| HISTORIA | ALJARANDA |
Francisco Javier
Criado Atalaya
Juan Ignacio de Vicente Lara
Con todo la Historia hizo Justicia y el heroísmo sin límites que los tarifeños demostraron a lo largo de la Batalla del Estrecho, como único baluarte cristiano en sus riberas, defendiendo con orgullo el estandarte castellano en los cercos de 1294, 1296 y 1340 y con importante y decisiva participación en la definitiva toma de Gibraltar, se vio recompensado conservando su término municipal íntegro y en su estado actual, en un ejemplo de sacrificio y heroísmo que no cundió en otras poblaciones incapaces de resistir el primer contraataque musulmán.
Un prestigio que el mismo Portillo no pudo obviar al escribir: [...] pasare a decir solo una palabra de Tarifa porque no se quexe de mi, dexando para que diga sus grandezas y heroycos hechos quien los tomare exprofeso (folio 130 vto) [...] Fuera de esto después que fue de christianos sucedieron en ella grandes y heroycos hechos de todos los cuales solo diré dos. El uno fue aquel memorable y nunca acabado de alabar que hizo Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, quando quedando cercado de una gran multitud de moros y del Infante Don Juan hermano del Rey dio el cuchillo con que matasen a su hijo (37) (folio 130 vto).
El hecho fue siempre recordado por los tarifeños por la propia Casa Ducal de Medina Sidonia y aún por la de los Enríquez de Rivera, marqueses de Tarifa, quienes, como, ya, se ha señalado levantaron un monumento conmemorativo.
El dibujante Anton Van den Wyngaerde en sus dibujos sobre Tarifa, hacia 1567, refleja con la letra L el lugar donde Guzmán realizó su gesta, la torre albarrana u octogonal: [...] la torre donde echo el pugnal Dn Alonso [...], y sobre todo el apunte del mencionado monumento conmemorativo situado sobre una colina cercana al cerro de Santa Catalina a la que denomina penia donde murió el hijo de Dn. Alonso, señalándola con la letra G, para comentar al respecto lo siguiente [...] la penia donde lançó la daga Don Alonso [...], aclarando que el monumento en cuestión se encontraba, en aquellos momentos, en el interior de una construcción de carácter religioso; la ermita de San Telmo, fundada según el propio dibujante en 1552 (38), es decir bajo el gobierno de Per Afán de Rivera, segundo Marqués de Tarifa.
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| Antiguo escudo de Tarifa, con su leyenda Estote, Fortes in Bello (Foto M. Rojas) |
Años más tarde en 1611, tras las obras de restauración de la murallas de la ciudad y del castillo, realizadas por Andrés de Castillejos, se levantó un plano sobre dichos complejos defensivos, en el que se señalaba la torre octogonal con la letra Q, aclarando en cita que era la [...] torre de Don Alonso el Bueno [...] y de esta torre echo el cuchillo degollaran al hijo y a los pies de la torre dibujada la ermita de San Telmo, rodeada del siguiente párrafo: [...] Torre de Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, de donde echo el cuchillo para degollar a su hijo. San Telmo aquí se degolló a Don Pedro [...] (39) El segundo de los hechos mencionados por Portillo es [...] aquella Sta. y milagrosa batalla que llaman del Salado o de Velamarin, que hay quien diga fue más milagrosa y de tanta o más estima que las de la Navas [...] (folio 131). Portillo como buen historiador comprende la suma importancia de la batalla del Salado, que supuso, en 1340, la definitiva consolidación de la conquista castellana de Tarifa, demás del inicio de la decadencia benimerí y por ende del fin de la amenaza y peligro norteafricano sobre la Península.
