PATRIMONIO

ALJARANDA

Almenaras en las costas de Tarifa (I)

Ángel Sáez Rodríguez

    El capitán de navío Ferrer y Rivas exponía, en 1817, que han sido repetidos los ejemplares de sucesos desgraciadísimos, tanto en tiempo de paz como en guerra, causados por los contrabandistas, corsarios y buques de guerra que han sorprendido, atacado y echado a pique, insultando el pabellón español de un modo inaudito y detestable (1). El marino abandona el tono comedido y técnico de su detallado informe sobre el estado de defensa de las costas andaluzas, desde Portugal a Málaga, para enfatizar la impunidad con que los mercantes -no sólo españoles- eran presa de los ataques piráticos en aguas tarifeñas. El lamentable estado de la hacienda española en esos años por las miserias provocadas por la Guerra de la Independencia, heredera de las bancarrotas estatales y los derroches en las guerras exteriores de los siglos anteriores habían permitido que dicha situación se perpetuara.

    Tarifa es la clave del control del norte del Estrecho a lo largo de la Historia. Al margen de su situación estratégica, sobre la que ya se ha dicho casi todo, su existencia ininterrumpida durante siglos la ha convertido en baluarte inapreciable para el dominio del Estrecho. Algeciras, con mejores condiciones naturales como puerto de mar, vio truncado su desarrollo con la destrucción del XIV. Gibraltar, en manos inglesas desde el XVIII, fue su rival como heredera de los términos de las Algeciras y de la cabecera de la antigua cora algecireña. Su valor intrínseco se vería cuestionado por los gobernantes de la Nación conforme la situación se torna dramática en sus inmediaciones. La desprotección habitual de las costas andaluzas hacía que la realidad no pudiese ser otra. Las sólidas defensas de Cádiz de poco sirvieron frente a la escuadra británica de Essex por falta de guarnición y artillería; el inexpugnable Peñón de Gibraltar perdía tal carácter por el lamentable estado de sus defensas, tanto humanas como materiales. Luego no ha de extrañarnos la dejación de funciones defensivas en estas costas, a la vista de África, cuando eran unas pocas cortijadas las que se encontraban en peligro directo. El indirecto, no obstante, suponía la despoblación del territorio y la quiebra de la navegación comercial hispana por aguas del Estrecho.

    Las costas del Estrecho, por razones estratégicas y económicas harto conocidas han sido siempre lugar apetecido por los Estados para controlar ora el paso entre los dos continentes, ora la navegación entre Mediterráneo y Atlántico. De ahí que su dominio haya sido muy disputado. A fin de cuenta, la presencia castellana y después española en su orilla norte no tiene, en el mejor de los casos, más de siete siglos de antigüedad. Poco más de los casi 600 años de dominio hispano musulmán o de estancia romana por estas tierras. Control español muy discutible por la mínima atención prestada a estas fronteras meridionales por sus monarcas. Con algunas excepciones, como las de Sancho IV, Alfonso XI, los Reyes Católicos y Cisneros o, quizás, Felipe II, la desatención de los gobernantes hispanos hacia el sur fue la norma, no siempre por desidia, sino porque los elevados intereses del Estado reclamaban su atención en otros puntos. Después, la más lamentada herencia de los Austrias, la pérdida del Peñón, serviría para que la nueva monarquía atendiera, con cierta constancia, sus necesidades defensivas.

    La nueva orientación de la política exterior española desde el siglo XVI, de vocación atlántica y europea frente a la anterior, mediterránea y norteafricana, relegaron al Estrecho a escenario secundario. Esto permitió el sólido establecimiento de bases corsarias, moras y turcas, en la costa magrebí que proyectaron su sombra de pillaje y miseria en las costas andaluzas, levantinas y baleáricas.

    Como ocurriera en tierra con las partidas volantes de caballería, sumamente eficaces pero absolutamente insuficiente por su número para atajar los desembarcos enemigos, la mínima o nula presencia de buques de guerra en aguas del Estrecho en tareas de vigilancia, había sido siempre la nota predominante. Su elevado coste y su vulnerabilidad en caso de flotillas enemigas desaconsejaron su empleo con esta finalidad, optándose pues por la defensa estática: castillos, fuertes y torres de vigía.

