| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo
Balongo
(A mi hermana Mercedes, que la conoció y la recuerda)
Antonia estaba casada con Joselito el Mono, uno de esos hombres que nunca se sometieron a la disciplina de un empleo reglado; es decir, con horario a cumplir y exigencia de rendimiento establecido. Esto, como es natural, tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero según y cómo; cada quién es cada cual y más sabe, como aquel que dice, el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. Lo que si se le podría reprochar es que, de rebote, hiciera partícipe de los inconvenientes a su mujer, que era una santa y que pasó con él más que Cristo en la cruz como luego se verá. Aunque también pudiera suceder que Antonia, aún siendo una santa, aceptara casarse con Joselito sabiendo de antemano lo que le esperaba, porque en esto de los amores las mujeres son muy caprichosas y no suelen atender ni a consejos ni a recomendaciones. Según tengo entendido, aquel hombre fue desde muy jovencito un viva la virgen del que no se podía esperar un comportamiento mejor; de modo que, como el amor dicen que es ciego, a lo mejor, en el fondo, hasta fue feliz con él; sobre todo si tenemos en cuenta que me estoy refiriendo a una época (años 40 y 50) en la que la propia mujer aceptaba un sometimiento incondicional al marido como la cosa más natural del mundo.
Para escribir sobre Antonia tengo que hacerlo primero de su marido y sobre cuales eran sus ocupaciones, sin que deba entenderse que con esto trato de quitarle protagonismo a ella. Si alguien sufre es porque alguien o algo le hace sufrir; no hay víctima sin verdugo ni verdugo sin víctima, y me parece más conveniente comenzar por el dañino y acabar por la dañada, del mismo modo que en los espectáculos se reserva lo más atractivo para el final de la función.
Joselito el Mono era de mediana estatura y algo barrigoncillo; carirredondo, coloradote y de piel curtida que hacían resaltar aún más los puyones descuidados de su barba blanca; y no es -pienso- que se la dejara crecer a conciencia, sino que debía tener por costumbre o por economía afeitarse cada dos o tres semanas, de manera que, lógicamente, las más de las veces se le veía barbado que rasurado. Tenía la voz aguardentosa y los ojos vidriados, seguramente como resultado de su bien ganada fama de bebedor impenitente más partidario de la cantidad que de la calidad en cuestiones de vinos y licores. En los años en que le recuerdo andaría entre los cincuenta y muchos y los sesenta y pocos, que era, para la época, como decir un anciano. De él me llamaba la atención su manera de reir, sin mover ni un músculo de la cara. Uno notaba que se estaba riendo porque se le achicaban los ojos, y de sus labios, apenas entreabiertos, salía un extraño y casi imperceptible sonido de carcajadita sorda. Pero, ya digo; había que estar muy pendiente para darse cuenta.
Este hombre se ganaba la vida, según la estación del año, como bolichero, pescador de caña y chambel o cazador de pajaritos con red: de una banda cuando cazaba al paso y de dos bandas cuando lo hacía al aguadero. En esto de la caza de pajaritos estaba considerado como un verdadero especialista. Presumía, y con razón según parece, de tener la mejor percha de reclamos en mixtosverdones de toda la comarca, los cuales conseguía apareando en jaulones de cría verdones con canarias. También destacaba como amaestrador de cimbeles. Todo esto, unido a su habilidad para tocar la pejorrilla o para armar la red con buenos varales, estacas, cabecero, tiro de liña y demás aparejos hacían de él un consumado maestro. Contaban que en un solo día llegó a coger hasta cien docenas de pajaritos, y que para transportarlos se valía de un borrico aparejado con dos serones que se llenaban a rebosar. El que se especializase en la cacería de verdones no tenía más razón que la de que, por su tamaño, lo pagaban casi el doble del precio a que se cotizaban los jilgueros, camachuelos, chamarices y lúganos. Estas especies, de las que también tenía reclamos y cimbeles, sólo las cazaba si fallaba el verdón.
El trabajo de Joselito concluía con la captura de pescados o pájaros. De la comercialización tenía que ocuparse Antonia, a quien aquel hombre tan dominante exigía la venta total de lo capturado. La pobre mujer se las veía y se las deseaba en muchas ocasiones para cumplir con las exigencias de su hombre a quien temía más que a una vara verde. Y con razón; más de una vez la vimos con los ojos morados como resultado de la brutalidad de Joselito.
Descrito el hombre, sus habilidades y defectos, paso a continuación a ocuparme de la mujer, que es de los dos la que más me interesa.
