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Manuel Liaño Rivera
Richard Ford nace en 1796 en el 129 de Sloane Street, Chelsea. Estudia en Winchester y en Trinity College (Oxford) donde realiza sus estudios de Derecho. Viaja por Italia y Francia, ampliando su biblioteca así como su colección de grabados y pinturas.
En 1824 contrae matrimonio con Harriet Capell y en 1830, la delicada salud de su esposa, a la cual le recomiendan una temporada de reposo en clima templado, les hace dirigirse hacia España.
Los Ford parten hacia Gibraltar por ruta marítima, el 29 de Octubre de 1830, desembarcan en la Roca, donde son huéspedes del General Don, a la sazón Gobernador de la Plaza. Durante los días de estancia en Gibraltar, disfrutan enormemente del bello paisaje que le ofrece la costa africana y los alrededores. Desde Gibraltar, embarcan para Cádiz y el 27 de Noviembre llegan a Sevilla, instalándose en una casa del Barrio de Santa Cruz.
Da constantes paseos por las calles y plazas de la ciudad, asiste a cacerías y excursiones por los alrededores de Sevilla y se ausenta de ésta durante meses recorriendo los diversos pueblos y ciudades estudiando los diversos tipos de arquitectura, tanto religiosos como civiles, dibujando los temas que más le llaman la atención, las fachadas y monumentos.
En los años 1831 y 1833, los Ford veranean en Granada. Se alojan en la Alhambra siguiendo las recomendaciones de su amigo Washington Irving. Las construcciones arquitectónicas y el clima les maravillan. Tanto él como Harriet se dedican a la pintura, su afición favorita, siendo los dibujos de su esposa superiores a los que realiza el marido.
En Febrero de 1832, marcha solo a una gira por el extremo suroeste de la península. Casi siempre emprende sus viajes en otoño o en primavera. Suele viajar con la sola compañía de un criado a lomo de una jaca cordobesa de su propiedad.
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| Castillo de Guzmán el Bueno, Dibujo de Richard Ford. (Foto colección de S. Trujillo) |
Su curiosidad le lleva a conocer los más remotos rincones del sur de Andalucía y entrar en todos los edificios, a pesar de los inconvenientes que generalmente encuentra. Todo lo que ve queda recogido en los cuadernillos de los que nunca se separa, todo queda anotado y dibujado. Esta actividad de dibujar todo lo que veía, era especialmente peligrosa para un extranjero en la España del siglo XIX, como el mismo recoge:
Nada suscita mayor desconfianza o rece/o que el forastero que anda dibujando o tomando notas en un cuaderno; a quien quiera que sea visto sacando planos o mapeando el país, se le toma por un ingeniero o un espía, y en cualquier caso individuo de quien nada bien cabe esperar.
La preocupación por la guerra en el vecino Portugal y las noticias que llegan de Sevilla sobre la epidemia de cólera, les hace acelerar los preparativos para su regreso a Inglaterra. El 4 de Julio de 1833 se produce su arribo a las Islas.
Desde su regreso a Inglaterra, Ford se plantea la posibilidad de escribir un libro sobre sus vivencias en España y para ello se sirve de los múltiples cuadernillos que llevó siempre consigo por tierras españolas. En 1845 sale a la luz el A'Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home.
He aquí unas páginas sacadas del mismo, en las que se recoge su paso por Tarifa y el dibujo que hizo del Castillo de Guzmán el Bueno.
En la Venta de Taibilla el camino se bifurca, el que sigue a la izquierda conduce a La Trocha, mientras una pintoresca garganta a la derecha, moteada por fragmentos de antiguos puentes y calzadas de los moros, conduce a la orilla del mar. En la torre de La Peña del Ciervo, la Highar Eggel de los moros, se abre la magnífica costa africana: Ese promontorio es Trafalgar. Tarifa se eleva justo delante de nosotros y las llanuras del Salado, donde triunfó la Cruz sobre la media luna. Los muros blancos de Tánger, relucen en la costa opuesta, descansando como una corona de nieve, sobre montañas oscuras; detrás de ellas se extiende el desierto, la guarida de las bestias salvajes y el hombre más salvaje aún. Los dos continentes, separados, se levantan altivos; fruncen severamente el ceño el uno contra el otro, con el aspecto frío y herido de la amistad terminada.
