| POSTALES ANTIGUAS | ALJARANDA |
Manuel Liaño Rivera
¡Chiri, enterraó! Así exclamaban con la mano a guisa de bocina, varios mozalbetes en una de las calles más céntricas de la población y al oírlos y dirigir mi mirada a quien era objeto de tales manifestaciones, vi que era Rodrigo, El de la basura, el cual, con los brazos cruzados y mirando soslayadamente a uno y a otro lado apretaba el paso para alejarse de sus burladores enemigos, no sin que su boca mascullara, sotto-voce, algunas palabras que, indudablemente irían dirigidas a ellos y que solamente eran inteligibles para quien las pronunciaba.
Esto sería, sin duda, lo que esperaban, pues uno de ellos, destacándose del grupo y abriendo descomunal navaja se dirigió hacia él, amenazándole grotescamente con ella por haberles insultado, según decía, a pesar de las protestas de Rodrigo de que no había dicho nada, de que con nadie se había metido y lo que quería era proseguir tranquilamente su camino. Su grotesco agresor, se acercaba más y más prosiguiendo su burla y haciendo reír con sus ademanes a los que impávidos presenciaban la farsa.
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| Rodrigo El de la basura. |
No era justo, ni lógico, ni razonable tratar así a tipo tan característico como el de Rodrigo, y teniendo en cuenta que hoy se dan patentes de sabios, reflexivos y contundentes a ilustres medianías de las cuales no se han visto sus obras de sabiduría, ni de reflexión, ni de razonamiento y se hace asunto nacional la huida de Gallito-Imperio, decidí ofrendarle como desagravio y quizás por primera vez en su vida, este recuerdo de gratitud.
Rápidamente, velozmente, como cinta de cinematógrafo se me vino a la mente la vida de este hombre, digno más bien de elogios y de alabanza que de burlas y cuchufletas.
Cuando la viruela se apoderó de Tarifa y chicos y grandes se huían los unos a los otros por temor de verse atacados, Rodrigo incansable y esclavo de su deber corría de una casa a otra y de aquí colchones, de allá mantas y sábanas y de todas partes, en fin, donde había atacados sacaba al quemadero todo lo que la higiene nos dice que puede servir de vehículo de infección, librándonos a nosotros del peligro que hubiera supuesto que esos despojos se quedaran en las casas, y después, su vida no ha dejado de ser otra; constantemente lo vemos por ahí con trastos para quemar de individuos muertos por enfermedades contagiosas.
Y no valen distingos, en cada una de esas faenas que realiza -inconsciente quizás, pero no por eso menos digno de ser admirado-se juega la vida tan apreciable para él como para cada cual la suya, sin que perciba por su trabajo más que lo que buenamente le quieran dar.
Quizá se tome como intento ridículo ésto que algunos llamarían poetizar a Rodrigo, pero los escépticos o indiferentes que ésto crean, si profundizan un poco, verían que tan acreedor es Rodrigo a que se le respete, como el espada que cobrando miles de pesetas expone su vida para divertir a los públicos, sin que ésto sea ensalzamiento para una profesión ni rebajamiento para la otra, pues cada uno en su esfera ocupa el lugar que la sociedad le ha asignado; pero si una injusticia de conducta social que puede repararse no tributándoles a Rodrigo loores y alabanzas que ni querría ni las necesita, sino ofreciéndole siquiera el homenaje de nuestro silencio, que bienmerecido lo tiene, el que en su vida de callados sufrimientos y constantes privaciones no ha hecho otra cosa que ser útil a la humanidad.
Publicado en el semanario Vox Populi, en su número 2, de fecha 27 de marzo de 1911, por Floridor, que no era otro que Benito Flores Álvarez, padre de nuestro querido y respetado Benito Flores Millán.
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