SOCIEDAD

ALJARANDA

Apodos tarifeños en los apellidos del siglo XVI

Gaspar J. Cuesta Estévez

    Con este artículo quiero iniciar una pequeña serie de trabajos sobre apellidos tarifeños del siglo XVI. Los datos han sido extraídos del Archivo Parroquial de San Mateo, en concreto del Libro de Bautismos, que comprende los nacimientos registrados en dicha Parroquia desde que se constituyó, en 1539, hasta 1552. Como señalé en un trabajo anterior para las III Jornadas de Historia del Campo de Gibraltar, en el que me centraba principalmente en los nombres de pila, es ésta una época relevante, ya que fue precisamente en 1546 cuando, como consta en el propio Libro de Bautismo, San Mateo fue designada Parroquia Mayor, en sustitución de Santa María. Además, la población de la villa estaba creciendo considerablemente.

    Los motes recogidos corresponden a los padres y padrinos (normalmente había varios padrinos y madrinas para cada niño bautizado), o a los dueños o señores, en el caso de esclavos o criados convertidos al cristianismo. Es necesario resaltar que en el siglo XVI la forma de denominación más habitual era un solo nombre y un solo apellido. De hecho, de los nombres recogidos en San Mateo, sólo un 7,4% presenta lo que podríamos llamar un segundo apellido, que, en muchos casos, no es más que un apodo, un cargo u oficio, o el lugar de procedencia o de residencia. Con el tiempo, estas denominaciones adicionales, que a veces pasaban de padres a hijos, se convirtieron en apellidos estables.

    El XVI es un siglo muy interesante para estudiar las denominaciones personales, puesto que aún no se había estabilizado la transmisión de apellidos de padres a hijos (sólo en una cuarta parte de los casos aquí estudiados algún apellido de los padres pasa a los hijos). Esto hace más atractiva la cuestión, pues permite sospechar que algunos de los apellidos no eran sino motes, o sea, designaciones vivas e individualizadas. Pero hace más difícil la distinción entre apellidos ya fosilizados y apelativos ideados expresamente para un vecino determinado.

    En muchos casos el apodo serviría para designar también a los hijos, e incluso a los descendientes de éstos, hasta perderse la noción del porqué de su imposición y convertirse en un apellido como los demás. Es decir, que dejando aparte los patronímicos -apellidos derivados del nombre del padre, como Rodríguez, Fernández, García, etc.-, nuestros apellidos provienen de sobrenombres -Gallardo, Chico, oficios -Herrero, Sacristán-, de pueblos de origen -Toledo, Trujillo- lugares de residencia -(del) Valle, (de la) Peña-, etc. Lo difícil es saber cuándo (y a veces por qué) fueron impuestos por primera vez.

    En realidad, esa costumbre de heredar los sobrenombres paternos que dio origen a algunos apellidos es la misma que hoy día hace que los motes actuales se conviertan en patrimonio familiar y se transmitan de generación en generación. Y aunque no modifiquen los datos oficiales que constan en los documentos legales, si que se convierten en las verdaderas señas de identidad de muchas personas. Y es que, como señala Juan Navarro en su interesante recopilación de los apodos tarifeños actuales, resulta casi imposible localizar a determinadas personas de Tarifa preguntando sólo por su nombre y apellidos originales, sin usar el mote correspondiente.

    Evidentemente este hábito no es privativo de Tarifa; ni siquiera podemos afirmar que se trate de una costumbre más arraigada en Andalucía que en otras comunidades. Lo que ocurre es que ésta es una de las tantas tradiciones que los tarifeños se resisten a perder, pero que en otras ciudades, cuando han ido creciendo, ha ido perdiendo fuerza, principalmente por la tendencia a la impersonalización. Y es que realmente los nombres y apellidos oficiales son más impersonales que los apodos.

    Como he dicho antes, en el siglo XVI existía una relativa anarquía a la hora de la transmisión de apellidos de una generación a otra. Además, la inscripción de los nombres de los padres y padrinos en los libros parroquiales se hacía siguiendo un fin más práctico identificativo, que "oficialista", especialmente si lo comparamos con la actualidad. Por ello, es habitual encontrar denominaciones como: Antonio el Maestre, Fernán Martín el Mozo (en sentido de el hijo, el joven, para diferenciarlo de Fernán Martín el Viejo), las comadres, etc.

    Esa forma de registrar los datos permite que hoy podamos rescatar los apodos de la época, pero dificulta la labor de distinguirlos de los apellidos ya establecidos. Sin embargo, dado que lo usual era anotar un solo apellido, el hecho de que en algunos casos aparezca una designación adicional -un segundo apellido- es bastante sintomático de que pueda tratarse de una denominación individualizada (sobrenombres, oficios, etc.). Por otra parte, hay marcas gramaticales que son inequívocas, como la presencia del artículo determinado el o la (la Pava, el Romo, la Camacha, el Mozo, la Caballera, la Manca,...).

