CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Perdona por Dios hermano

José Araújo Balongo

    El título de este relato era la respuesta que se le daba al mendigo cuando no se atendía a su petición de una limosna por amor de Dios. Si la petición del mendigo resultaba positiva, lo agradecía con un que Dios se lo pague y se lo aumente en salud. Tres frases hechas, rutinarias, gastadas por el uso, como las preguntas de un formulario que permanecen inalteradas a través del tiempo. Pero de esto hace muchos años, de cuando yo era niño (¿fui niño alguna vez?), o sea, de la prehistoria casi.

    En aquellos años 40 y 50 Tarifa tenía sus mendigos propios, es decir, locales y fijos, estables, que ocupaban diariamente sus lugares como si ejerciera un derecho de titularidad oficiosa, no recogida en ningún documento pero respetada por los de su gremio. No quiero referirme a los mendigos locales por si se me enfadaran sus parientes, sino a los itinerantes; aquellos que iban de portón en portón, de patio en patio, de casa en casa; a unos seres humanos anónimos que no se sabía de dónde venían cuando llegaban ni adonde irían cuando se marchasen. Acaso hasta ellos mismos lo ignoraban... La mayoría eran hombres solitarios andrajosos, sucios, malolientes; si no viejos, envejecidos, derrotados, enfermos. Algunos mostraban sus llagas purulentas o sus costras apostilladas para avivar aún más la compasión. Mujeres venían pocas y, generalmente, las pocas que recuerdo presentaban un aspecto mejor que el de los hombres aunque la miseria fuese la misma.

    A estos mendigos no se les permitía ejercer en los lugares céntricos; de ello se ocupaba la guardia municipal que los alejaban de La Calzada, sobre todo en los días festivos de misa de doce en San Mateo y aperitivo de los pudientes bajo la marquesina del Café Central. Su presencia molestaba y afeaba el paisaje urbano de un pueblo como el nuestro de entonces y de una sociedad como aquella, más preocupada por aparentar y hacer gala de ostentación y que cerraba los ojos o miraba hacia otro lado para no ver la indigencia, en lugar de ocuparse de las necesidades reales y numerosas de tantos desheredados de la fortuna. Por estas razones, aquellos mendigos arrastraban su miseria por el extrarradio; por los patios de vecinos del Barrio Moral, de las calles Aljaranda, Peñita, San Rosendo, Comendador, Colón; las plazuelas del Viento, de San Martín, del Ángel... Y el Barrio Afuera, el más populoso y habitado de todo el pueblo y en el que ha trascurrido casi toda mi vida desde que tengo uso de razón.

    El patio de mi casa en los años que digo estaba (y está) en la calle San José, o de la Tenería, su antiguo nombre. En aquel patio vivíamos cinco familias. Tenía pozo y un grifo de agua corriente, un cañillo en el centro que servía de sumidero y un retrete común. El portón de entrada, carcomido por la polilla y malamente remendado, permanecía siempre abierto, a diferencia de los de cancela de hierro o los de timbre y mirilla donde vivían los señoritos con criadas. De modo que los pobres (la palabra mendigo no figuraba en nuestro vocabulario) tenían más fácil la entrada en aquellos patios familiares, con lo que, a veces, se juntaban el hambre con las ganas de comer. De todos modos, raro era el patio del que salieran sin nada, tal vez porque nadie sabe mejor lo que es la necesidad que un necesitado, aunque en esto, como en casi todo, hay grados, y el tener un techo bajo el que cobijarse, para el que no lo tiene, supone un lujo. La verdad es que dinero recogían poco; alguna moneda de perra chica o perra gorda de las de cobre, pero ya digo, bien poco. Lo que más recibían era algo de comida; algún manojo de sardinas o jureles fritos, un puñado de pescado fresco para que lo asaran ellos o alguna caballa salada y seca. Del grifo común llenaban sus recipientes para el agua. Había días en que llegaban varios a pedir a un mismo patio; de ahí que a veces la contestación obligada a los peticionarios fuera la de perdona por Dios hermano.

    Ya dije antes que mujeres venían pocas, sin embargo mi peor recuerdo de miseria y mendigos de aquel tiempo y el que más nítido permanece en mi memoria es el de una mujer concreta. Estaba sentada en uno de los pretiles altos de la Puerta de Jerez. La mañana era fría y lloviznaba. Ella apretaba sobre su pecho a un niño esquelético, macilento e inmóvil, con los ojos muy fijos y entreabiertos. Fue la primera vez que yo veía a un muerto y tuvo que ser un niño que andaría más o menos por mis años de entonces: ocho o nueve. La mujer no lloraba ni gemía, pero su expresión era la de una dolorosa de semana santa despojada de atavíos ornamentales. Un pequeño grupo de personas formaban semicírculo frente a la escena de la mujer estática y el niño muerto, como quienes contemplan un cuadro realista que mostrara un instante de la vida real detenido en el tiempo... Yo estaba allí, entre ellos, con mis ojos de asombro, oyendo comentarios en voz baja y como esperando que la vida se pusiera de nuevo en movimiento.

    Pasado un tiempo que no sé precisar llegó una camioneta de gasógeno portando un ataúd de la beneficencia pequeño y pobre. De la cabina bajó un municipal que habló con la mujer serio y despacio; pude oir que cuando el guardia terminó, la mujer, con un hilo de voz, dijo: Bueno. Se bajó del pretil y ella misma introdujo en la caja el cadáver del niño, al que cubrió con su viejo y raído mantoncillo negro. El guardia pretendió tapar la caja. Ella se opuso. Entre el guardia y el chófer, despacito, colocaron la caja descubierta en la camioneta y la tapa boca abajo junto a ella. Ayudaron a subir a la mujer, que se sentó en la tapa. Se puso de perfil e inclinó la cabeza; sus manos temblorosas se posaron suaves sobre el canijo cuerpo inmóvil del pequeño cadáver esquelético. El camión arrancó. Del gasógeno salía un humo negro, espeso y pestilente. Por la avenida Amador de los Ríos, cuesta arriba, despacio, renqueante, en la mañana fría, se fue alejando hasta tomar la curva del repecho empinado que conduce al estrecho camino que lleva al cementerio.

    A lo largo de los años de mi ya larga vida he visto muchos muertos; desde un niño de apenas tres meses hasta una anciana de noventa años; familiares, amigos, compañeros, seres queridos todos que, al desaparecer, me van dejando despojado, hueco, vulnerado, aterido... Porque no me acostumbro a la vida sin ellos. Sin embargo, no en el dolor, sino en el recuerdo, la imagen más viva que conserva mi mente es la de aquel niño esquelético, macilento e inmóvil, con los ojos muy fijos y entreabiertos, que una mañana fría en que lloviznaba me descubrió por vez primera cómo imponen los muertos.

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