Es geológicamente cierto que los dos continentes estuvieron unidos en otro tiempo. Se dice que Hércules (es decir, los fenicios) cortó un canal entre ambos, como se piensa hacer ahora con el istmo de Panamá.
Los moros llamaban a este estrecho Bahr-z-zohak, ésto es, el mar estrecho; el Mediterráneo era para ellos Bahr-el-abiad, o sea el mar blanco; la longitud del estrecho desde el Cabo Espartel hasta Ceuta, en África, y desde Trafalgar hasta Punta Europa, en España, es de alrededor de doce leguas. El punto más estrecho está en Tarifa, y es de unas doce millas de anchura.
Esta parte del litoral de la península estaba habitada por los túrdulos y más al este por los Poeni Bastuli.
Entre la Peña del Ciervo y Tarifa hay una llanura regada por el salado río Salado. Fue aquí donde Walia, en el año 417, derrotó a los Vandali Silingi, echándolos a África; y aquí también, donde el caballeroso Alonzo XI, el 28 de Octubre de 1340, derrotó a las fuerzas combinadas de Yusuf I, Abbú-I-Hajaj, rey de Granada y Abú-I-Hassan, rey de Fez, que hicieron una desesperada y última intentona de reinvadir o reconquistar España. Esta victoria abrió el camino del triunfo final de la cruz, ya que los moros nunca se repusieron del golpe.
Tarifa es la ciudad más mora de toda Andalucía, esa Berbería Cristiana. La Posada, o el mal café, es muy poca cosa. Esta antigua ciudad púnica era llamada Josa, lo que Bochart (Can., I, 477) traduce por "pasaje"; buen nombre para este punto, el más estrecho de todos; los romanos conservaron este significado al llamarla Iulia Traducta; los moros la llamaron por el nombre de Tarif ibn Malik, y que no tiene nada que ver con Taric (Moh. D. I.318). Tarifa tiene en el escudo su castillo sobre olas, con una llave en la ventana y la leyenda: "Sed fuertes en la guerra".
Tarifa es casi cuadrangular; su población es de unos doce mil habitantes sus calles son angostas y tortuosas; está cercada por murallas moras. La Alameda va a lo largo de su parte sur, entre el mar y la ciudad; el Alcazar es un auténtico castillo moro, situado en el este, justo dentro de las murallas, y es ahora morada de galeotes. La ventana desde donde Guzmán tiró la daga ha sido emparedada, pero puede ser reconocida por su reborde de azulejos; el lugar donde fue asesinado el niño está marcado por una torre más moderna; La Torre de Guzmán. Los Leones de Tarifa son las mujeres; Las Tarifeñas son proberbiales por su gracia y su meneo; su manera, curiosa y oriental, de llevar la mantilla ha sido ya mencionada más arriba(*).
Lo más peligroso después de estas tapadas eran los toros, que solían ser soltados por las calles, con gran entusiasmo del pueblo, asomado a las ventanas, y horror de quien se topaba con el incivil cuadrúpedo por las callejas angostas.