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Antonia la Menudíta, dicho sea con todo el cariño del mundo, era lo menos que se despachaba en mujer. Bajita, delgadita, apocada, atemorizada, triste... Todo lo tenía chiquitito: los ricitos entrecanos de su pelo afro, los ojitos claros, la fina naricita, la boquita, las manitas, los piececitos... Hasta la voz la tenía delgadita. Todo ello le daba una apariencia de fragilidad que parecía como si caminara sin tocar el suelo y hacía temer que cualquier levantera se la fuera a llevar por los aires como una pluma. También tenía un ojo más acuoso que el otro (creo que el izquierdo), con una lagrimilla perenne haciendo equilibrio sobre el lagrimal, que aunque se la enjugaba con frecuencia con su pañuelo más pronto le brotaba otra, pero ella persistía en su secado para que no se convirtiera en lagaña. Porque hay que decir que Antonia tenía, entre otras virtudes, la de la limpieza tanto con su persona como con su casa.
Antonia y Joselito no tuvieron hijos. Vivían los dos en un cuarto del llamado patio de Mandunga, que estaba situado en la entonces prolongación de la calle San José; uno de esos patios que albergaban a varias familias a cual más prolíficas, si exceptuamos a nuestra pareja. Aquí en Tarifa raro es quien no tiene su mote, de modo que voy a citar por los apodos a las familias que habitaban el patio (que ya no existe), por que si los nombro por sus apellidos de Fernández, García, Moreno, Pérez o Blanco seguro que no los identifican ni sus parientes. Sus moradores eran los ya citados Mandungas y Monos, más los Cachondos, los Montotos, los Mijitas y alguna otra dinastía que de momento no me acuerdo. Ya dije que Antonia y Joselito vivían en un cuarto, es decir, en una sola habitación. A la derecha de la entrada la parte dedicada a la cocina: un infiernillo de carbón, una mesa, dos sillas y un platero colgado de la pared. A la izquierda la cama y un baúl para la ropa. No recuerdo más muebles como no sean 2 ó 3 banquetas de corcho, y en verdad no debían tener más porque no hubieran cabido, pues, a todo lo citado, hay que añadir las cañas de pescar, las redes de cacería, los aparejos, los jaulones de cría, las jaulas con los reclamos, las varillas con soporte de los cimbeles... Qué sé yo. Ríanse ustedes del camarote de los Hermanos Marx. A pesar de todo y aunque parezca mentira, todo estaba perfectamente ordenado gracias a la diligencia de aquella, aparentemente frágil mujer, que, aún sin seguramente conocerla, seguía al pie de la letra la norma de un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio.
Antonia vendía el pescado no por kilo, sino por plato. Dependiendo de los tiempos y las mareas el marido pescaba bien en "La Caleta" o bien en "Los Lances"; si en la primera, bodiones y doncellas, si en el segundo, pajeces y pachanetes. Esto en la pesca con caña; cuando era de boliche, que junto con otros bolicheros calaban en "Los Lances", la pesca era más variada, abundando sobre todo en pejerreyes y cabozos.
Los pájaros se vendían por docenas en unos atados de media y media por cada cabo. Tanto a éstos como a los pescados Joselito le ponía el precio y, como ya quedó dicho, Antonia se ocupaba de venderlos. Y ay de ella si no conseguía venderlo todo o lo hacía a un precio más bajo al por él fijado. Por eso aquella mujer vivía siempre atemorizada. De modo que cuando Joselito se murió de un dolor miserere, la que verdaderamente descansó fue ella. Lo primero que hizo fue vender los reclamos, los cimbeles, las cañas, los aparejos y todos los enseres de pesca y caza; se arregló su modesta casita, y aunque le guardó riguroso luto perpetuo, incluso con velillo en verano y pañolón en invierno como se acostumbraba entonces, desde el principio de su viudez su cara tomó otro aire. Y como era muy hacendosa y tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiera, se dedicó a los primores, especialmente pañitos de crochet de los que no le faltaban encargos. Mi hermana Mercedes, que vive en Carmona, me contaba hace poco que conserva tres pañitos hechos por Antonia. También hacía mandados por la mañana temprano a las vecinas del barrio. Me parece todavía oir su voz delgadita preguntando a mi tía desde la puerta:
- "Faela"; ¿quieres algo del pueblo? (Los del "Barrio Afuera" decimos el pueblo a la parte que baja por la "Puerta de Jerez")
Y a mi tía contestarle:
- Sí, Antonia, espera. Tráeme cuarto y mitad de carne para el puchero de lo de Curro Castro y dos bobinas de hilo tonto de la tienda chica de Trujillo. Dile a Pepín que la carne es para mí; que te la dé buenecita.
Y así, de esta sencilla manera, transcurrieron los últimos años de la vida de "Antonia la Menudita", que un día se fue de este mundo tan sin hacer ruido ni molestar a nadie como había vivido, y a la que ahora incorporo a esta especie de galería de perdedores y marginados que permanecen vivos en mi memoria y de los que quiero dejar testimonio escrito.
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