| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
En Tarifa a 10 de Febrero de 1995, reunido el jurado del IV concurso de Cartas de Amor, compuesto por el Delegado de Juventud y Cultura Juan Manuel Marcos Fernández, el Director de la Revista de Estudios Tarifeños ALJARANDA y Jefe de Informativos de la Emisora Municipal Jesús Terán Gil, Componente del Consejo de Redacción de ALJARANDA, José Araújo Balongo y Antonia García Ubero Joven Colaboradora de la Delegación de Juventud y Cultura, actuando como secretaria del jurado, sin voz ni voto Inmaculada Viera Benítez.
Tras examinar los trabajos presentados, 112 en total, resultan ganadores los siguientes:
-1º Premio: 25.000 ptas. y una flor natural a Juan Antonio Sánchez
Anes, de Cádiz.
-2º Premio: 15.000 ptas. y una flor natural a Álvaro Domínguez López, de Cádiz.
-3º Premio: 10.000 ptas. y una flor natural a Juan Hoyos Fernández, de Algeciras.
CARTA DE AMOR RECONSIDERADO.
1º Premio
Querida esposa:
Cuando te escribo me siento como un viento que acaricia tu cuerpo en la estructura del hogar. Tu eres como vida y sangre, que sin notarse fecundas de amor y cuidados esta tierra parda, donde confirmo mi destino de ser hombre y me prolongo en siembras infinitas.
Cuando te digo esposa sé que no pasa nada. Nada pasa. Ningún torrente se desborda, ni la tierra se incendia, ni revienta ningún mundo del Cosmo que allá brilla. Todo es sencillo, simple, de la casa.
Y desde la distancia te digo esposa esta noche y siento que vivo una química extraña; como el fuego que es fiel huésped concreto de mi frío. Algo así como un viento que ha pasado que me estremece; es algo que ya estaba desde siempre, el cabo del ovillo del que tiro, esposa escribo, y todo queda en casa.
Recuerdo que una vez me dijiste que el fuego pasa y sólo queda el nombre, "un pentagrama en calma que perdura; (afirmaste) mil rastros se matizan pero todo en mí queda porque esposa soy y no me pesa nada".
Ahora, en la distancia veo que mi humor te conturbaba, te llenaba de desastres interiores y tu creías que es así, porque así debe ser la permanencia, el hondo, eterno amor de la Julieta que te sientes cada día y que a veces con mi violencia te llenas de silencios, como una vieja alcancía repleta de esperanzas.
Pero no, el fuego no ha pasado, que ahora cuando te escribo, en esta lejanía, sé que eres la candela oculta en la ceniza, una especie de rosario de la fe, poca cosa, como tu dices, algo simple, de costumbre, un rincón permanente de la casa donde yo reclino mi espíritu y encuentro la paz y la concordia que se ausenta cuando la fe vacila, porque como esposa eres la noria adonde todos acudimos cuando el pozo se ha secado.
Me pregunto, si es justo que camines por la fuerza de esos matices del deber oscuro, de esos nombres que llenan con amor tus labios como besos principiantes y cuando los desastres de la vida me golpean, vacila mi fe; pero ahora veo que tú siempre intentabas con tus silencios, con tus caricias sobre mi cabello, ligeras como una leve brisa, un arreglo de emergencia y llenar con tu luz mis ojos gastados.
Dices, que esposa eres y no te pesa nada, pero hoy veo que no ha sido justo tenerte sólo como una pradera donde sembrar nuestros hijos, y no contemplarte como la alborada que aleja la noche y llena de luz y alegría la campiña.
Pienso hoy que yo esposo soy y sí me pesa no haberte contemplado, ni sentido, como la otra parte que los dos formamos, como el amor que es el rescoldo que mantiene el calor del hogar, como la escondida brasa entre los leños consumidos de la chimenea.
Calla y no digas nada, mañana cuando volvamos a encontrarnos no hagas referencia a esta carta, deja que todo sea como si nunca nos hubiéramos separado, porque el amor es no notarse, pasar y no sentirse, que es simple, de costumbre, de la casa.
Te ama quien de nuevo te descubre.
QUERIDA OLGA.
