| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
A lo lejos yo distinguía que era Perico quien gritaba y gesticulaba dirigiéndose a mi, pero, dada la distancia, no entendía lo que a grito pelado quería decirme; sin embargo desde el principio temí que algo grave debía ocurrir para que Perico se manifestara de aquella forma. Aligeré el paso y, a medida que me acercaba, pude entender lo que decía:
-Joselín; corre, corre ... que a tu "Chusma" le han echado la "pelotilla".
Cambié el paso ligero por la carrera en pelo hasta llegar donde Perico y otros chiquillos formaban un circulo en torno a Chusma, que, tendida en el suelo al solazo del mediodía con la boca abierta y la lengua fuera, padecía constantes convulsiones. Lo primero que hice fue decirle a Perico que corriera a buscar a mi tío Vicente. Luego, cogí en brazos a Chusma y la trasladé y tendí a la sombra. Me senté junto a ella y apoyé su cabeza sobre mis muslos. Le acaricié la cabeza y me miró de reojo de una manera que daba pena verla. Mientras la acariciaba pronunciaba su nombre bajito y suave y ella me correspondía a pesar de su dolor y postración, meneando débilmente el rabo.
Como era la hora de la comida mi tío estaba en su casa y llegó pronto, aunque a mi el tiempo que tardó se me hizo muy largo. Mi tío Vicente se dio cuenta enseguida de lo que pasaba. Mandó a uno de los chiquillos de parte de él a la tienda de su mujer, mi tía Rafaela para que le diera un cacharro con aceite. Cuando el niño llegó con lo pedido, me dijo mi tío que echara la cabeza de Chusma hacia atrás y procurara abrirle bien la boca. Al mover a la perra y forzarla para que la abriera, el animal se quejó con un ladrido débil que más parecía un lamento. Mientras yo sujetaba a Chusma, mi tío con una mano derramó por la boca abierta un buen chorreón de aceite y con la otra mano le tapó los boquetes del hocico para obligarla a tragar. Luego, intentamos que se quedara de pie, pero fue inútil; al soltarla, las piernas no le respondían y se derrumbaba dando lamentos. La dejamos en el suelo y al poco, el aceite debió hacer efecto en su estómago porque tuvo un primer vómito en el que expulsó una masa pastosa entre negra, verduzca, sanguinolenta y maloliente. Pareció como si el vómito le hubiera aliviado algo porque cesaron las convulsiones, aunque no la postración. Nuestra esperanza de salvarla duró poco; no habría pasado un minuto cuando le sobrevino un nuevo vómito más grande y licuado que el anterior, pero ya éste fue de sangre; tan abundante fue, que empapó la tierra después de chorrear por entre mis manos sobre las que descansaba la cabeza de Chusma. Después, se le desorbitaron los ojos y durante unos segundos encogió y estiró las patas como si fuera un muñeco articulado al que alguien violentara. Poco a poco, los movimientos se fueron haciendo menos bruscos, mas débiles..., hasta que su cuerpo quedó lacio, relajado, inmóvil... Chusma, había muerto.
Mi tío Vicente me dejó a su cuidado mientras fue a su casa por un saco y un trapo. El trapo me lo dio a mí para que me limpiara las manos manchadas de sangre; en el saco metió el cuerpo sin vida de la perra y nos fuimos a la casa no sin antes cubrir con tierra las vomitaduras de Chusma. Íbamos los dos callados; él con el saco al hombro, yo, con el trapo ensangrentado entre las manos. Mi tía Rafaela, sabedora ya de lo ocurrido, me acarició la cabeza pero no dijo nada. Mi tío colocó el saco en el patio, al pie de la parra que nos daba sombra en verano. Luego, nos fuimos a la pila del mismo patio y nos lavamos concienzudamente las manos con jabón verde. Antes, el ensangrentado trapo lo metió mi tío en el mismo saco que contenía el cadáver de Chusma.
-Vamos a almorzar -dijo mi tío-.
-No tengo ganas, tito -le contesté-.
-Aunque no tengas ganas, hay que comer.
