| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
| A la memoria de José Balongo Buñuelo y dedicado a todos sus nietos; a los que están y a los que ya no están, pero que siguen estando. |
Cuando murió, en 1.949, contaba 86 años y llevaba 36 viudo. Era alto para la época en que vivió; puede que midiera más de 1'70 y la estatura media de los españoles de entonces apenas llegaba o en poco supéraba el 1'60. Estaba delgado, curtido y seco como una mojama. Se mantuvo muy derecho y firme hasta el final de su vida, sin embargo usaba bastón más por coquetería que por necesidad. Conservaba todo el pelo y lo peinaba con raya al lado izquierdo, un pelo entrecano y suave al tacto. Un ancho, espeso, corto y punzante bigote, amarilleado por la nicotina, le cubría el labio superior. Probablemente nunca fue al dentista, pero le quedaban unos pocos dientes y muelas con los que se defendía para comer, y si lo comestible era demasiado duro lo troceaba con la afilada navaja albaceteña que siempre llevaba consigo. Vestía invariablemente traje oscuro y camisa blanca abotonada hasta el cuello, dándole igual que fuera invierno, verano, otoño o primavera. Como era friolero, en invierno se ponía sobre la chaqueta una gruesa pelliza azul marino y sobre la cabeza una gorra negra de visera. Lo que más destacaba de su indumentaria eran las botas: unas botas negras y enterizas de cuero y elástico que él mismo lustraba cada día con betún del "Búfalo", cepillo y bayeta.
Se jubiló, según decía, a los 70 años, y contaba que laboralmente había hecho casi de todo. Sus dos últimos trabajos fueron en la "fábrica de la luz" y en Obras del Puerto. En esta última empresa, donde manejaba un titán, acabó su vida de trabajo y comenzó a disfrutar del más que merecido descanso. Aunque si bien se mira lo del descanso es relativo; raramente se le veía sentado si no era para comer o leer el periódico; o mejor dicho, los periódicos, pues leía tres diarios: bien temprano el España de Tánger, que compraba él, a media mañana el Diario de Cádiz, en la barbería (porque entonces era costumbre, al menos en Tarifa, ir a la barbería donde uno se arreglaba a leer el periódico sin necesidad por ello de tener que afeitarse o pelarse) y a la caída de la tarde el ABC, al que estaba suscrito el marido de una de sus hijas y en cuya casa vivía desde el principio de su lejana viudedad.
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Pero, aparte del tiempo dedicado a la lectura, todo el restante de cada día era para sus nietos de los que llegó a tener 21, que quedaron en 19 al morírsele uno de pocos meses y fallecer en accidente otro de 8 años al que un camión militar le aplastó la cabeza contra la pared de una esquina cuando daba marcha atrás. De manera que, con tantos nietos, su vida estaba más que suficientemente ocupada. Los llevaba al colegio mientras eran chicos, los recogía; en verano cargaba con los mayorcillos hasta la playa cuidando de que no se adentraran demasiado en el agua, los dirigía en la construcción de castillos de arena... Como si fuera un perro pastor estaba pendiente de aquella caterva de críos por si se le desmandaba alguno y se alejaba del grupo, lo que ocurría con frecuencia y tenía que salir corriendo tras él para retornarlo al lugar propicio en el que su vigilancia fuera efectiva. De todas formas y de cuando en cuando los contaba y recontaba para asegurarse de que no le faltaba ninguno. Decía querer a todos sus nietos por igual, pero, aunque trataba de disimularlo, sus hijos y allegados coincidían en opinar que "se le veía el plumero". Por mucho que quisiera ocultarlo se notaba que el preferido era Zacarías. Y el caso es que Zacarías, desde chiquitito, tenía merecida fama de ser poco cariñoso, o más bien poco expresivo en las demostraciones de cariño; era, como suele decirse, un niño arisco y casi antipático. Puede que precisamente por eso lo prefiriera sobre los otros del mismo modo que una madre se desvive más por aquel de los hijos menos favorecido por la fortuna o peor aceptado por la sociedad. También pudo influir el que Zacarías naciera en plena guerra civil, donde su padre participaba como combatiente y al que no pudo conocer hasta después de terminada la contienda; de ahí que tal vez se sintiera más obligado con él y asumiera la doble función de abuelo y padre.
Sea como fuere, la cuestión es que el abuelo tenía pasión por Zacarías, y (todo hay que decirlo) Zacarías, a pesar de su fama de antipático y arisco, sentía igual pasión por el abuelo. Quizá fuera porque el viejo tenía una infinita paciencia con el niño. Nunca protestaba cuando éste, aprovechando que el anciano tenía la costumbre de cruzar las piernas mientras sentado leía el periódico, montaba a caballo sobre el pie elevado del suelo y le exigía que lo moviera (como el decía) primero al paso, luego al trote y después al galope. El viejo, paciente, soltaba el periódico, se quitaba las gafas y accedía a los requerimientos del niño. El nieto no se cansaba pero el abuelo sí; entonces el buen hombre le decía que el caballo era muy viejo y había que darle un descanso.
