| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
El 25 de Agosto de 1.994, al cumplirse el cincuentenario de la liberación de París con la rendición incondicional de las tropas hitlerianas que la ocupaban, muchos periódicos y revistas dedicaron especial atención a la efemérides con gran profusión de artículos e ilustraciones sobre el acontecimiento. Las fotos de la época dan en este caso la razón al dicho de que "una imagen vale más que mil palabras". Las hay para todos los gustos (o disgustos), y en ellas quedan reflejadas con toda crudeza y dramatismo la falta de piedad del vencedor para con el vencido. De entre todas las que he visto ahora hay una que, aunque ya la conocía por los libros de historia sobre la 2ª Guerra Mundial, me impresiona y horroriza sobremanera. Es la que reproducimos en esta revista tomada de una publicación y en cuyo pie de foto dice textualmente: "Una mujer francesa acusada de tener un hijo con un soldado alemán, es castigada a llevar afeitada la cabeza".
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Analicemos la fotografía. En el centro una mujer joven, con la cabeza rapada, sostiene entre sus brazos a un niño pequeño; un niño al que los vencedores convierten en cuerpo de delito o fruto despreciable de un amor prohibido, adoptando una actitud tan racista como la que decían combatir. La madre no tiene ojos más que para el hijo; en la expresión de su cara no hay ni miedo ni vergüenza: sólo dolor; cara de Dolorosa de paso de Semana Santa desnuda de adornos y con el pelo al rape. Junto a ella un gendarme con casco parece decirle algo. Tal vez se le ha encomendado un mínimo de protección a la mujer y al niño, de ahí que use casco en lugar de ros como el otro gendarme que se ve a la derecha de la fotografía marchando delante y que vuelve la cabeza mostrando su perfil de sonrisa granujienta y cruel mientras sostiene un cigarrillo entre los dedos de su mano izquierda. Hay gente parada en la acera contemplando el desfile de la comitiva. La ancha y adoquinada calle está totalmente ocupada por una multitud que va desdibujándose a medida que se aleja del objetivo de la cámara. Al final de la panorámica, la bandera tricolor de la República Francesa destacándose sobre el fondo oscuro de la copa de un árbol. Puede observarse que la mayoría de quienes forman el cortejo son mujeres: las hay desde niñas calcetineras hasta ancianas de severo porte y abundan las jóvenes y maduras. En balde busco entre ellas algún gesto piadoso o conmiserativo: no encuentro ni uno; sólo risas o sonrisas burlonas, acusadoras y condenatorias. Todo lo dicho sobre las mujeres vale también para los hombres. Sigo mirando la fotografía y me doy cuenta de que he sido injusto al escribir más arriba "... vale también para los hombres". Hay uno que se destaca a la derecha, en primer plano, entre la mujer de cabeza rapada y el gendarme de risa chulesca tocado con ros y cigarrillo entre los dedos. Es un hombre de mediana edad con aspecto de obrero; va vestido modestamente con mono de peto alto, chaquetón oscuro y camisa clara; calza botas proletarias y sobre su cabeza, probablemente calva, lleva encasquetada una amplia boina vasco-francesa. En su rostro delgado, de pómulos salientes, nariz aguileña y labios finos, se adivina un pasado reciente de privaciones y calamidades. Tiene la mirada fija en los adoquines del suelo que pisa. Bajo su brazo izquierdo porta un bulto grande, parecido a un saco, pero que no debe pesar mucho dado su volumen y la facilidad con que lo lleva (¿qué contendrá ese saco?). Este hombre al menos no se ríe ni vuelve la cabeza ni participa como espectador del espectáculo burlesco en que los otros han convertido el castigo ejercido por los vencedores sobre una mujer indefensa por un delito discutible al menos. Porque la noticia no dice que la mujer fuera colaboracionista, como tantos franceses que acataron sin sublevarse el gobierno títere de Vichy impuesto por los alemanes; un gobierno que, además, contaba con el beneplácito del mariscal Pétain. Claro que era más fácil (y menos peligroso) ensañarse con la mujer de la foto que hacerlo con "el héroe de Verdún" y mariscal de Francia.
Pero este relato se titula "Las Pelonas", en plural, y hasta ahora sólo he contado de una. No hay error en el título; tengo noticias de otra "pelona" anterior a la francesa; de una "pelona" tarifeña.
Recuerdo que siendo muy chico, otros niños mayores que yo cantaban una canción cuya letra decía así:
La Pelona está
muy mala
porque la peló un
barbero,
Pelona, sin pelo,
anda y ve a la
barbería
que te pongan pelo
nuevo,
Pelona, sin pelo.
A la Pelona la cogieron
con un cabo de
ingenieros,
Pelona, sin pelo,
anda y ve a la
barbería
que te pongan pelo
nuevo,
Pelona, sin pelo.
La música de la canción es tan ramplona y vulgar como la letra. Su autor, anónimo, como la mayoría de los cobardes que se ocupan de propagar las desgracias ajenas tirando la piedra y escondiendo la mano, debió (o debe, si aún vive) sentirse orgulloso de la popularidad de su copla, pues todavía muchos la recuerdan. He preguntado a personas mayores que yo y me han confirmado no sólo la letra y la música, sino también que está basada en un hecho real ocurrido aquí en Tarifa en los días de la guerra civil (¿por qué se le llamará civil a algo tan incivil como una guerra?). Por lo tanto la "Pelona" de la copla existió. Algunos de a los que he preguntado me han querido proporcionar datos sobre ella y su familia. Me he negado rotundamente: no quiero saber quién fue o es ella ni quiénes fueron sus ascendientes o descendientes si los tuvo. No me interesa ni su nombre ni su linaje; tampoco me interesan los nombres de las autoridades que la condenaron a la humillación ni el del barbero que cumplió la orden; ni siquiera, aunque pudiera, quiero saber el del autor de la copla. Lo que me importa y me duele es el hecho; mejor dicho, los hechos; el ocurrido en París y el ocurrido en Tarifa. Dos acciones similares de las que quedan una espeluznante imagen fotográfica de la primera y una cruel canción de la segunda. Ambas dan testimonio de la parte más deleznable de la condición humana, capaz a un mismo tiempo de las mayores grandezas y las mayores vilezas. Y a mi me duele particularmente el que uno de los casos ocurriera en Tarifa, mi pueblo; un pueblo que antepone a su nombre, como timbre de gloria, los títulos de "Muy Noble, Muy Leal y Heroica Ciudad". Y no puede servirme de consuelo el otro caso ocurrido en Francia, país que tiene como lema inspirador de su República el de "Libertad, Igualdad, Fraternidad". En los dos casos las palabras pierden su significado, quedan vacías de contenido. Acciones como estas deben figurar en lugar de "honor" y de forma destacada el día en que alguien escriba un libro donde se cuente la historia de las grandes ignominias.
He escrito este relato teniendo en todo momento la fotografía por delante. Y la verdad es que hay ocasiones en que a uno hasta le da vergüenza de pertenecer al género humano.
Estas páginas van dedicadas a las dos "pelonas"; a la "Pelona" tarifeña y a la "Pelona" parisina. Y muy especialmente al niño de la foto. Sobre todo al niño. Para los tres mi recuerdo emocionado. Estén donde estén, vivos o muertos.
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