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| Richard Ford, por J. F. Lewis, 1833. |
Las murallas en ruinas de Tarifa podrían ser echadas abajo con naranjas -que aquí, aunque las más pequeñas, son, sin punto de comparación, las más dulces de España-, pero están defendidas por hombres valientes que han desafiado balas y bombas. Solt, a quien Barrosa hizo comprender la importancia de este punto de desembarco, tenía grandes deseos de tomarlas. El General Campbell, desafiando a las autoridades superiores, decidió con buen sentido guarecerlo y envió mil hombres de los regimientos 47 y 87 bajo el mando del Coronel Skerrett; se le añadieron setecientos españoles mandados por Copons, Skerrett desesperó de defender Tarifa, pero el Capitán Charles Felix Smith, del cuerpo de ingeniero, mostró su habilidad y el Coronel Gough, del regimiento 87, resultó ser un soldado resuelto. Victor y Laval el 20 de Diciembre de 1.811, atacaron la plaza con diez mil hombres; entre el 27 y el 30 consiguieron abrir una brecha practicable cerca de la Puerta del Retiro, y entonces los españoles, que habían recibido la orden de defender la ciudad, resultaron no estar allí (Napoleón XII, 6); pero Gough en un momento muy oportuno, llegó con el regimiento 87, y ahora con quinientos hombres, consiguió rechazar a mil ochocientos soldados franceses escogidos, de una manera que sobrepasa todo elogio. Gough ha vivido para vencer en China y en Gwalior. Victor, Victus, como de costumbre, se retiró silenciosamente en plena noche, dejando a sus espaldas toda su artillería y bastimentos. El enemigo se retiró vergonzosamente con infinito honor para los bravos soldados que defendieron Tarifa. La cercanía de Trafalgar y el recuerdo de los "Guerreras azules" de Nelson indujeron a todos los "Guerreras rojas" a hacer en ese día algo más que su deber. Hoy en día los tarifeños se atribuyen toda esa gloria, y tampoco Paez, Mellados y compañía mencionan a los ingleses. Así pues Skerrett fue elogiado por Lord Liverpool y Campbell censurado: ¡sic vos non vobis! Los ingleses sin embargo, no sólo defendieron la brecha, sino que además la repararon. Su mampostería es buena, y su inscripción, si bien no clásica, por lo menos dice la verdad:
"Hanc parten muri a Gallis obsidentibus dirutam, Britani defensores construxerunt, 1812".
La verdadera fuerza de Tarifa consiste en la isla rocosa que se lanza mar adentro, y sobre la cual está siendo construida una fortaleza. Tarifa, ciertamente está destinada a convertirse, para los españoles, en una compensación a la pérdida de La Roca.
Esta fortaleza está siendo construida con dinero obtenido de un impuesto sobre personas y cosas que pasan por España a Gibraltar; de esta manera los ingleses se ven obligados a sufragar su propia irritación. Tarifa, en tiempos de guerra, estaba llena de barcos de guerra y corsarios, "Éstos" escribe Southey "causaban más pérdidas al comercio británico que todas las flotas enemigas juntas, interceptando los barcos atrapados por la calma en esas aguas caprichosas. Sir Charles Penrose redujo estas molestias armando algunos barcos en Gibraltar, pero el almirante Keats dio orden de que fueran a Cádiz, donde no hacían ninguna falta y así se perdió propiedad británica por valor de miles de libras esterlinas".
El Gobernador recibe los fondos de Tarifa y siempre se le pega un poco de ese dinero entre los dedos, mientras todos los que le rodean, hasta su mismo asistente, hacen buenos negocios en la tarea de facilitar el contrabando, que es precisamente lo que están allí para impedir. Los que quieran examinar el Castillo de Guzmán o dibujarlo harían bien en visitar antes al Gobernador y conseguir su permiso. Gibraltar, a fuerza de haberse convertido en un hervidero de revolucionarios de todo tipo, de Torrijos para abajo, ha hecho a todas las guarniciones españolas singularmente sensibles; de la misma manera los fenicios recibían a todo los extranjeros que curioseaban por el estrecho arrojándolos de cabeza al mar.
El trayecto de Tarifa hasta Algeciras por las montañas es maravilloso; las vistas son espléndidas. El bosque salvaje a través del cual el Guadalmesí espumea y salta es digno de Salvador de la Rosa. Gibraltar y su bella bahía se ven a través de vistas llenas de follaje y de las ramas sangrantes de los alcornocales descortezados, retocadas con delicadísimos helechos; la espléndida Roca se agazapa como el león británico, centinela y dueño del Mediterráneo...