El almuerzo transcurrió en silencio. Cada cucharada de comida se me atragantaba y, algo más que mediado el plato, le dije a mi tía que no quería más; ella lo retiró y me trajo un gajo de uvas. Tampoco mi tío comió mucho. Mientras liaba un cigarro de picadura de El cubanito, me dijo:
-Esta tarde cuando yo salga del trabajo y tu de la escuela, la
enterrarremos.
-Si -le dije-.
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Pero aquella tarde hice rabona; no fui a la escuela porque necesitaba estar solo para pensar y desahogarme. Anduve por la playa de Los Lances hasta la boca del río y me tumbé a la sombra del bote del boliche de Andrés el de Salvadora. ¿Por qué? ¿Por qué?; me preguntaba. Chusma estaba vacunada contra la rabia; en el collar de cuero llevaba la chapita numerada de aluminio que lo acreditaba. Es verdad que le faltaba el bozal, y en el bando que yo había leído en la Puerta de Jerez decía que los perros debían cumplir con ambos requisitos. En caso contrario -amenazaba- serán sacrificados. Pero cualquiera le ponía al bozal a Chusma. El collar con la chapa lo aceptó a regañadientes, pero con el bozal no había manera por más que lo intentamos. Ella, tan obediente para otras cosas, nos correteaba por el patio y la casa y al final se escapaba a la calle y no volvía hasta que le picaba el hambre. Por primera vez y durante mucho tiempo sentí un odio mortal contra el hombre de las pelotillas; hasta que comprendí que él no tenía culpa, que no era más que un mandado que se ganaba la vida de aquella manera; o sea, como si fuera un verdugo de perros lo mismo que había verdugos de personas. Puede que el hombre no hubiera encontrado otro trabajo mejor considerado... Pensé en la pelotilla, que no era otra cosa que un trozo de pitraco envenenado y cubierto de otro trozo bueno y enharinado; algo así como una albóndiga, de ahí su nombre. Ya yo había visto morir a más de un perro de la misma manera. Ahora le había tocado a Chusma, mi perra (bueno, de mi tío; pero yo decía mi perra). A Chusma la querían todos los chiquillos del Barrio Afuera. Porque era juguetona, corretona, traviesa... y nunca mordió a nadie...
Calculé, por el sol, que casi sería la hora de salir de la escuela. Me levanté, me sacudí la arena y corrí hacia la casa de mis tíos. Aún no habia vuelto del trabajo, pero no tardó mucho. Cuando llegó, me dijo:
-¿Vamos primero, o merendamos antes?
-Vamos primero -le dije-.
Entramos en el patio y me pidió que cogiera la picareta que él utilizaba para remover la tierra del arriate. El se echó el saco al hombro con la perra muerta. Salimos por la puerta de atrás del patio y nos encaminamos hacia el regajo. Al llegar a medio camino entre el huerto de Luz la de la cal y La Chanca, se detuvo mi tío y dijo:
-Este es buen sitio.
Soltó el saco y me pidió la picareta. Con ella hizo un hoyo profundo en la tierra entre unas piedras y unas matas de malvas. Metió el saco en el hoyo y lo cubrió con la misma tierra que luego pisoteó para allanarla. Yo lo miraba hacer, quieto y callado. Cogió una piedra grande y la colocó encima. Con todo aquel trajín, mi tío, que padecía de los bronquios, jadeaba y tosía. Le sudaba la calva. Descansó un poco y se secó el sudor. Luego me dijo:
- Vámonos.
Nos fuimos. Serios, callados, caminamos juntos cogidos de la mano. A mi me ahogaba la congoja de tanto aguantar el llanto. No pude más y se me escaparon un sollozo y un par de ardientes lágrimas. Mi tío me apretó la mano al darse cuenta; yo lo miré y le pregunté:
-¿Por qué?
El me miró muy fijo, carraspeó, tosió, pero no dijo nada. Seguía apretándome la mano. Yo agaché la cabeza, y con el puño cerrado de la mano libre me restregué los ojos, porque desde muy chico siempre me dio mucha vergüenza que me vieran llorar. Mi tío Vicente seguía carraspeando, tosiendo y apretando mi mano.
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