| POSTALES ANTIGUAS | ALJARANDA |
Manuel Liaño Rivera
Otra postal antigua de Tarifa. Esta Corresponde a la antigua calle de LAS HUERTAS, hoy Avda. de Andalucía. En su parte izquierda, al mismo lado de la PUERTA DE JEREZ, siempre se ha encontrado LA PARADA, de carros y carretones, de diligencias, de caballerías, de autobuses y últimamente de Taxis.
Para hacer un comentario de la misma, nada mejor que, un pasaje del libro titulado MIS MEMORIAS, de Don Rafael Gibert Rodríguez, ceutí, que a finales del siglo pasado, concretamente en septiembre de 1.897, pasa por Tarifa, en tránsito para Cádiz, como pasajero de la diligencia de la empresa LA MADRILEÑA, de los Sres. Marset y Cía., Creemos que sería la conocida popularmente por "LA GÓNDOLA".
El viaje, como ya dijimos, lo realiza de Ceuta a Cádiz, a fin de sufrir un examen en el Instituto de esta localidad de 1º de bachillerato. Nuestro personaje, tiene a la sazón, trece años.
... "Mi madre me preparó una de esas maletas clásicas, copiadas del manual del "perfecto viajero": un traje nuevo para el acto del examen; ropa interior; la cajita de hilo, botones y agujas; un chaleco de lana por si refrescaba el tiempo; pastillas de clorato, papel, sobre y plumillas, magnesia efervescente, trastos de limpieza, zapatillas y una bolsita con algún dinero, en diversas clases de monedas. Iban cada cosa tan perfectamente ajustadas en sus tres dimensiones, que en tocándola para coger un pañuelo, fue luego cosa milagrosa cerrar la maleta. Nuestra estancia en Algeciras fue de horas; nos esperaba el inspector del colegio, Don José Crespo, que ya tenía tomado los asientos de la diligencia. Se utilizaba aún esta forma de viajar, sobre todo por el ahorro de tiempo y dinero. En nuestro itinerario daba el ferrocarril una vuelta enorme.
![]() |
| Puerta de Jerez y Calle Cánovas del Castillo, actualmente Avda. Andalucía. (Colección Privada de Sebastián Trujillo) |
Cuando llegamos a la Casa de Postas, ya estaba enganchado el tiro de caballos en el coche, de altas ruedas, se entraba por una portezuela trasera con estribo de tres peldaños. El equipaje iba en la imperial, el mayoral en un alto pescante y el zagal cabalgando en uno de los caballos delanteros.
El acoplamiento se hizo no sin dificultades; tenía el coche asientos laterales, para diez plazas, pero en atención a que yo era un niño y ocupaba poco nos acomodamos once viajeros.
Mi beneficiosa insignificancia no fue muy generosamente correspondida; me dejaron el último para subir y por poco me quedo en tierra; pero ésto me benefició, porque al estar junto a la portezuela, me permitía contemplar el paisaje, cosa de mi agrado.
Aún no habíamos ensamblado las piernas para evitarnos mutuas molestias, cuando las interjecciones del mayoral, el tronar del látigo, el chirrido de los ejes y el martillar de las herraduras sobre las guijas del patio nos anunciaron que había empezado el viaje.
Los compañeros lo celebraron con una gritería infernal. Tropezaban nuestras rodillas como garbanzos en cedazo. Los cuatro viajeros que para su martirio se habían incorporado a aquella bulliciosa expedición no decían palabra, pero sus miradas eran elocuentes.
Nuestro inspector, entrenado en estas danzas, los dejaba hacer. Yo sonreía como tímido simpatizante pero sin hacerles caso. Me entretenía viendo el camino que dejábamos atrás, a través de la masa de polvo que llenaba la carretera y que a distancia la veía elevarse formando como nubes. A la izquierda, llevábamos la línea de la costa; a veces corríamos cerca del mar y otras nos ocultaba éste por las ondulaciones del terreno cerrado de árboles y carrascas; y a trechos, algún caserío y ladridos de perros y como un estribillo trallazos y voces de apremio del mayoral. El coche volaba entre saltos y vaivenes. El compás lo llevábamos con todo el cuerpo; se salían las cosas de los bolsillos y a veces pensaba uno que se le iba a descolgar el corazón. Mis compañeros cantaban, pero más que canción era gruñir y renegar. Uno de los viajeros extraños sonreía ahora, viéndonos removidos y vapuleados; El también lo iba, pero se le adivinaba el regusto de vernos vencidos.