Los adjetivos Sta. y milagrosa, nos llevan al convencimiento de que Portillo conocía la leyenda de la intervención en la Batalla, a favor de las armas cristianas, de la Virgen María, quien enviando rayos de luces permitió que el día se alargara hasta conseguir las tropas del rey castellano Alfonso XI una victoria total sobre las fuerzas benimerines y granadinas, en una aparición mariana, que en adelante y en recuerdo de la luz proporcionada, iniciará un culto de veneración bajo la advocación de María Santísima de la Luz, desde 1750 Patrona de Tarifa (40). No se detiene aquí el historiador gibraltareño y continúa detallando algunas de las características y virtudes eminentemente castrenses que hicieron famosos a los habitantes de la Tarifa bajomedieval. [...] También tiene otra excelencia Tarifa, que sin otro pueblo en Andalucía de su nombre, ni aún en toda España con quien diferenciarla se le ha llamado siempre Tarifa la Guerrera: cierto nombre bien merecido a sus moradores por la celeridad y presteza que desde siglos muy antiguos hasta hoy han tenido y tienen en los actos militares: y cierto que pocas veces saltan moros en nuestras costas que no dexan prenda [...] (folio 130 vto). La frontera contra el Islam se redujo a la vertiente marítima tras la reconquista de Granada, el mayor peligro procedía, ahora, de los ataques de los piratas turcos y berberiscos, que realizaban frecuentes desembarcos en el litoral español, razias en busca de botín y prisioneros que bien eran vendidos en los mercados de esclavos de Argel, Túnez o Trípoli, o bien eran arrojados a lúgubres mazmorras como las existentes en Tetuan, donde esperaban su libertad y regreso tras el pago de un suculento rescate, mediado por las comunidades trinitaria y mercedaria, la primera establecida en Tarifa y la segunda en Gibraltar.
Muchas de estas razias fueron respondidas convenientemente por los tarifeños, quienes frecuentemente las rechazaban con éxito, logrando capturar algunos prisioneros, que eran reducidos a la esclavitud, la prenda señalada por Portillo. Obteniéndose con su venta unos beneficios cuyos destinatarios eran los capitanes de guerra o regidores al mando de las distintas collaciones locales, quienes en ocasiones, a su vez, cedían sus derechos para labores de mecenazgo, tales como sufragar los gastos de construcción de la ermita de Ntra. Sra. del Sol. A manera de ejemplo podemos señalar entre varias de estas incursiones, las acaecidas en los años 1567 y 1614, que han sido recientemente reflejadas en obra de uno de nosotros (41). Ahondando en la raíz y explicación del calificativo (guerrera), determina taxativamente el error de quienes sostienen su procedencia a través de la evolución del topónimo latino local Bello como degeneración e identificación con el dativo y hablativo singular del neutro de la Segunda Declinación BellumBelli, es decir Guerra: [...] no me cuadra lo que algunos dicen por el pueblo de Bellon, que tiene arruinado en su termino, de hay que se le pegó el nombre de guerrera como a Xeres de Badajoz, y semejantes, lo primero -por su prestancia en los actos militares- lo tengo por más verdadero [...] (folio 131 vto).
Olvidaba Portillo mencionar, complementando su visión, que tal vez, el calificativo, le viniese por el lema del escudo de armas de la Ciudad: ESTOTE FORTES IN BELLO, Sed Fuertes en la Guerra.
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| Portada de la biografía de Guzmán el Bueno por Murias y Mons. |
Finaliza su escrito alabando a Tarifa y a la nobleza de sus habitantes, en una cita que hace revisar los conceptos e imagen de una población convertida durante la Baja Edad Media en un gigantesco presidio, a causa de los enormes problemas para su repoblación y gracias a las ventajas concedidas por el llamado Privilegio de Homicianos concedido por el rey Alfonso XI en 1344. [...] Tiene más Tarifa en si una gran nobleza de gente muy ilustre de que se pobló luego que la ganaron los christianos, que de más de ser esto muy cierto y de aquellos primeros pobladores, y de doscientos Hijosdalgos que envió el rey con Pedro Nuñez de Piña, para defensa y guarda de ella, de ellos y de sus sucesores se deriva toda la nobleza de la dicha villa y la más de lo de esta Ciudad y aún del Obispado. Yo lo he visto en un testimonio auténtico en un blasón de armas del linage de los Caballeros Piñas gue viven en esta Ciudad [...] (folio 131 vto). Fueron efectivamente linajes tarifeños los que se asentaron en Gibraltar tras su conquista, entre ellos destacó el de los Piñas, de muy rancio abolengo, ya tratado por uno de nosotros (42). En síntesis podemos decir sobre el mismo que sus componentes dominaban diversos aspectos de la Tarifa bajomedieval y de comienzos de la modernidad, poseyendo tierras y ganado, ocupando importantes cargos del Concejo Municipal y en el estamento eclesiástico y actuando como mecenas en la construcción de algunos de los nuevos centros religiosos cristianos, como la capilla de San Lorenzo en la hoy arruinada iglesia de Santiago, lugar de enterramiento del linaje desde tiempos de Juan de Piña, el Viejo o el Rico. De su paso por la historia tarifeña y como muestra de su prestigio se conserva su escudo de armas en el cuartel inferior siniestro del blasón nobiliario de los Solís en la parroquia mayor de San Mateo.