Alfonso El Centollero (Foto colección de Sebastián Trujillo)

    Los apodos recogidos pueden clasificarse según su motivación o significado. Atendiendo a dicha clasificación hallamos que el grupo más numeroso corresponde a los que hacen alusión a alguna característica o defecto físico (los que aparecen con un asterisco vienen explicados al final del artículo). Entre los tarifeños que eran conocidos por sobrenombres de ese tipo encontramos a: Catalina Martín la Manca, Alonso Martín Tizón, Alonso Díaz Fuerte, Gaspar Delgado, Elvira Delgada (el cambio de género pudiera ser significativo), Pedro Gordo, Cristóbal Calvo, Antón Martín el Romo (1), Juan Romo, Bartolomé Sánchez Arcoxolado (2) (o Alcoholado), Martín Fernández Terciado (3), Juan Martín Costilla, Francisco Martín Costilla, Diego Jiménez Salmerón (4), así como a Diego Alonso, Hernando Martín, y Juan, los tres apodados Buñuelo.

    Otros hacen referencia a algún rasgo del carácter o de la personalidad. Entre ellos tenemos a: Antón Martín Malacabeza, Martín Fernández Callado, Alonso Salado, Alonso García Peligro (cuyo sobrenombre puede también indicar que el aludido procediera del pueblo granadino de Peligros), Pedro González Vinagre, Leonor Martín la Pava, Leonor Valiente, Juana Martín (y Juana Díaz) Beata, o Pedro García Maldonado (este último también podría referirse a alguna deformidad física de nacimiento, o incluso a algún agravio que hubiera podido sufrir el tal Pedro García o cualquier antepasado suyo en algún reparto de bienes).

    Algunos de los sobrenombres citados también pueden estar relacionados con el oficio u ocupación de los nombrados. Por ejemplo, en el caso de los apellidados Buñuelo puede tratarse de personas con defectos físicos (para el diccionario de la Real Academia esta palabra presenta un significado figurado y familiar de "cosa hecha mal y atropelladamente") o bien de vendedores o fabricantes de dicho producto. La misma ambigüedad existe en Costilla y en Vinagre (en este caso de las Beatas que hemos citado arriba también podríamos hablar de "ocupación", dado que ese término se aplicaba originalmente a las mujeres que, vistiendo hábito religioso, se ocupaban en obras de virtud o en otros menesteres similares, ya fuera viviendo en su propia casa con recogimiento, ya viviendo en comunidad con otras bajo cierta regla. Quizá pudiera incluirse en este apartado a Juan Sánchez Monedero, pero se nos escapa la motivación original de este mote, si es que en verdad lo era.

    Otros apodos vienen motivados por algún tipo de relación familiar. Por ejemplo, la que aparece en Fernán Martín (Príncipe) el Mozo, que ya he comentado antes, o en Juana Martín la Caballera, que probablemente sea la misma persona que la anteriormente citada Juana Martín Beata, la cual consta como "hija de Juan Caballero". Otro ejemplo de designación mediante el apellido paterno (o tal vez del marido) adaptado al género femenino puede ser el de Beatriz Rodríguez la Camacha; sin embargo, en este caso cabe también la posibilidad de que se trate de la aceptación rechoncho, estevado, que para Corominas puede derivar del pájaro llamado Camachuelo o pardillo, y que antiguamente, y hoy todavía en Andalucía, era también conocido como Camacho. Según este etimólogo, del nombre del pájaro, y debido quizá a la forma abultada de su pico, procedería el significado despectivo que dio origen al apellido. En ese caso, la inscripción del Archivo de San Mateo nos proporciona un dato de importancia para la lexicografía: sería la documentación más antigua de la voz camacho, ya que Corominas la encuentra por primera vez en un texto de 1601, mientras que en el archivo tarifeño está datada ya en 1547.

REFERENCIAS

A continuación incluyo la definición que el Diccionario de la Real Academia presenta para los apodos marcados con un asterisco, junto con otras consideraciones formales:

(1) Romo: de nariz pequeña y poco puntiaguda. Es decir, equivaldría a chato.
(2) Alcoholado: Dícese del animal, especialmente del vacuno, que tiene una mancha oscura alrededor de los ojos. La forma arcoxolado nos revela que el grafema (la letra) x ya no representaba el sonido / s / que sonaba ("sh"), sino / x / ("J"), que en esta área dialectal se realizaba como aspiración (/ h /). Además, la r refleja otro rasgo dialectal: la confusión de / l / y / r / en la posición final de sílaba.
(3) Terciado: Mediano, ni muy grande ni muy pequeño. En tauromaquia, dícese del toro de lidia que no alcanza el tamaño que debiera tener a su edad.
(4) Salmerón: Tipo de trigo fanfarrón, que ahija poco y tiene la espiga larga y gruesa. Puede tratarse, pues, como el anterior, de una comparación originada en la forma o tamaño del cuerpo del individuo.
(5) COROMINAS, J., Breve diccionario etimólogico de la lengua castellana, Madrid, Gredos, 1987.
(6) CUESTA ESTÉVEZ, G.J., Antroponimia tarifeña del siglo XVI, en Almoraima, núm. 13, abril 1995.
(7) NAVARRO, J., Los apodos, en Tarifa, en la Voz de un Pueblo, núm. 11 noviembre 1995.

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