| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Siendo yo muy niño, aquí, en Tarifa,
vi como sacaban a un hombre de su casa, inmobilizado de pies y manos de una extraña
manera, con el cuerpo embutido en algo que luego supe que era una camisa de fuerza.
También supe luego que los hombres forzudos que a duras penas lograron meterlo dentro de
una ambulancia eran loqueros y que lo conducirían a un manicomio.
La imagen de aquel loco, con la cara descompuesta y
cubierta de sudor, mocos y babas, los ojos desorbitados, las palabras que farfullaba a
gritos, su resistencia y su desesperación, me quedaron para siempre en la memoria como
grabadas a fuego.
Este monólogo no es más que fruto de mi imaginación,
inspirado en la impresión terrible que me produjo aquella patética, lejana y horrorosa
escena.
Llevo tres días ingresado aquí. Lo hicieron en
contra de mi voluntad. Para trasladarme desde mi pueblo, un par de hombres forzudos de
bata blanca me inmovilizaron primero para luego colocarme la camisa de fuerza. Después me
introdujeron en la ambulancia, donde me tumbaron sobre una camilla y me sujetaron con
correas. Toda esta maniobra me había excitado tanto que sudaba y temblaba y me ahogaba.
Los atados de la camisa de fuerza y las correas que me sujetaban a la camilla oprimían mi
pecho. Respiraba ansiosamente; con hambre de aire. Aquellos hombres iban sentados cerca de
mis pies, sobre unos taburetes adosados a la carrocería de la ambulancia; hablaban de
goles, jugadores y partidos de fútbol; indiferentes a mi persona. Las gotas de sudor que
brotaban de mi frente y mi cara corrían cosquilleantes hasta mis labios; las recogí con
la lengua y supe de su sabor salobre. Tenía sed. Pedí agua, pero no me hicieron caso.
Una mosca se posó sobre el párpado de mi ojo izquierdo y me picó en el lagrimal; agité
la cabeza (la única parte de mi cuerpo que podía mover) para espantarla, pero volvía
una vez y otra a martirizarme; parecía como si fuera consciente de mi impotencia. Planeé
una estratagema para librarme de ella: dejé la cabeza quieta y que recorriera mi cara,
hasta que estuvo cerca de mis labios y, con un rápido movimiento, la apresé entre ellos
espachurrándola; luego la escupí con repugnancia. No sé cuánto duró el viaje desde mi
pueblo hasta el manicomio; por lo incómodo, el tiempo se me hizo interminable. Me
llevaron a una habitación donde hicieron que me desnudara del todo; tuve que quitarme
incluso los calzoncillos y los calcetines. No opuse resistencia porque sabía que no
valdría de nada: los dos gorilas de bata blanca, que seguían conmigo, no me
quitaban ojo. Me vestí y calcé con un pijama y unas zapatillas que me dieron. Sentado en
una silla, resignado y hasta cierto punto tranquilo esperé acontecimientos. Los gorilas
no se apartaban de mí. Al poco entró una enfermera que me traía leche fresca en un
vaso de plástico y un par de madalenas. La leche la bebí con avidez; tenía la boca
seca. No probé las madalenas. De aquella noche ya no recuerdo nada más; algo me darían
con la leche de efecto inmediato. A la mañana siguiente otra enfermera me condujo al
comedor para desayunar; es grande el comedor y estaba casi lleno de residentes; hombres y
mujeres marcados por la locura o la estupidez. Algunas de estas personas hablaban
animadamente, otras monologaban con incoherencia, las más permanecían calladas y
ensimismadas. Después del desayuno vinieron los reconocimientos, pruebas, entrevistas y
demás, en los que quienes las hacían tomaban nota con aspecto grave y sin hacerme
ningún comentario; deduje que estaban rellenando mi ficha, clasificándome. Estos tres
días han sido un ir y venir de una dependencia a otra y de uno a otro especialista. Hoy,
esta mañana, me han dejado tranquilo; espero que dure. Y aquí estoy, sentado en un banco
del jardín. Solo. Vigilado, pero solo. Cerca de mí, en otros
bancos, hay más gente sentada; otros pasean por los
caminos enarenados que serpentean entre los jardines; algunos se ven recostados sobre los
altos muros que rodean todo el conjunto del Psiquiátrico, como lagartos gigantes al sol
de la mañana. Cuanto me rodea, en contra de su apariencia de serenidad y placidez, me
desazona y deprime. ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué he sido apartado de mi entorno
habitual? ¿Qué peligro puedo representar para ser recluido si nunca hice ni intenté
hacer mal a nadie? Aquí solo pueden conseguir que cambie de comportamiento, que la
desesperación pueda llevarme a la violencia; a la violencia contra las cosas, contra los
otros o contra mí mismo. Yo, tan pacífico siempre, que soporté injusticias sin
protestar, humillaciones sin rebelarme. Yo que sonreía despreciativamente ante el
poderoso en el ejercicio de su poder, viendo como se agrandaba mi estatura moral en la
misma medida en que se empequeñecía la del tirano. Tal vez por eso estoy aquí; debía
ser molesta mi presencia, o más que mi presencia mi actitud. Yo no encajaba en aquella