    Entre Trafalgar y el Guadiaro, límites aceptables para la costa norte del Estrecho, sólo existieron los castillos de Barbate, Zahara, Tarifa y Gibraltar. El castillo de Santiago, en Barbate, era fortaleza medieval que ya no existía en el siglo XVIII; el de Sahara o Zara, del duque de Medina de Sidonia como el anterior, era mas bien casa de almadraba (2), simple recinto amurallado para guardar las artes y embarcaciones; el destino de Gibraltar es conocido, mientras que las espléndidas fortalezas de la Edad Media poco podía hacer ante la generalización de la artillería. Por otra parte, su mínima dotación de cañones y de tropas mermaban más aún su poderío. Compruébese, por ejemplo, que en 1796 la ciudad contaba con tres cañones en la torre del Madero y otros cuatro en la de los Guzmanes; la Isla de las Palomas, todavía sin batería alguna, tenía una dotación de tan sólo un sargento, un cabo, 6 soldados y 2 artilleros, disponiendo de tres cañones en la torre.

La costa de Tarifa con sus torres almenaras en el siglo XVIII (Servicio Histórico Militar)

    Los fuertes son la adaptación de aquellas fortificaciones a la capacidad ofensiva de la artillería en la Edad Moderna. Basados en la evolución de la torre circular a otra de planta estrellada, el baluarte, buscaba esencialmente que no quedase ningún punto de acceso sin batir. La segunda de sus características es la reducción de su altura, complicándose la planta con la multiplicación de los elementos defensivos. En Tarifa sólo obedece parcialmente a este modelo la batería del Ancón de Bolonia, del siglo XVIII, destruida durante la guerra de la Independencia.

    Las torres de vigía que jalonan el litoral del Estrecho se denominan almenaras por hacer referencia este vocablo al fuego que se encendía en su terrado como forma de establecer comunicación entre unas y otras y las poblaciones costeras. Este sistema de comunicación, de origen remoto, sirvió hasta la llegada del siglo XIX como forma de dar la alarma ante la arribada de embarcaciones enemigas. A principio de 1800, las llamaradas nocturnas y las ahumadas diurnas se verían reemplazadas en estas mismas torres por el telégrafo.

    Los torreros debían vistar las emboscadas y hostilidades de los moros y otros enemigos de la Corona que por aquesas partes ocurrían, así para cautivar los Cristianos que labranzan sus haciendas (3) como para robar todo lo que de valor hallasen. Estas correrías, herederas de las razzias fronterizas de musulmanes y castellanos, ponen punto y seguido al problema de la despoblación de estos territorios como ocrurriera durante el bajo medievo.

    Esta problemática general ha sido ampliamente tratada en otro lugar (4), pero más profusas son las fuentes documentales que hablan desde estas costas a lo largo de los tiempos. Numerosos memorandums dirigidos a los gobernantes de la Nación reiteran los peligros, unas veces por el riesgo de ataques corsarios islamistas o ingleses, otras por la influencia de mercaderías de contrabando.

    Sin embargo, a pesar de la gravedad del problema, la estructura de vigilancia costera no permanecía al completo durante todo el año. Los acontecimientos bélicos, como las restantes actividades humanas, también se encuentran condicionados por las leyes de la Naturaleza. De la misma forma que las hordas nómadas de Asia sólo emprendían sus campañas en otoño, cuando el final del estío garantizaba alimento para sus monturas, se consideraba que el peligro de piratas y corsarios no habría de constituir una gran amenaza en invierno, fecha poco adecuada para el enemigo que se hiciese a la mar. Razones de índole económica, amén de las meteorológicas, conducían a este extremo. Un documento del primer tercio del XVII explica que desde quince de abril hasta quince de octubre, que son seis meses, haya dos atajadores de a caballo entre torre y torre, como los hay en la costa de Tarifa y Gibraltar (...) que éstos han de rondar la playa toda la noche... (5).

    Los atajadores complementan la tarea de los torreros o atalayas y de los escuchas, vigilando el espacio de litoral entre dos torres. Desempeñan su tarea a caballo, que había de ser aportado por los mismos interesados. Tarifa contaba, en las mismas fechas, con ocho atajadores. Su salario, de cuatro ducados al mes, era casi un cincuenta por ciento menor que el de sus homónimos gibraltareños, a pesar de tener que recorrer algunos tramos de costa especialmente peligrosas y escarpadas.

