| SOCIEDAD | ALJARANDA |
Cristóbal Delgado Gómez
Andaba yo en estos últimos meses rebuscando en el fondo de mis recuerdos para escribir esas memorias que me he propuesto redactar sin una finalidad muy definida respecto a su publicación. Y claro, al volver a evocar mi niñez, ya tan lejana, aparecieron, con trazos luminosos, mis años en Tarifa.
Y otra vez me vi en la azotea de aquella casa de la calle Conde de Niebla junto a la carretera general, desde donde se columbraba, mirando al Sur, la franja azul del Estrecho legendario y las alturas imponentes de la costa africana.
En aquella azotea (uno de cuyos muros era la misma muralla medieval), mi hermano y yo, influidos por nuestra relación constante con los autobuses de línea, una de cuyas empresas era de nuestros parientes, los Marset, jugábamos a reproducir los viajes de Tarifa a Algeciras, que con tanta frecuencia realizábamos.
Para ello bajábamos hasta el filo de la carretera y llenábamos de piedras un cajoncito, que con gran esfuerzo subiamos hasta la azotea, y allí, con aquellas piedras colocadas paralelamente a lo largo de todo el recinto, trazábamos un camino que imitaba en lo posible, aquel trayecto tan conocido. (Reproducíamos las curvas más famosas, los ventorrillos y hasta algún detalle ornamental, como la Piedra de Belmonte).
Luego, mi hermano en un patín y yo en un triciclo, recorríamos una y otra vez el trayecto, llevando imaginarios pasajeros, repartiendo correspondencia y hasta simulando alguna avería para darle mas veracidad al asunto. Yo, además, imitaba con la boca el sonido del motor y hasta remedaba el gesto habitual del conductor, que se llamaba Juan Paz, y tenía la costumbre de inclinar la cabeza sobre el hombro mientras guiaba el autobús. (El chófer de la otra empresa se apellidaba Gurrea, pero a aquél no lo imitábamos: era la competencia).
La afición por los automóviles era obsesiva en los niños de entonces. Era la gran novedad que venía a desterrar a los coches de caballos y a las diligencias de la misma empresa, que funcionaban hasta pocos años antes.
Cuando mi hermano no estaba, yo cogía una rueda del patín, o cualquier otro objeto circular, y utilizándolo como volante recorría, a gran velocidad, el breve trozo ajardinado que había delante de casa, llegando hasta la Puerta de Jerez o hasta el Boquete de la Cilla, según bajara o subiera la breve cuesta que discurría paralela a la carretera.
Otras veces mi padre -tendría yo seis o siete años- me bajaba hasta el puerto en construcción, donde él tenía su oficina, y me permitía montarme en uno de aquellos extraños aparatos que, lentamente, transportaban, sobre unos railes, los bloques de hormigón que luego formarían el muelle. Aquel era un vehículo, un tanto singular, que en cierto modo, satisfacía mis aspiraciones automovilísticas de entonces.
Y a veces llovía. Y entonces el niño, en una habitación, amontonaba sillas y alfombras y componía algo parecido a un automóvil y allí pasaba sus buenos ratos, rugiendo como un motor enloquecido y soñando curvas, precipicios y cuestas en un ir y venir por esa ruta siempre admirada en esta ribera azul de belleza indefinible. Luego llegaba la hora de clase y no había piedad para la fantasia...
Yo no sé si en los colegios que yo estuve de niño aprendí mucho o poco; de lo que si estoy seguro es de que en Tarifa aprendí a soñar...
[ Volver al Índice ]