Todavía era de día, cuando para cambiar los caballos, hicimos la primera parada. Cuando se sentó un poco la polvareda en que el coche iba envuelto, abrió el mozo la portezuela y al salir nos regalamos mutuamente con un curioso espectáculo; parecíamos estatuas de yeso; las caras, manos y trajes, como empastados; los ojos nos brillaban como a las máscaras bajo aquél disfraz. Entre protestas y reclamaciones nos fuimos sacudiendo con unos matojos verdes y lavándonos en un pilón, mientras en el ventorro nos aliñaban algo para comer.
El mayoral nos dió explicaciones y presentó disculpas por el desaguisado se había olvidado el mozo de extender la alfombrilla en el piso del coche y por los agujeros, que éste tenía para facilitar la limpieza, fue entrando durante dos horas columnas de polvo suficientes para habernos muerto por asfixia. Las cosas que escuchó el zagal, no son para escribirlas.
Nos sirvieron de cena, sopa de ajos, huevos fritos con chorizo y queso fresco. Las comidas en las ventas y los viales en diligencias son pintorescos en los libros. Me queda de aquel ventorro una impresión de cueva de bandidos; el "amo" con su pañuelo de yerbas a la cabeza bajo el mugriento "catiti" y las patillas cenicientas que en parte le disimulaba un chirlo transversal desde la oreja izquierda a la barbilla, los cuatro compadres que mal alumbrados por un velón se jugaban los cuartos con una baraja roñosa; el viejo lisiado que picaba tabaco sentado en un poyo con un perro entre las piernas, y la ventera, renegrida, aguileña y agitanada que nos servía la mesa, me parecían cuadrillas de fascinerosos dispuestos a desvalijar a los confiados que se aventurasen a pasar la noche en aquel tenebroso descampado. Seguramente eran gente honrada que vivían su triste vida como Dios manda; pero lo disimulaban con su empaque y ademanes; así que cuando el mayoral avisó que todo estaba listo, subí muy contento a mi banco.
![]() |
| Grupo de tarifeños tomando un refrigerio, entre ellos Rafael Notario y Antonio escribano, en al año 1910. (Foto realizada por Lucas R. Centeno) |
Una lamparilla de aceite nos alumbraba; ya no volaba el coche como en la anterior jornada; además, el camino era mejor. Adormilados íbamos, cuando llegado a Tarifa, se detuvo el coche próximo a una puerta de la vieja muralla; adosado a ella, una casita baja, con toldo y farolas, servía de posada o café, con su terraza encuadrada por macetas y bancos; en varias mesitas, tomaban refrescos y charlaban varios señores. Otros paseaban bajo el arbolado que embellece y refresca el trozo de carretera en aquel frente; entre ellos, dos oficiales con teresianas y airosos capotes y unas muchachitas para las que la llegada de la diligencia debía de consistir una de las distracciones favoritas. Tomamos café y continuamos nuestro viaje. Me enrosqué y dormí en mi incomodo asiento, hasta que me despertó la algazara de mis compañeros. Era ya de día y estábamos marchando por una calle amplia de casas de un solo piso, todas muy blancas, con ventanas llenas de macetas; teníamos enfrente un arco pasadizo que unía la iglesia con el edificio de la otra acera; y en el balconcillo de ese arco, sentado y tirando de la cuerda de una campana, el hombre más gordo que he visto en mi vida. La gritería de mis compañeros era la ovación con que saludaban al obeso compañero, que correspondía a ella con repetidos cortes de manga.
Extraídos del Libro MIS MEMORIAS - Paisajes y recuerdos de RAFAEL GIBERT RODRÍGUEZ
Edición preparada, corregida y anotada por: JOSÉ LUIS GÓMEZ BARCELÓ. CEUTA 1.987
[ Volver al Índice ]