| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Entre él y yo había una diferencia de edad de treinta años. Soy de la misma generación que la mayor de sus hijos: la de los que nacimos en plena guerra civil, cuando los españoles estaban enzarzados en la más incivil de las contiendas, y la sangre desmandada empapaba la tierra en los dos bandos, segando vidas, enlutando a España y llenándola de jóvenes viudas y de niños huérfanos; la generación que luego tuvo que padecer una postguerra de odio, miseria y hambre y que duró demasiados años. Por lo tanto, mi experiencia vital en política cuando le conocí se limitaba a la derivada de la Dictadura del general Franco. A él, al republicano, hombre nacido en la primera década del siglo, le tocó vivir bajo la Monarquía de Alfonso XIII, la Dictadura del general Primo de Rivera y la Segunda República; de modo que tenía suficientes elementos de juicio de primera mano para opinar sobre los distintos sistemas políticos en los que se desarrolló su agitada existencia y elegir ideológicamente de entre ellos el más afín a sus convicciones.
En 1936 ocupaba en una capital de provincia un cargo público de responsabilidad en la administración como funcionario de carrera y ganado por oposición. Al estallar la guerra, dada su juventud, fue movilizado y reconvertido en oficial del ejército republicano, donde, para aprovechar su inteligencia y capacidad organizativa, le destinaron a un puesto de importancia en abastecimientos y transportes de una determinada zona militar. Pasó toda la guerra en labores burocráticas de dirección y presumía de no haber disparado ni un sólo tiro, aunque llevara pistola al cinto. Cuando aquella locura terminó, con la derrota del bando al que pertenecía, se entregó voluntariamente a los vencedores, confiando en la palabra de Franco en sus mensajes a la nación prometiendo que nada tenían que temer los que no se hubieran manchado las manos de sangre. A pesar de la promesa fue detenido, interrogado, encarcelado, juzgado y condenado. El fiscal pidió para él pena de muerte; al final del juicio tuvo suerte y la condena quedó en diez años de prisión, que llevaba aparejada, además de la pérdida de los derechos civiles, la depuración como funcionario del Estado. No cumplió los diez años de condena: redimió pena por el trabajo dentro de la cárcel y se benefició de algunas amnistías por buen comportamiento. Pasados algo más de cuatro años fue puesto en libertad condicionada, condición que le obligaba a tener que presentarse semanalmente ante las autoridades militares y a solicitar permiso de ellas para poder transitar por el territorio nacional. Naturalmente tampoco podía viajar al extranjero: a los que habían sido presos políticos no se les concedía pasaporte. Así que aquel hombre, ya maduro y con todo su pasado a cuesta, que tantas puertas le cerraba, tuvo que intentar rehacer su vida partiendo de cero. Ejerció diversos oficios, hasta que al fin consiguió un puesto administrativo de relativa importancia en una empresa privada. Yo pertenecía a la misma empresa; fue entonces cuando le conocí. Por su boca supe cuanto de él llevo contado de su historia personal.
A principio de los años sesenta pasé a ser auxiliar suyo en el trabajo por petición de él a la gerencia; de manera que nos convertimos él en mi jefe inmediato y yo en su subordinado. Desde el primer momento la corriente de simpatía y afecto, que ya existía entre nosotros, se incrementó con el trato directo y continuado. Hombre educado, culto, amable, bondadoso, ejercía la jefatura de un modo exquisito; todo lo pedía de favor, nunca ordenando; se excedía en los elogios aunque se tratara de un trabajo rutinario y simple, que no otro era el que yo podía hacer entonces debido a mi poca preparación. Tuvo conmigo una paciencia infinita y no escatimaba ni tiempo ni dedicación para enseñarme el oficio, a lo que yo procuraba corresponder prestando el máximo de atención. Sus explicaciones eran claras y sencillas, utilizando ejemplos prácticos para una más fácil comprensión; tenía la rara habilidad de convertir en ameno y atrayente el más aburrido y farragoso tema contable.