Zacarías aprendió a leer muy pronto, y aquello fue para él un descubrimiento maravilloso. Leía cuanto caía en sus manos: tebeos, periódicos, prospectos de medicamentos y todo lo que contuviera palabra impresa. Naturalmente, aparte de la literatura especificamente infantil, como tebeos o libros escolares apropiados a su edad, de todo lo demás no entendía prácticamente nada. Pero aquel niño, además de arisco y antipático, era lo que se dice un preguntón incorregible y tenía "la funesta manía de pensar". Como su abuelo era su ídolo a él dirigía las preguntas que su ignorancia y afán de saber demandaban y que casi siempre ponían al buen hombre en aprietos difíciles de salir airoso. Por ejemplo, preguntaba:
-Abuelo, ¿qué es un rojo?
-Un rojo es un color.
-No, abuelo; donde yo lo he leído se refiere a personas; que es un color ya lo sabía.
El abuelo se rascaba la cabeza, carraspeaba, y, convencido de que no iba a poder aclarar del todo la duda de su nieto, contestaba:
-Mira, Zacarías; eso son cosas difíciles de explicar para mí y de entender para tí. Son cosas de la política, que para simplificar y diferenciar llama "rojos" a los que piensan y obran distinto que los "azules" que es como llaman a los del bando contrario.
-¿Y que tienen que ver los colores con las personas?
-No tienen nada que ver, pero así de raras son las cosas a veces.
-Pero ser rojo ¿es bueno o es malo?
-Ni bueno ni malo, Zacarías; pertenecer a un bando u otro no mejora ni empeora a las
personas. En todas partes hay buenos y malos; es cuestión de sentimientos y conductas.
-Abuelo, tú qué eres: ¿rojo o azul?
-Bueno, yo ... mira: ahora en España todos tenemos que declararnos azules. Desgraciado
del que diga que es rojo.
-Entonces si es desgraciado el que diga ser rojo es que ser rojo es malo, ¿no, abuelo?
-Que no, Zacarías, que no. Ya te dije al principio que estas cosas eran difíciles de
explicar par mí y de entender para tí. Ya irás comprendiendo conforme vayas siendo
mayor.
Más difícil se lo ponía el nieto al abuelo cuando en vez de preguntar por una palabra lo hacía por el significado de una frase completa leída en algún periódico, escuchada en alguna conversación, oída desde un púlpito o en la arenga pronunciada desde una tribuna política o militar. Frases como "confabulación judeomasónica", "reserva espiritual de Occidente", "por el Imperio hacia Dios" "las hordas marxistas", "la hidra comunista sedienta de sangre", "por Dios, España y su revolución nacional-sindicalista"... y tantas otras de las acuñadas y repetidas hasta la saciedad en aquellos tiempos. Verdaderamente Zacarías era un preguntón incorregible que hacía sudar tinta a su abuelo. El buen hombre intentaba capear el temporal como bien podía y procurando al mismo tiempo no defraudar al nieto.
El abuelo de Zacarías murió casi de repente. Padeció un derrame cerebral que lo llevó a un estado de coma irreversible y expiró a los tres días. Zacarías sufrió mucho y lloró poco; a sus doce años se enfrentaba a una realidad dolorosa para la que no estaba preparado y pensaba obsesivamente en el significado terrible de dos frases: "Lo he perdido para siempre", "No lo volveré a ver nunca". SIEMPRE y NUNCA, dos palabras en las que se resume el sinsentido doloroso de la eternidad cuando se emplean, como en este caso, de manera pesimista. Modificó las frases para suavizarlas pensando: "Lo recordaré siempre", "No lo olvidaré nunca". Pero la modificación de las frases no le produjo ningún alivio puesto que no cambiaba en nada la realidad.
Pasaron los años, Zacarías se fue haciendo mayor, se casó, tuvo hijos... Siguió pasando el tiempo y una hija lo convirtió en abuelo de su primer nieto. El nacimiento del niño contribuyó a que Zacarías, que nunca olvidó a su abuelo, acudiera con más frecuencia aún a la rememoración de los lejanos recuerdos. Ahora el abuelo era él. Con el transcurrir del tiempo se repiten los ciclos, se cambian los papeles, como en el teatro, y nuevos actores relevan a los viejos para seguir representando cada cual el suyo en la tragicomedia de la vida.
Cierto día, cuando el niño aún no había cumplido los dos años, estando Zacarías leyendo el periódico en su sillón preferido y con las piernas cruzadas, se le acercó el niño y se montó a caballo sobre el pie elevado del suelo diciéndole con su media lengua: "elo, aca" (abuelo, jaca). Zacarías, paciente, soltó el periódico, se quitó las gafas, agarró al niño por las manos y comenzó a balancear la pierna, despacio primero, más ligero después y al final muy rápido, mientras decía: "Al paso...al trote... ¡al galope, al galope, al galope! "El nieto reía a carcajadas, y en la boca del abuelo se dibujó una sonrisa agridulce, al tiempo que una lágrima le corría mejilla abajo siguiendo el curso que una arruga le marcaba. Y es que Zacarías, a pesar de su fama de arisco, huraño, introvertido y antipático, en el fondo no era y es más que un sentimental y un tontajo.
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