2º Premio
¿Qué hace un ex-estudiante de electrónica como yo en el remite de una carta como ésta? Sencillamente tomarte la palabra que, con un diploma en la mano y una sonrisa burlona en la boca, dejaste caer minutos antes de partir llevándote el verano contigo: "Cuando necesites atención médica, ya sabes a quién acudir". Aceptaré tus honorarios sin rechistar; tú me regalaste mi última nochebuena en pleno agosto, en aquel albergue donde compartimos alojamiento los tres soles que duraron nuestros cursos. Desde entonces no hago más que padecer una serie de extraños síntomas que persisten y se multiplican a ritmo de semifusas:
Transtorno del habla: me sorprendo continuamente pidiendo un paquete de caricias sin filtro en el estanco o cuarto y octavo de besos en la charcutería. Pérdida del apetito: me conchabé con Hugo para que ocupara mi lugar en la mesa a fin de que no notaran mis múltiples ausencias (él me lo agradece acurrucándose sobre mis zapatillas). Depresión aguda: me expulsaron de la facultad por sostener ante los catedráticos que la característica principal de un aislante es su tristeza, que es la frialdad de los metales lo que causa su oxidación o que el arranque de un oscilador no necesita de una corriente continua sino del roce de una mano o una mirada. Insomnio crónico que alimento, más que combatir, con dosis radiofónicas de acordes menores, ya vengan arropados por la voz celestial de Otis Redding o por los fatigantes jadeos de George Michael, que ahora soporto con más pereza que estoicismo, lo que me hace sospechar que, en el colmo de mi degradación, también empiezo a sufrir pérdida de masa encefálica.
Seguro que tú, que fuiste una alumna aplicada, serás capaz de dar con el diagnóstico correcto, aunque te advierto que sólo aceptaré tratamiento si esta parte de la medicina estrictamente occidental, en concreto la practicada en un punto geográfico situado a unos 3 grados oeste, 38 grados norte (balcón con geranios y música de Bach de fondo, para más señas); ya intenté buscar remedio en curanderas foráneas y sólo obtuve dolorosas sesiones de acupuntura en el corazón.
P.D: Aprovecho que el francés siempre se te dio fatal, para decirte que je t'aime à mourir.
QUERIDA RAQUEL.
3º Premio
¿Te has enfadado conmigo porque te comparé a una rosa, siendo tú mayor...? No debiste hacerlo, porque yo te veo así pese a los años. Piensa que si hemos de aceptarnos, ha de ser con conocimiento de causa. Y tú, tuviste la delicadeza de confesar, quizá porque presentiste este gran amor, los años que tenías, para que no me llamase a engaño. ¡Yo, tampoco te oculté mis nietos...! El amor no tiene edad, mi vida, y es ciego.
Ahora voy a decirte una cosa que espero estimes y comprendas. En la comparación que hice, sale perdiendo la rosa. La belleza de ésta sólo dura un breve día: nace al alba y muere con la tarde. La tuya es distinta; quiero que tú me dures, lo que yó, que si es verdad que no será mucho, por haber llegado tan tarde, deseo que sea lo suficiente para colmar mi alma de lo no vivido hasta hoy. Además los pétalos no admiten cuido, su caída es irreversible y tampoco tienen comparación con la piel de melocotón de tu cara de porcelana.
Desde hoy, quiero volver otra vez, a ser joven y que tú lo seas. O que nos lo parezca, sin que pensemos en el ridículo. Que un amor de "pasos lentos", experimentado y bebido "sorbito a sorbito" como el nuestro, es muy bonito, si tú lo quieres. Y dá mucha alegría.
Cuando esto pasa, dá pena, también. Ha amanecido un día primaveral, de verdad, pero estoy triste. Hay una suave brisa que me empuja hacia tu tierra. Tú no te lo creerás, porque como ...¡eres mayor! ¡Si pudiera...! Fui a recoger las gafas, que tenía en el coche como mi corazón, como el viento, como las nubes y como este leve oleaje del mar, a quienes les he puesto rumbo a tí, con ese cariño que uso siempre que te recuerdo y para que te lleven, en este día de San Valentín, mi gran mensaje de amor, que espero interpretes con la "juventud" debida.
Y te quiero...
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