especie de corte de medio pelo que es mi pueblo, plagada de bufones, lame culos y
corruptos; de mediocres, de inmorales; de gentecilla innoble, sin propia estimación; de
reidores de gracia de sal gorda; adoradores reverenciales del mal gusto, con bisagras
engrasadas para las fáciles genuflexiones; caterva de mala ralea, sin personalidad ni
prestigio, envidiosos, falsos, protervos, miserables; dispuestos a atacar a quien destaque
y a despreciar cuanto ignoran. Debieron intuir que mis silencios y medias sonrisas, más
que mis palabras porque bien poco hablo desde hace tiempo, podían ponerlos en evidencia,
desenmascararlos. Bien; ya estarán tranquilos. Pero más censurable ha sido todavía la
conducta de los indiferentes; de los que, pudiendo hacerlo, no han movido ni un dedo para
evitar mi destierro. También ellos, por omisión, son cómplices culpables de la
injusticia que se ha cometido conmigo; su cobardía los involucra. No hubo nadie que se
comprometiera a mi favor. ¡Qué solo me siento! Solo de la peor de las soledades; de la
soledad compañera del que le van mal las cosas; la soledad de Cristo camino del Calvario,
vendido por Judas, negado por Pedro, abandonado por su padre... ¿Dónde estaban los que
decían ser mis amigos, las mujeres que me juraron amor, los parientes que llevan mi
sangre...? Nadie. Cuando de verdad lo necesitas no tienes a nadie. Siempre fue igual y
esto no hay quien lo cambie. A este convencimiento he llegado después de no tener ya 56
años; porque es falso decir que se tiene la edad del tiempo transcurrido desde el
nacimiento hasta el presente, por eso digo que ya no tengo 56 años. Con esa cifra sólo
se mide el tiempo pasado; algo que no tiene marcha atrás ni rectificación posible. Lo
que fue, fue; y ya no tiene remedio, ni para bien ni para mal. A pesar de todo, de nada me
arrepiento; ni siquiera de mi ingenuidad, de esa ingenuidad que me hizo vulnerable a la
mentira. Me han engañado desde los púlpitos y desde las tribunas políticas; de modo que
no quiero que me cuenten más cuentos, porque a mí, como a León Felipe, me han contado
ya todos los cuentos. Cada vez creo en menos cosas y he perdido definitivamente la
esperanza. Aquí estoy, capturado y vendecido, anulado; esperando a la muerte liberadora.
Yo debí haberme suicidado a los 24 años, fecha de mi primera gran crisis; pero todavía
entonces creí posible recuperar la ilusión pasado algún tiempo. No fue así. Dicen que
el tiempo todo lo cura, pero no en mi caso. Tal vez por eso, cuando ya no tuve 38 años,
se me desencadenó la crisis total, la que les ha servido a ellos de justificación para
estar donde estoy y como estoy, aquí clasificado, almacenado, suprimido, ignorado. Me
dijeron que me internaban para curarme. ¿Para curarme de qué? ¿Del dolorido sentir?
¿De mi inconformismo? No; no quiero que me curen de eso. Que me dejen así. Me niego a
formar parte de la manada. Prefiero, aunque sólo sea con la imaginación, volar en
solitario, como la águilas. En manada van las ovejas o los cerdos y todos los animales
que se dejan conducir. A mi me gusta ir contra corriente; ir a favor de la corriente es lo
más fácil; sólo hay que dejarse llevar no importa a dónde. Pero a mí si me importa el
final del recorrido, y tengo comprobado que los caminos fáciles no suelen llevar a
lugares interesantes. Que me dejen con lo que los otros califican como mi locura.
Naturalmente no estoy de acuerdo con el diagnóstico; y que me digan que ningún loco
reconoce estarlo no me vale. Dicen que la sociedad tiene que defenderse, y para ello dicta
leyes; pero la sociedad está dirigida por los poderosos y sus cómplices, por eso las
leyes no son más que la coartada legal para que la minoría se imponga sobre la mayoría.
Y ellos mismos saben (no son tontos; son malvados pero no son tontos) que la sociedad es
injusta, pero como beneficia a los que tienen cerdas en el corazón tratan de perpetuarla.
A veces hacen alguna concesión en lo anecdótico para que nada cambie en lo fundamental.
Es su táctica y les va bien; pero no todos nos dejamos engañar. Y como hay dos modos de
protestar, uno de manera violenta y contraviniendo leyes, y otro de manera pacífica y
sutil, para los primeros se inventaron las cárceles y para los segundos los manicomios.
Desde luego que no piensen que voy a estar aquí mucho tiempo; antes muerto. Prefiero la
muerte a esto y algún modo encontraré para quitarme la vida. Ahora sólo me preocupa lo
que puedan hacer con mi cadáver; no quiero tumba ni lápida, ni duelo ni funeral; no
quiero coronas ni ramos de flores; no quiero llantos. Si pudiera elegir, preferiría que
arrojaran mi cuerpo por un barranco para que sirviera de alimento a los buitres. Y cuando
ya mis huesos estuvieran bien limpios y calcinados por el sol, que alguien los recogiera y
los tirara al mar en un lugar profundo para que el tiempo los cubra de escaramujos y se
integren y confundan con los roquedales del fondo por los siglos de los siglos.
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