    Aún cuando la vigilancia con torres almenaras es de origen antiguo, mencionados ya en la Biblia y documentado entre los cartagineses, se considera a los musulmanes medievales sus rescatadores e impulsores. Sin embargo, al comenzar la Edad Moderna sólo existían en tierras de Tarifa la obra costera de Torre de la Peña y las interiores del Rayo y del Pedregoso (6). Por lo tanto, las señales luminosas y humaredas litorales sólo contaban con aquella torre y con el propio castillo de la ciudad. El sistema se completaba con los denominados escuchas, que realizaban tareas de vigilancia estable en calas poco visibles desde los puntos mencionados. Cuando Luis Bravo de Laguna (7) recorrió la costa meridional andaluza en 1577, redactó un exhaustivo informe sobre el estado de su defensa. Efectuado el reconocimiento por orden de Felipe II, comprobó fortificaciones, armamentos y hombres de armas de las diferentes localidades, informando de manera elogiosa el empeño de los tarifeños por guardar sus riberas. A falta de más torres que la de la Peña, se situaban los vigilantes a pie de costa o sobre los acantilados, conectando los atajadores cada dos de estos puestos. La costa tarifeña tuvo escuchas, a comienzos del siglo XVII y con varias torres ya construidas, en la cala de los Santos, cala de la Cueva de las Palómas, caleta del Cabo de las Palomas, cala de las Marquesillas, cala del Puntal del Anillo, caleta de Arenilla, caleta de Juan Lozano, cala de Quebranta Botijas y otras. Se perseguía así la impermeabilización total de la costa, ante el riesgo de que se produjese algún desembarco al amparo de la oscuridad o, simplemente, aprovechando algún descuido. Esta última apreciación no es gratuita en absoluto. Existen prolijas relaciones de vigilantes que son penalizados económicamente por no haber respondido a las señales realizadas para comprobar la eficacia del sistema de alerta. Por otra parte, tan cansina labor los haría buscar entretenimiento para hacer más llevaderas sus largas jornadas. El problema era, precisamente, que cualquier distracción en su quehacer podía resultar trágica. Éstas no sólo habían de derribarse de pasatiempos que se encontraban expresamente prohibidos, desde juegos de azar hasta compañías femeninas, sino de las propias labores agrícolas que, como complemento a las de vigías, solían llevar a cabo. No resulta extraño este pluriempleo, dadas las escasas retribuciones percibidas por los torreros. A comienzos del siglo XVII, los guardas tarifeños percibían 35 reales mensuales por el desempeño de su labor (8). Los de Conil, en estas fechas, cobraban 60 por la misma tarea. Se consideraba preciso, por entonces, elevar su salario a cuatro ducados al mes porque por no ser el sueldo competente, no guardan como conviene, y se les permites muchas faltas que hacen, por acudir entre días a trabajar, de que resultan muchos inconvenientes (9). Algunas suertes de tierras en Bolonia habrían sido trabajadas tradicionalmente por guardas y atajadores en el siglo XVIII, entrando en conflicto con la oligarquía local, cuyos intereses eran ganaderos (10).

    Las figuras que integraban el sistema de vigilancia se completaban con la del requeridor, el encargado de comprobar el adecuado cumplimiento de las tareas de vigilancia.Lo llevaba a efecto tanto por la elevación de almenaras que habían de ser respondidas, según quedó indicado, como por su propia visita. El sostenimiento de este cargo en el siglo XVII no correspondía al concejo tarifeño, sino a la hacienda real. Entre las ciudades de Tarifa y Gibraltar hay un requeridor en cada partido con sueldo Su Majestad, que requiere cada semana los guardas y atajadores de las torres para ver si cumplen con sus obilgación (...) y se les da de sueldo al de Gibraltar treinta mil maravedíes por año y al de Tarifa ochenta y cuatro ducados por año (11), de donde resultan salarios prácticamente idénticos, aunque algo superior el de Tarifa. Ahí quedaba la contribución estatal al sostenimiento del sistema de vigilancia costera, en las tareas de supervisión, aparte de la iniciativa en las órdenes para la construcción de las torres.