Termina Portillo sus alusiones a Tarifa en su obra, invitando a escribir su Historia: Lo mucho más que tiene Tarifa que decirle si lo dexo para quien lo quisiere trabajar y sacar a la luz (folio 131 vto), reto que asumimos, en nombre de todos los amantes de la Historia de Tarifa, al recoger el guante lanzado por Portillo hace casi cuatrocientos años.
REFERENCIAS
(37) María Luisa ÁLVAREZ DE TOLEDO, Duquesa de Medina Sidonia, transcribió hace años, una biografía de Don Alonso Pérez de Guzmán, titulada Vida del Señor Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, escrita en el año 1749 por Don Joseph DE MURIAS Y MON, que publicó, dividida en varias partes, en los Boletines del la Real Academia de la Historia. En el capítulo XXIII con los títulos de Combaten los Moros Seis Meses a Tarifa-No la Rinden-Hazaña del Puñal-Levantan el Sitio los Moros, nos narra la Gesta: Seis meses combatieron a Tarifa los africanos con todas las máquinas militares de que usaba entonces la inhumana invención de los hombres. Y seis meses resistieron los cristianos, con varonil fortaleza los frecuentes ataques que dieron a sus muros con desesperada terquedad de los sitiadores. Hasta que, perdidas las esperanzas de conseguir por el soborno, ni por la astucia, intentaron rendir la fortaleza de su invencible Alcalde.
Estaba en poder de los moros don Pedro Alonso de Guzmán, de edad de diez años, hijo primogénito de don Alonso, ya que en alguna salida lo hicieron prisionero que tan temprano entonces se exponían los primogénitos a hacer los primeros ensayos de la guerra, o ya, como quieren otros porque lo había pedido a sus padre el rey de Portugal, don Dionís, para criarlo en su palacio por el estrecho deudo que con él tenía, como hijo que era aquel rey de doña Beatriz de Guzmán, mujer de don Alonso, tercero de este nombre en aquella corona, hija de nuestro don Alonso el Sabio y de doña Teresa Guillén de Guzmán, hermana de nuestro héroe, quien se le había entregado en Sevilla, antes de su partida Tarifa, al Infante don Juan para que le condujese y entregase a don Dionís, el que, al arribo del Infante, se hallaba retirado en Coimbra, y no admitiéndole en su Reino como dijimos, se llevó consigo a Pedro, y de allí lo trajo en su compañía al sitio de Tarifa. Sea lo uno, o lo otro, que no conduce a la sustancia del suceso, don Pedro se hallaba en el campo de los moros. Y para conseguir el Infante el logro de adelantamiento en la posesión de Tarifa, sacrificando al ídolo de su ambición todos los respetos de su real sangre, propuso a Mir -general benimerí pariente del sultán- cuán en vano esperaba por fuerza rendir los muros de Tarifa, si, primero no conquistaba la fortaleza de su valeroso Alcalde, que no era hombre que se dejase corromper por las ofertas, y era necesario rendirlo por la parte que tienen todos los hombres más tierna y más flexible: el corazón.
Hágase llamada al muro -dijo el Infante- Expóngase don Pedro de Guzmán como preparado al suplicio, a la vista de su padre. elija una de dos: entregar a Tarifa o que el acero divida la tierna garganta de su hijo. Lidie consigo mismo don Alonso. Que si ha tenido valor para defenderse de nuestros combates como noble, veremos como resiste a los halagos de la naturaleza como padre [...]