(*) EL TRAJE ESPAÑOL. - EL MANTO Y SAYA
Los españoles, tanto los de las clases altas, como los de las clases bajas, tienen todos trajes nacionales; y recomendamos insistentemente a nuestros lectores, tanto a las damas como a los caballeros, que se surtan de atuendo a l'Espagnole en la primera ciudad a donde lleguen. El color negro ha sido siempre el favorito, el color nacional, este sagum masculino, en árabe sayah, es el tipo de la moderna saya, una larga prenda externa, que siempre es negra y se pone encima del vestido de estar en casa cuando se va a salir.
Da un aire decoroso y modesto y hace más suave la piel poco lúcida. El predominio de capas y velos negros en La Alameda y en la Iglesia da al forastero recién llegado la idea de una población de monjas y clérigos. Por lo que a las mujeres se refiere, este vestido le favorece tanto que lo difícil es aparecer fea con él puesto, y de aquí que, a pesar de su monotonía quedamos contentos con una uniformidad que sienta bien a todas por igual.
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| Mujer con manto y saya. (Foto colección de S. Trujillo) |
La Mantilla es el tocado femenino aborigen de Iberia, en cuyas primeras monedas, que son los libros de ilustraciones de la antigüedad, se les representa en forma de una mujer velada. El velo, que cubría completamente la parte posterior de la cabeza, se abre por delante; pero se considera que cubrir en parte las facciones, tanto en tiempo antiguo como ahora, es un adorno, la cara tupida o tapada, o sea, el rostro así envuelto, fue siempre respetado en España, de la misma manera que Mesalina envolvía bajo el manto de modestia sus adulterios imperiales. Este camuflaje es indudablemente de origen oriental ya que en Oriente las mujeres están dispuestas a mostrarlo todo menos la cara, porque estas cuestiones de honor son convencionales; y no se crea que la costumbre está pasada de moda en Andalucía, porque sigue practicándose en Tarifa, donde las mujeres siguen usando la Mantilla de la misma manera que las árabes el Boorkó y de acuerdo con la actual moda egipcia del Tob y el Habarah, que consiste en no mostrar más que un ojo; éste sin embargo, punza y penetra, emerge del velo oscuro como una estrella, y la belleza se concentra en un solo foco de luz y significado. Estas tapadas están muy bien camufladas, y como todas ellas visten igual, van por ahí como en una mascarada, hasta el punto que se ha dado el caso de maridos descubiertos en el acto de hacerle la corte a sus propias mujeres. Estas miradas asesinas, dignas de los partos, han sido origen de bromas abundantes por parte de los ingenios españoles, Quevedo compara a estas fusíleras con el abadejo, que significa dos cosas: reyezuelo o aguzanieves y cantárida; esta comparación combina, por lo tanto, el meneo y el acicate. Tal era, sin la menor duda, la manera de usar la mantilla entre las coquetas fenicias. "Ay" dice Eccequiel (XIII, 18) que conocía bien Tiro, "ay de las mujeres que se ponen pañuelos en las cabezas para cazar almas".
La saya y la mantilla son para la mujer española lo que el buen caldo y los chalotes para el cocinero francés; que la materia prima, sea la que fuere, se aliñe con esta mágica sauce picante y se habrá preparado en un momento una sabrosa entrée; La Andaluza, cuando está en casa, donde sólo su marido la ve, es una cenicienta en el desaliño y apenas hace otra cosa que ponerse la enagua exterior y el velo, y ya está lista para ir a la iglesia.
A la mantilla le pone en su debido sitio el abanico, que es parte imprescindible de la mujer española, en cuyo agradable manejo, nadie le gana, nadie entiende como ella este arte y este ejercicio, es la ventana de su alma, el telégrafo de sus camaleónicos sentimientos, su contraseña para los iniciados que éstos entienden, para bien o para mal como el agitarse de la cola de un perro. Con su mudo abanico la española puede expresar más que Paganini con su arco.
BIBLIOGRAFÍA
GARCÍA DONCEL HERNÁNDEZ, M. R., Una nueva visión de Cádiz
a través de un viajero inglés, Richard Ford. Aproximación a su estudio.
RICHAR FORD., Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa.
EDICIONES TURNER, Reino de Sevilla.- De Cádiz a Gibraltar por Los Barrios y Tarifa., Madrid
1980., pág. 154.
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