    Como indica Andrés Sarriá (12), también en el siglo XVIII el sistema sólo debía encontrarse al completo desde mayo a octubre, cuando el tiempo era bueno. Los reiterados reconocimientos militares de las defensas costeras insisten en estos extremos. En 1815 se explica que estando la Plaza de Tarifa tan inmediata a la grande ensenada llamada de Baldevaqueros , y batiendo las mares bastante en todos tiempos, de modo que imposibilitan un desembarco, nada se dice acerca de su defensa (13), a pesar de no existir ya por entonces la torre de Punta Paloma y encontrarse abandonado el cuerpo de guardia de Valdevaqueros. En 1821 todavía se consideraba que la ensenada llamada de Baldevaqueros, que por estar próxima aquella plaza y ser muy batida del mar en todos tiempos, que dificulta el fondeadero, y más un desembarco, no necesita obra de defensa (14). Se confiaba plenamente, pues, en el estado de la mar.

    Las características del sistema continuarían prácticamente invariables hasta que, a finales del siglo XVIII, el cabildo tarifeño acordara su extinción. El decidido impulso de los borbones al ejército durante esta centuria y la pervivencia del centro de atención estratégico del Gibraltar inglés determinaron que estas tareas de defensa territorial pudiesen pasar de manos concejiles a otras militares. Quedaba liberado con ello el municipio de un importante cápitulo de gastos que había soportado durante varios siglos.

LA TORRE DE LA PEÑA

    La almenara costera más antigua del término de Tarifa es la de la Peña o de la Roca del Ciervo. Supone la conexión de la organización de alerta del medievo hispano-musulman con la propia de tiempos modernos. Completa con las torres del Rayo y del Pedregoso los dos posibles accesos a Tarifa y al Estrecho desde las llanuras atlánticas y del interior de Andalucía. Los angostos pasos de la Peña y Puertollano eran las defensas naturales previas a las murallas de la propia ciudad y su vigilancia, factores esenciales frente al empuje castellano. Efectivamente, la toma de Vejer en 1248 por Fernando III llevaría la frontera a esta línea hasta que Sancho IV pudiera franquearla definitivamente.

Torre Almenara de la Peña (Foto colección de Sebastián Trujillo)

    Su estructura responde al tipo islámico más extendido, con planta cuadrada y muros a plomo, sin talud. Su reducida superficie en relación a edificios similares medievales -ni la mitad de la del Pedregoso- viene condicionada por la falta de base sobre la que apoyarse. Efectivamente, su ubicación es sumamente peculiar. Es el único caso de almenara construida sobre un peñasco en las costas andaluzas, al más puro estilo de los hins, pequeñas fortalezas encaramadas en roquedos con que los musulmanes garantizaban el control de lugares estratégicos poco poblados. Su acceso viene facilitado por una escalera sin balaustrada, salvo en su último tramo, de 85 peldaños de mampostería sobre la roca, que alcanza los 25 metros de altura. De fábrica muy antigua, dispone de acceso directo desde dicha escalera, a diferencia de la habitual puerta-ventana a unos metros de altura. En estos casos, la recogida desde el interior de la escala de cuerda dificultaba notablemente la entrada al enemigo. En nuestro caso, tal función la cumple la empinada escalera, fácil de defender desde el terrado de la torre en caso de ataque.

    La otra peculiaridad es su construcción en medio de un largo tramo de costa rectilínea, en vez de sobre algún cabo, como resulta más frecuente. En palabras de Bravo de Laguna,en toda la costa del término de Tarifa desde Gibraltar a Zahara que del Duque de Medina Sidonia hay seis leguas de costa y en todas ellas no hay torre ni atalaya ninguna, sino una torre que está algo metida en la tierra y ésta es muy antigua, con una escalera de piedra que suben peñas de notable obra por la largueza que tienen y ésta debió ser atalaya para la tierra en tiempo de moros porque responde mal con la marina (15). Efectivamente, no había más torres que las de la propia ciudad con las que conectar. Pero, a cambio, permitía divisar todo el acceso costero desde tierras de Bolonia y Fates y, a la vez, la ensenada de Valdevaqueros y la propia playa hasta Tarifa. No había más atalayas al oeste con las que conectar. Lo que sí divisaban sus torreros era la costa africana, con perfección de detalles los días claros. Allí, las contingencias históricas hacían que unas veces en Ceuta ondease el mismo pabellón que en Tarifa o bien uno aliado, mientras que otras era posesión enemiga. De ahí su importancia tanto para vigilar la salida de buques hostiles como para recibir avisos amigos. En la otra orilla, además, se ha contado con similar despliegue de almenaras, de las que hoy conocemos los restos de la Torre de Punta Bermeja, Torre Blanca y Torre Bullones, al oeste de Ceuta.