No le costó dificultad a Mir conformarse con la cruel experiencia que proponía el infante porque no sé qué armonía tiene con los entendimientos la semejanza de las costumbres, que, regularmente, se ponen acordes en los dictámenes o por esto, o por el implacable odio que tenía Mir contra don Alonso, mandó hacer la llamada al muro y pidió tregua por mediodía para tener habla con su Alcalde, el que la concedió. Y salieron a una de las torres más cercanas al Castillo (en que tenía su habitación), que, a pesar de los siglos, permanece para eterno monumento de la fidelidad, vio, a poca distancia de los muros al Infante y a Mir, el que, de parte de su rey Abenyacob, requirió a don Alonso que, pues le había servido, y aquella plaza era suya, se la entregase en consentimiento de las honras y beneficios que había recibido de su Soberano. A lo que respondió don Alonso que cuando sirvió al Rey Abenyusef y a Abenyacob, no había entregado sus ciudades y fortalezas a los Reyes cristianos, y que menos se debía esperar entregase a un Rey moro la villa que tenía en homenaje por su Rey don Sancho. A lo que replicó Mir no perdería su honra en hacer lo que debía por el que antes había sido su señor y con voz más pausada le dijo don Alonso: "Pues cuanto sabéis de honra, combatamos los dos, persona a persona, en ese arenal (que estaba inmediato) sobre si perdiera o no mi honra. Que yo aseguraré el campo" [...] No aceptó Mir el partido. Antes, más irritado con la respuesta, dijo al Infante: "Yo bien conozco a don Alonso. No hará por estos medios cosa alguna". Pero el Infante, que conocía que ni tampoco por las ramas se vería señor de Tarifa, y más cuando el socorro estaba en marcha, hizo traer a don Pedro ligada atrás las manos, y mandó a los moros que le acercasen al muro y levantasen en alto. Y hablando con don Alonso, le preguntó si conocía a aquel joven, a lo que en entra voz respondió "que si. Que era su hijo don Pedro Alfonso de Guzmán, su primogénito muy amado". O lo tierno del espectáculo, o la inmutabilidad del corazón que manifestó su respuesta, enmudeció algún rato a los agresores. Y prosiguiendo don Alonso, les dijo: "Aquí me tenéis. ¿Qué queréis decirme?" A lo que respondió, ya olvidado de sí mismo el Infante: "Que me entreguéis esta villa, de la que me ha hecho merced el Rey Abenyacob, mi señor, hoy en todo el día, o le mandaré quitar la vida a este vuestro hijo".
Quedó absorto don Alonso al oir la infame y cruel propuesta, y, encendido en compasión y en ira, con rápido movimiento que tomó la sangre, acudieron todos los vitales espiritus a confrontar el corazón que, a no ser tan magnánimo, le hubieran sofocado. pero con la serenidad propia de su valor le dijo: "La Villa de Tarifa yo no os la daré, porque la tengo en homenaje por el Rey don Sancho, mi señor. Pero os daré por mi hijo cuanto pesare en plata, o cuantas doblas quisiereis por su rescate".
Negose a este partido el Infante, y se retiró algo más distante, advirtiendo a los moros le dijesen que, a no condescender en la entrega, en su presencia mandaría degollar a su hijo. Intimaron a don Alonso esta más que inhumana resolución, y, con intrépido valor sin detenerse a consultar el amor paterno, les dijo: "Decid al Infante don Juan que yo engendré a mi hijo para que defendiese su Patria, no para que fuese causa de perderle. Y si, por defenderla muriese, el logrará verdadera vida, y yo, con su muerte, gloria inmortal. Porque más quiero su honrosa muerte que, de ambos, la ignominiosa vida. Y decidle más. Que no piense que si él faltó a su fe y a su honor, estimo yo en tan poco el mio que le he de entregar la vida al Rey, mi señor, por libertad la vida de mi hijo".
Y esforzando más la voz, sacando el puñal que tenía ceñido, y arrojándolo por encima de las almenas, con vigoroso impulso prosiguió: "Y par que no penséis que, por las amenazas de la muerte de mi hijo, he de entregar la Villa, ahí lo tenéis. Que si cinco hijo tuviera, hiciera lo mismo". Y sin esperar más respuesta, se retiró del muro. Y entrando en el Castillo en que había dejado precenida la mesa, se sentó a comer, sin que se le conociese en el semblante la menor alteración del corazón.
Cayó el puñal, como dije, en medio de los moros, que estaban con el Infante, y, cual rayo violento, aborto de tenebrosa nube, les dejo pasmados, o, por la inocente injusta muerte a cuya ejecución iba dirigido se quedaron absortos. Pero como al Infante, aquel impulso de fidelidad era un mundo acusador de su perfidia que le hería en lo más vivo de su honor, para acabarlo de perder en una mano, echo toda su ira el resto, y, timando el puñal, usurpó el oficio del más despiadado verdugo en la tierna garganta del más inocente joven, dejando su lozanía cuan sangrienta rosa y cárdeno lirio deshojando y marchito al violento impulso del cierzo más cruel.
