CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Recuerdos de Zacarías

José Araújo Balongo

A mi paisano y reciente amigo Joan/Juan Guerrero, poeta de la imagen, admirado y reconocido en Cataluña, ignorado en Tarifa, su pueblo y el mío.

    En un día de la segunda quincena de Abril del 39, recién acabada la última guerra civil española, tuvo lugar el primer encuentro físico entre Zacarías y su padre al regresar éste a Tarifa e incorporarse a la vida civil después de casi tres años como combatiente en el ejército de Franco. Zacarías estaba en los dos años y medio de vida y su padre en los veintiseis.

    -Es tu padre- le dijo su madre mientras el hombre abrazaba y besaba al niño.

    El abrazo y los besos duraron poco por decisión del hombe que se justificó diciendo:

    -No acercarse demasiado a mí porque vengo comido de piojos.

    Aquella primera impresión del hijo al conocer al padre no fue agradable. Para él era un desconocido que, además, tenía un deplorable aspecto. Sucio, muy delgado, oscura barba de varios días, desastrado uniforme caqui bajo un capote pringoso del mismo color, deslucidas y embarradas botas... Resultaba lógica la reacción del niño ante un hombre en tal estado, aunque aquel hombre, como su madre le dijo, fuera su padre. A su edad no podía comprender que las guerras las pierden siempre los mismos sea cual sea el bando al que pertenezcan; sobre todo cuando el combatir en uno u otro bando, en la mayoría de los casos, es más cuestión de residencia geográfica y mapa de operaciones que acción voluntaria del combatiente.

    Cuando, pasados unos años, Zacarías contaba a sus familiares como fue el primer encuentro con su padre, éstos, sus familiares, se resistían a creer que a tan corta edad pudiera recordarlo, pero lo contaba con tal lujo de detalles que no tuvieron más remedio que rendirse a la evidencia. Y como a todo se le quiere buscar explicación o justificación, la conclusión a la que llegaron fue que el niño era muy listo. Claro, que todavía no se había demostrado científicamente, como según parece lo está hoy, que incluso un nonato puede recordar una música oída en el claustro materno a través de un complicado procedimiento auditivo, sin que nada tenga que ver con la mayor o menor inteligencia que el no nacido pueda luego desarrollar en su vida.

    Al padre de Zacarías no lo gustaba hablar de la guerra; sin embargo, el hijo, conforme fue creciendo y entendiendo, quiso saber de aquel conflicto y con frecuencia le preguntaba. El hombre evadía las respuestas y le decía que pensara en otras cosas. Puede deducirse que el padre no quería que su hijo conociera los horrores que él vivió; pero el niño se buscó otra fuente de información de segunda mano: su madre. Ella, que tampoco era partidaria de entrar en detalles, se rindió alguna vez ante los ruegos insistentes del hijo. Por ella supo de como movilizaron a su padre nada más comenzar la guerra a pesar de que se estaba librando del servicio militar por ser hijo de viuda y casado; que recorrió varios frentes (Pozoblanco, Belchite, Gandesa, Brunete, Guadalajara, Teruel...); que participó en la batalla del Ebro, donde el agua del río se tiñó de rojo igual que se pone la mar durante una levantada de atunes en las almadrabas del Estrecho; que resultó herido en ambas piernas por la explosión de una bomba, dejándole trozos pequeños de metralla incrustados en ellas para el resto de su vida, porque, aunque fue operado, sólo pudieron extraerle los trozos mayores y de fácil localización; a los pequeños y profundos decidieron los cirujanos no llegar por el peligro que entrañaba para la salvación de las piernas y así evitar amputaciones.

    Más tarde, ya mayor, cuando Zacarías reflexionaba sobre el aspecto de su padre al regreso de la guerra, solía preguntarse que si aquella impresionante y desastrada imagen era la de un vencedor, ¿cuál sería la de un vencido?. Por sus lecturas supo que una guerra siempre la pierde la mayoría y la gana la minoría; que en una guerra mueren infinitamente más personal civil que militar; que el lema de los vencedores en la nuestra: Por Dios por la patria y la justicia era, más que una mentira, un sarcasmo; porque a la guerra la sucede la postguerra y ésta sí la conoció y la padeció Zacarías, con su secuela de odio, miseria, miedo, hambre, piojos, sarna, anemia, tuberculosis, raquitismo infantil y toda clase de carencias elementales, mientras los aprovechados de la falsa victoria acuñaron un nuevo lema: por el Imperio hacía Dios, y por su gracia, la de Dios, Franco se proclamó caudillo según rezaba en la leyenda que circundaba las nuevas monedas de curso legal. Todo ello con la complacencia de cierto clero cuya jerarquía apoyó desde el principio al bando franquista, nada extraño por cuanto el mismo papa Pío XII bendijo más tarde los cañones del fascista Mussolini al intervenir Italia en la Segunda Guerra Mundial al lado de las tropas nazis alemanas mandadas por Hitler.