    Un informe del verano de 1618 establecía que su guarnición debía ser de 3 soldados y ser socorrida de dicho Tarifa que es torre de las que corren por cuenta de su Majestad (16). Contradice, pues, la idea de que el sostenimiento de este sistema de vigilancia pesó esencialmente sobre los municipios costeros hasta el término del siglo XVIII. La documentación capitular de Tarifa y Gibraltar sostiene lo contrario, resultando ésta la información más fidedigna y quedando la anterior como mero planteamiento teórico. A estos años deben corresponder ciertas reformas en su antepecho abocelado que hoy, relativamente bien conservado, mantiene unas pocas almenas. Los paramentos del pretil presentan dos saeteras con abocinamiento interior en cada uno de sus frentes.

    Al final del XVIII carecía de guardas o soldados, aunque por entonces se consideraba que debía guarnecerse con un cabo y 4 hombres de infantería (17). Mientras que la recomendación anterior mantenía la estructura tradicional de tres guardas por torre, en este caso se adopta una dotación militar básica, la escuadra de infantería.

Planta de la Torre Almenara de la Peña

    En 1815, mantenía su buen estado de conservación, si bien carecía de los elementos de carpintería más elementales. Así, se aconseja que se le ponga una puerta en su entrada, otra en una ventana y escalera para subir al piso superior, reparaciones que se presupuestan en unos ochocientos reales (18). El edificio carece de escalera interior de obra para acceder al terrado, elemento habitual en otros coetáneos. La reducida superficie sobre la que se eleva lo impide, resultando imposible la típica escalera embutida en el muro. Se adopta la solución de abrir un vano en el techo y colocar una escalera de madera, actualmente existente. Sólo seis años más tarde precisaba ya arreglos por valor de dos mil reales, lo que no debe interpretarse como síntoma de su repentino desmoronamiento, porque en 1826 aún se la describe como torre con la mayor parte de sus muros en buen estado. Más interesante resulta, en 1821, su clasificación como simple atalaya, descartándosela como posible plataforma artillera. Esta característica será común a todas las almenaras musulmanas que sobreviven en tiempos modernos. Son construcciones estilizadas, de planta cuadrada como la que nos ocupa o cilíndricas, con pocas superficies en el terrado para albergar cañones.

    Las características de su ubicación, pequeñas dimensiones y progresivo alejamiento de la línea costera -con el aumento de los depósitos de arena en la playa por la dinámica litoral- hacen que permanezca abandonada en el siglo XIX. Carente de valor militar, se la considera inútil incluso para vigía de señales (19).

    La torre continúa su progresivo deterioro, símbolo de un pasado lleno de historias y rodeado hoy por la industria tarifeña más productiva: el turismo. A sus pies ocurrieron hechos de armas memorables y otros, los más, discretos y olvidados con el paso del tiempo. Por allí discurrieron los castellanos y portugueses que habían de alzarse con el triunfo en la Batalla del Salado. Casi medio milenio después fue escenario de un feroz combate en la Guerra de la Independencia. Narra Adolfo de Castro que en la mañana del 14 de marzo de 1810, en el boquete de la Torre de la Peña y falda de la sierra de Enmedio, hubo un reñidísimo ataque entre unos 600 franceses, los 200, coraceros a caballo y los 400, infantes, y 400 patriotas de Algeciras, San Roque, Los Barrios y Tarifa. Forzaron los franceses los puntos defendidos y dominaron la colina de la Sierra, siendo grande la mortandad de los españoles (20).

