frente a la cabeza del toro está el tesoro". Muchos lo buscaron infructuosamente y un buen hombre, apodado cejas blancas", que trabajaba de cabrero en el Cortijo del Molino de Carrizales, se lo halló por azar.

    Su patrón, el señor Trujillo, le mandó una tarea y este cabrero se sentó frente a la "Cabeza del Toro" para hacer unos ojales a una media lengüeta, cuando al depositar, casualmente, la lezna sobre la piedra en que se hallaba sentado observó que la piedra tenía un hoyo disimulado con argamasa. Intuyendo que allí había algo oculto, lo tapó aún más, con tierra y unas yerbitas, volviendo de noche para vaciar el hueco encontrando unas barritas de oro. Seguidamente, se marchó en una yegua negra lucera, dejando tres barritas de oro a su patrón, a cambio del animal que se llevó. Según me ha dicho el señor José, estas tres barritas están grabadas, desde el pasado siglo, en el cubo del Molino de Carrizales, por encima del rodezno, como recuerdo de este hecho.

    Tal y como me lo han contado así lo narro, aunque claramente notamos que se trata de una leyenda, la cual tiene como moraleja que la suerte está para el que la encuentra y no para el que la busca.

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