| BIOGRAFÍA | ALJARANDA |
Jesús Terán Gil
Hay momentos en el que a uno, sin querer se le vienen recuerdos a la cabeza. Unas veces son tan sólo de meses y, otras, la mayoría de hace varias décadas.
Me encontraba delante del televisor con la vista perdida, sin ver lo que estaba mirando. No se porqué de pronto, me vino a la memoria la figura de un maestro que yo tuve -hoy se llamaría profesor de BUP- y al que toda Tarifa conocía, su nombre: don José Sánchez García aunque todos le llamaban don José el Gordo, sin duda alguna por su voluminosa figura.
Era un hombre de unos 50 años, soltero y había nacido en San Fernando. Su llegada a nuestra ciudad, parece ser, fue allá por los años cuarenta y, según contaba él, tras la guerra se afincó aquí para impartir clases.
Primero tuvo su Academia en la calle Jesús -junto a la Plazuela del Viento- donde también vivió, en una pequeña habitación adornada por unos cuadros, varias repisas y un aparato de radio grande, de forma ojival y el cual no sé si funcionó alguna vez.
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| Don José Sánchez García con un grupo de sus alumnos. |
Luego alquiló un garaje en el Paseo del Retiro, justo donde hoy se encuentra el edificio de la Casa del Mar, aunque también tuvo varios cuartos alquilados en la calle de la Luz y en la actual calle de Jerez, donde se impartían clases de mecanografía, taquigrafía y otras materias. En el Retiro era lo que podíamos llamar la Sede Central, allí asistíamos un nutrido grupo de jóvenes para prepararnos en Comercio, y luego convertirnos en Peritos- o Profesores Mercantiles, asimismo en aquella aula repleta de toscos bancos y viejas mesas, aprendían a leer y escribir, una treintena de chavales, quienes pagaban una peseta diaria, el resto, los llamados estudiantes abonaban la suma de ciento cincuenta pesetas mensuales.
Sigo pensando, buscando en la memoria más datos de la escuela de don José el Gordo, y me voy acordando de amigos de colegio y detalles que pasaron en aquel local mal llamado Academia. No puedo olvidar a Pacuqui, los hermanos Botella, los Vélez o los Blancos, a estos últimos, cuando don José le pegaba a uno de ellos -eran tres- lloraban todos. También recuerdo a Manuel Soto Porras, Sebastián Moreno, Andrés Hernández Herbón, los hermanos Roig, Antonio Cea y los hermanos Mosteyrin -los hijos de don César el de Telégrafos-. Pero no fueron solos los hermanos Blancos los que cobraron, no, también se me viene a la memoria un alumno a quien don José le tiró a la espalda una máquina de escribir Remington y otro a quien le partió en la espalda tres perchas. Era duro y pegaba con lo que le venía a manos, pero tenía detalles, por ejemplo, si el alumno al que iba a pegarle usaba gafas, no le pegaba... con las gafas puestas, se las hacía quitar y luego le daba lo suyo.
Pero aparte de las enormes palizas que nos dio a casi todos, recuerdo también, y muchos de los que están leyendo ahora este relato se acordarán, en que había momentos de jolgorios y risas, sobre todo, cuando bajaba un jamón que tenía colgado en el techo de la clase y teníamos que tocarle el himno nacional. Por supuesto que los alumnos sólo miraban, sin poder catar el preciado manjar.
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| Don José el Gordo. |
Puestos a recordar se me viene a la memoria aquellas historias que don José nos contaba y en las que, junto a un tal Pérez Chapaprieta y a Fausto Zamorano Sedeño, pasaron gran tiempo juntos, sobre todo, en la guerra y en las grandes partidas de billar donde hacía -según él- tacadas de hasta doscientas carambolas. Justo es también decir, que fue gran aficionado al arte de Cúchares, hablaba y hablaba de toros a la vez que daba algún pase que otro, en presencia del alumnado. Una anécdota que siempre contaba: decía él, que un día, en cierta corrida de toros donde, entre otros, actuaba el maestro Rafael Ortega, ante la imposibilidad de poder matar al astado, tras siete u ocho pinchazos, Rafael Ortega, miró al tendido y, al ver que don José se encontraba entre el público asistente, le preguntó: Pepe, por donde crees tú que debo de matar al toro.
Los alumnos le conocíamos bien cuando le veíamos acercarse arrastrando los pies, con unas viejas alpargatas a modo de zapatillas, sabíamos que a alguno le tocaba llorar -y no por gusto, precisamente-. Se aseaba y afeitaba en la misma clase, ante los ojos atónitos del alumnado que, sentados unos, en el banco de la pavea y otros recostados sobre la pared, repasábamos Los accidentes gramaticales o La división del tiempo en un deshojado texto de Francés.
Y podíamos seguir comentando casos y cosas; de cuando nos desplazábamos a Cádiz y Algeciras, para que nos examinaran los profesores don José Moreno, don Teodulfo Lagunero, don José Mª Fornea o la señorita Carmen, o cuando teníamos que ir peinados y arreglados para hacernos la obligada foto de grupo.
Muchas más anécdotas podríamos recordar de aquel garaje mal llamado Academia, donde por todo mobiliario existía una estantería, dos repisas, varios cuadros, dos pizarras, una pileta con grifo y alrededor de ocho bancos y unas cuatro o cinco mesas. Allí, don José el Gordo, ese hombre un tanto adivino y un tanto catedrático de la vida, enseñó a leer, escribir y estudiar a un nutrido grupo de tarifeños.
Desde estas páginas nuestro póstumo homenaje.
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