REFERENCIAS

(1) FERRER Y RIVAS, T.; Quaderno núm. 1, Servicio Histórico Militar, Doctº. Nº 547, rollo 32, folio 9v, Madrid, 1817.
(2) SANCHO DE SOPRANISH, H., Viaje de Luis Bravo de Laguna y su proyecto de fortificación de las costas occidentales de Andalucía de Gibraltar a Ayamonte, 1577, C.S.I.C, Instituto de Estudios Africanos 195.
(3) Real provisión por la que se dispone el pago de 80 ducados anuales al requeridor de las torres de vigilancia costera, Archivo Municipal de San Roque, Exp. 6, Caja 1 (bis 1), 1695. Transcripción de Adriana Pérez Paredes.
(4) Véase su tratamiento y la exposición de su bibliografía básica en SÁEZ RODRÍGUEZ, A.J., Defensa costera y almenaras en el Campo de Gibraltar; Actas del II Ciclo de Conferencias Universitarias del Campo de Gibraltar, I.E.C.G. Algeciras, 1996 (en prensa).
(5) Servicio Histórico Militar, Fortificación, tomo XXIII, Costa de Andalucía, Gibraltar, Cádiz, núm. 1, siglo XVII, fols. 440 v, 441.
(6) Véase BUENO LOZANO, M., Tarifa de la Frontera, ALJARANDA, Revista de Estudios Tarifeños, núm. 2, Tarifa 1991.
(7) Idem. nota 2; pág. 60.
(8) En 1588 el Ayuntamiento de Cifuentes (Guadalajara) tasó el jornal de un peón así para cavar como para podar, en un real en febrero, 57 maravedies en marzo, 60 en abril y dos reales en mayo y junio, según DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., El antiguo Régimen: Los Reyes Católicos y los Austrias, en Historia de España ,Alfaguara III, Alianza Universidad, vol. 42, 9ª ed., Madrd, 1983, pág. 166. El agravio creado por esas bajas retribuciones aumenta por ser precisamente la época de mejor valoración del trabajo en el campo la que tenía ocupado a los torreros en sus puestos, como se verá más adelante. Por otra parte, cabe destacar que los sueldos podían quedar congelados durante decenios. Así, los tres vigías de la torre del Fraile, ya en término de la antigua Algeciras, percibieron a lo largo de todo el siglo XVII los mismos 40 reales mensuales. En 1667 llegaron a no responder a una de cada tres almenaras, lo que da cuenta del grado de incumplimiento de sus obligaciones y, por tanto, de desatención de la vigilancia costera.
(9) Id. nota 5, fol. 436 v.
(10) Así quedo expuesto por SARRIÁ MUÑOZ, A., en la conferencia de acceso a Consejero de Número de la Sección 1ª del Instituto de Estudios Campogibraltareños que, con título de La falacia de las tierras comunales en el Antiguo Régimén. El pleito de los baldíos de Bolonia (Tarifa), 1724, pronunció en la Escuela de Estudios Jurídicos y Empresariales de Algeciras en abril de 1995.
(11) Idem. nota 5; fol. 441.
(12) SARRIÁ MUÑOZ, A. Organización de la defensa costera de Tarifa en el siglo XVIII, Almoraima, núm. 13, Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, Algeciras, 1995, pág. 314.
(13) Reconocimiento de la costa de levante de Cádiz hasta el confín de la Granada, 6 de febrero de 1815, Servicio Histórico Militar, Doctº. 845, rollo 34, folio 11.
(14) SIERRA, J. de, Memoria que hace relación y clasificación de las Plazas, Castillos y Baterias de la Provincia de Andalucía, Cádiz, 28 de enero de 1821, Servicio Histórico Militar, Doctº. 547, rollo 32, fol. 28 v.
(15) Id. nota 2, pág. 60.
(16) Informe de 8 de julio de 1618 sobre la artillería, armas, escuchas y guarnición de las torres, S.H.M., Rollo 7, Doctª. núm. 3303.
(17) Así consta en un memorándum firmado por Ramón de Villalonga en San Roque y datado de 1796, S.H.M., Rollo 35; Doctº núm. 949.
(18) Reconocimiento de las costas de levante de Cádiz hasta el confín de la de Granada, S.H.M., Rollo 34, Doctº. núm. 845, folio 11, 6 de febrero de 1815.
(19) PÍO DE LA CRUZ, J. y ESPARZA, A. (Copia de J. Sierra), Memoria descriptiva de la posición militar del Campo de Gibraltar según existía en su mejor estado de defensa y del modo que se halla al presente con la indicación de las obras más urgentes para proteger nuestros buques mercantes e impedir el contrabando, S.H.M., Rollo 35, Doctº. núm. 3799, Algeciras, 1826.
(20) CASTRO A., Historia de Cádiz y su provincia desde los tiempos remotos hasta 1814, núm. 2, Imprenta de la Revista Médica, Cádiz, 1858, pág. 738.

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