Los soldados y criados de don Alonso que
habían quedado en la torre, o para observar las resultas de aquella principiada tragedia,
al ver ejecutar la sangrienta herida, exclamaron en confusas voces, que, oídas de don
Alonso, dejó la comida. Y, tomando la espada y la adarga, salió acelerado al muro sin
suspenderle el paso ni reprimir el brío de su aliento a la vista del cadáver de su hijo.
Reconociendo el campo, a todas partes, no viendo movimiento alguno, volviendo las espaldas
a los suyos les dijo: "Por cierto que creí que los moros habían asaltado el
muro" y entrando en el Castillo continuó la comida. Los criados que le asistían, o
llorosos de la muerte del hijo o atónitos de la entereza del padre, interrumpían
confusos el servicio de la mesa; y a los que sin inmutarse les dijo: "A mi hijo le
criaba para la Patria, ya se lo he dado. Ahora es menester cuidar de vosotros. Quizás esa
víctima aplacará la Deidad para nosotros" [...] Frustrado el sangriento e irregular
combate del amor paterno, en que el infante y Mir creyeron últimamente batir la
inexpugnable fortaleza del valeroso Alcalde, desesperado de conseguir su intento, y
recelosos del socorro, que ya se acercaba, levantaron el sitio y marcharon al embarque
[...] Quedaron impresas, y permanecen hoy en una piedra sobre la que degollaron a don
Pedro, las señales de su vertida sangre; no para clamar al cielo por la venganza, como la
de Abel, sino para perpetuo monumento como quiere el cielo eternizar la memoria de aquella
fidelidad, o porque conozcan los hombres que hay vengativos que tienen los corazones más
duros que las peñas. En este sitio hizo muchos años después fabricar un humilladero don
Fadrique de Rivera, Marqués de Tarifa. Y si no le previene la muerte, estaba en fabricar
un suntuoso templo acción digna de la piedad y grandeza de aquel héroe, y bien merecida
de aquel que no necesitó la edad para serlo.
(38) KAGAN, Richard. L., Opus Cit, Págs. 291, 292.
(39) Plano de la cerca y fortaleza de Tarifa. Reparaciones efectuadas en la misma por
Andrés de Castillejos, Archivo General de Simancas, Sección Tierra y Mar, legajo
797.
(40) Junto a la leyenda de la intervención mariana conocida por todos los tarifeños,
aportamos, hoy, el estudio de Diego CATALÁN MENÉNDEZ PIDAL sobre la llamada Oración de
Alfonso XI en el Salado, Boletines de la Real Academia de la Historia, Madrid 195,
Págs. 251 y siguientes:
(A Dios fizo oraçión- de coraçon le rogo)
1.502 E diz: Señor de verdat, - Padre e Fijo e Spirtitu Santo un Dios, nuestra
Trinidat,- nuestro escudo, nuestro manto
1.503 que me feziste tu rey - e me posiste en altura e yo, Señor, por tu ley - pongo el
cuerpo en aventura.
1.504 Contra ti so muy errado - desde el día en que nasçi bien conosco mi pecado - e el
mal que meresçi.
1.505 Dexiste que el que pecase, - por boca de Jerumias, e que se a ti tornase - que tu lo
reçibirias;
1.506 yo, Señor, a ti me torno - con muy grande devoción a ti Padre Señor bueno - pido
merced y perdón.
1.507 por mi e por mi compaña - que nos dexes perder, e la corona de España - póngola
en tu poder;
1.508 e ayuda a quien quisieres, - Rey Padre apoderado, de lo que, Señor, fezieres - yo
dello so muy pagado
1.509 E si teneis de mi saña - que no escape a vida miembrat, Señor, de España - non
sea perdida
1.510 de ti sea anparada - de Africa la destruyente que la tiene amenazada - con poderes
de Oriente.
(41) CRIADO ATALAYA, Fco. Javier, Tarifa: Cuadernos Divulgativos, Opus Cit. Págs.
51 y 52.
(42) CRIADO ATALAYA, Fco. Javier, Un Ejemplo de Administración Señorial en las
Riberas del Estrecho, Opus Cit. IDEM. Evolución Histórica de las Construcciones
Religiosas Tarifeñas, Opus Cit.
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