    ¿Era la España de 1939 un Imperio, había justicia, era Franco un Caudillo?. Si Dios existe, ¿podía permitir que se utilizara su nombre como manto protector y partidista de quienes desencadenaron una contienda con el resultado horrible de un millón de muertos?. A la guerra española, desde un principio, la llamaron Cruzada los que la propiciaron. Vencieron, pero les faltó la clemencia cristiana de la que presumían y, como no convencieron, mantuvieron la dictadura empleando la fuerza como razón y se ampararon en una justicia hecha a medida para encarcelar o fusilar a decenas de miles de personas... A las preguntas que Zacarías se hizo respondía la opinión unánime de los países democráticos que consideraron a España como un suburbio de Europa, a su justicia una farsa y a Franco un sanguinario.

    La guerra, no sólo no había solucinado los problemas de España sino que, además, la había empobrecido. Durante tres años, los campos de cultivo se convirtieron en campos de batalla, y los jóvenes, que debían estar ayudando a la Naturaleza a fertilizar la tierra y a recoger los frutos de la cosecha, se vieron obligados a cambiar los aperos de labranza por el fusil; aprendieron a usarlo y se dedicaron a matarse entre ellos defendiendo causas que no comprendían y, en muchos casos, siguiendo consignas contrarias a sus principios. Zacarías llegó a estas conclusiones luego de hablar, siendo ya un hombre hecho y derecho, con muchos de los que intervinieron en aquella contienda y leyendo entre líneas lo que permitía la censura en la etapa dictatorial.

    Pasaron los años, Franco murió, la censura se fue reblandeciendo hasta desaparecer, y entonces Zacarías pudo leer los libros prohibidos durante los 40 años de dictadura. Conoció las opiniones de los analistas políticos de signos distintos tanto españoles como extranjeros porque quería contrastar opiniones sobre aquella contienda que tanto había influido en el desarrollo de la vida de varias generaciones.

    Además de los libros prohibidos que fueron reeditados, proliferaron nuevas publicaciones ante la demanda desatada por conocer las opiniones autorizadas de los que estuvieron durante tanto tiempo desautorizados; de éstos, Zacarías leyó a Santiago Carrillo, a Dolores Ibarruri La Pasionaria, a Enrique Líster y a muchos otros. De todos aquellos libros hubo uno que le impresionó más que ninguno a pesar de que su autor había muerto más de diez años antes de comenzar la guerra: se trataba del Ideario Político, de Pablo Iglesias. Lo que más le impresionaba de las ideas de aquel hombre era su sencillez al expresarlas, sin insultar a nadie, pero con la firmeza que proporciona el convencimiento de que la sociedad avanza, lenta, pero inexorablemente, a través de un campo minado que pretende obstaculizar la superación de lo que suele denominarse como utopía. Pensaba que la utopía existe, y que probablemente existirá siempre, pero que la obligación del ser humano es luchar por superarla aunque la tarea sea lenta, sacrificada y difícil.

    Leyó también los escritos de Ricardo de la Cierva, Gonzalo Fernández de la Mora, Laureano López Rodó (ministros franquistas los tres) y algunos otros, con el objetivo de analizar opiniones diversas sobre un mismo tema y poder acercarse así lo más posible a la relativa verdad que proporciona el contraste de pareceres.

    Cuando Zacarías votó por primera vez en unas elecciones democráticas era ya un hombre maduro, casado y con dos hijos de corta edad. Se sentía un poco de vuelta de muchas cosas. Le hubiera gustado tener 18 años, pero ya había cumplido los 40, una edad demasiado avanzada; había perdido el ímpetu juvenil y estaba condicionado por las obligaciones familiares que, aunque no quisiera, aconsejaban ser prudente. De todos modos y desde el comienzo de la incipiente democracia, su compromiso fue con la izquierda e hizo política a su manera desde distintos campos, porque para hacer política -pensaba- no es indispensable poseer el carnet de un partido, sino ser consecuente con las ideas por medio del comportamiento, que es, en definitiva, lo que sitúa a cada cual en el sitio que le corresponde. Somos -decía- como nos ven los demás.

    Aquel niño que nació en una España en guerra se ha hecho mayor, muy mayor, casi un viejo. Habla poco, lee mucho y escribe algo; cosillas que le sirven de terapia para avivar, contándolas, en un ejercicio de masoquismo positivo, las amargas vivencias que habitan en su interior. Mantiene vivos muchos recuerdos; más vivos cuanto más lejanos; más intensos cuanto más dolorosos; de ahí que me contara (alguna vez consigo hablar con él por eso puedo escribir este relato), lo del primer encuentro con su padre, que venía de ganar una guerra y tenía el más aparente y absoluto aspecto de un derrotado. Y es que -me dijo- las guerras, las ganen quienes las ganen, las pierden siempre los mismos.

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