![]() |
| Niceto Alcalá Zamora, Presidente de la República Española. |
Sobre las siete de la tarde dábamos de mano y nos íbamos a merendar juntos; él me invitaba, nunca me dejaba pagar. Tomábamos café con leche y tortas de Inés Rosales mientras hablaba y hablaba (era un excelente y amenísimo conversador) y yo le escuchaba embobado. La merienda se prolongaba durante una hora o más, y para mí significaba quizá el rato más agradable del día; oyéndole no se perdía el tiempo: sus charlas, a veces, se convertían en lecciones magistrales. Su extensa cultura le permitía tocar los más variados temas, salpicándolos de anécdotas para hacerlos más interesantes y mantener captada mi atención. En política, mostraba y demostraba su admiración por Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y Julián Besteiro, a los que consideraba como los tres intelectuales de mayor preparación y con las ideas más claras de cuantos tomaron parte activa y comprometida en aquella Segunda República, proclamada el 14 de Abril de 1931, que tantas ilusiones había despertado. Pero no sólo me hablaba de política; también lo hacía de pintura, de música, de teatro, de literatura (especialmente de poesía) y de todo cuanto tuviera que ver con el arte y la cultura en su más amplia extensión. De él conservo, porque me los regaló, dos libros de poemas de Francisco Villaespesa: Im Memoriam y El velo de Isis, en ediciones de 1910 y 1913 respectivamente. Además me prestó muchos otros libros, que fueron ampliando mis conocimientos y acrecentando mi afición por la lectura. Tuve ocasión también, por motivos de trabajo, de viajar con él por diversas capitales y ciudades importantes viajes que aprovechábamos para visitar museos, monumentos, o asistir a funciones de teatro, si había, cuando el asunto que nos hubiera llevado se demoraba y teníamos que hacer noche.
Mi trato directo con aquel hombre duró unos diez años. Al final de la década de los sesenta o principio de los setenta, acogiéndose a una amnistía para represaliados políticos, consiguió reintegrarse al cuerpo de funcionarios del Estado y fue destinado a las dependencias de una delegación ministerial en una capital de provincia. También esta anmistía fue incompleta: por su pasado, no podía ostentar cargo de jefatura. De modo que, quien en plena juventud y por méritos propios había ejercido un alto cargo, se vio relegado a un oscuro puesto, impropio para su capacidad, y a las órdenes de quien valía menos que él pero que cumplía con el requisito indispensable de ser afecto al Régimen. En aquel irrelevante, anodino y rutinario puesto acabó su vida laboral al llegarle la hora de la jubilación.
Esta historia, contada a grandes rasgos, pudiera parecer extraordinaria por lo injusta, sobre todo a los posibles lectores jóvenes. Nada más lejos de aquella realidad. Se trata de una historia ordinaria y corriente para la época en que se desarrolla, y hasta se puede decir que favorable dentro de la desgracia. Otros perdieron más, algunos incluso hasta la vida, y muchos por el simple hecho de defender unas ideas o por disentir de otras.
Las guerras, todas, pero sobre todo las civiles, en su sinrazón, envuelven a las personas en una vorágine implacable que les hacen dar bandazos bruscos e imprevistos y que tuercen el curso natural de cada vida. Toda violencia engendra violencia y la multiplica; vencer no significa convencer, ni la razón de la fuerza tiene nada que ver con la fuerza de la razón; por eso, además de no solucionar los conflictos, deja fuera de circulación, desaprovechándolas, a personas válidas, inteligentes y capaces por el mero hecho de haber militado en el bando de los vencidos, como es el caso del republicano de mi historia.
A aquel hombre admirable, la última vez que le vi lo encontré muy desmejorado. Una serie de desgracias familiares continuadas habían quebrantado en poco tiempo su salud. Estuvimos charlando un rato y nos despedimos con un abrazo y con el triste presentimiento por mi parte de que lo hacíamos por última vez. Un mes después, moría. Fue enterrado en la misma ciudad donde se había jubilado unos años antes. Asistí a su entierro. Mientras el sepulturero y sus ayudantes introducían el ataúd en el nicho, recordé unas palabras que él me dijera hacía mucho tiempo y que permanecen grabadas en mi memoria. Las palabras son estas: Yo no admito más aristocracia que la de la inteligencia. A mi me gusta a esta frase añadirle una coletilla: Y la de la bondad. A tenor con la filosofía de la frase completa, no cabía duda de que aquel consecuente republicano había sido durante toda su vida un verdadero aristócrata.
[ Volver al Índice ]