GEOGRAFÍA

ALJARANDA

El pueblo y los nombres de lugar:
La etimología popular

Gaspar J. Cuesta Estévez

    El hombre siempre ha mostrado un interés natural por conocer el origen y el significado de los nombres de los lugares donde vive, de los ríos que cruza, de los cerros y valles donde a diario trabaja. Esta curiosidad no siempre puede verse satisfecha porque a menudo tales topónimos, que es como la Lingüistica llama a los nombres de lugar, no son transparentes. Es decir, su forma no tiene un significado claro para el hablante. Esto puede deberse a que se trate de una voz procedente de una lengua ajena a la que denomina los actuales pobladores de la zona. Es el caso, por ejemplo, de los numerosos términos de origen árabe que persisten en la toponimia andaluza, pero o bien no han perdurado en el léxico general del español, o bien se presentan con una forma distinta, ya que los nombres de lugar son susceptibles de una evolución diferente de cualquier otra palabra.

    Pero, como hemos dicho antes, los habitantes de un lugar sienten la necesidad de dar un sentido, un significado, a los topónimos. Es ahí cuando actúa la etimología popular, que no es más que la tendencia del pueblo a sustituir un nombre opaco, es decir, un nombre sin significado aparente, por un término de apariencia similar, de pronunciación aproximada, pero que tenga un significado para él y, en general, para su comunidad lingüistica. En realidad, la curiosidad popular ejerce de filólogo indagando, buscando la palabra de su vocabulario que más se acerque a esa otra que ha heredado de sus antepasados pero "no le dice nada". El siguiente paso suele ser la sustitución del topónimo primitivo por el nuevo, que es considerado por la conciencia popular como la versión "correcta" o "auténtica". En muchos casos este proceso viene acompañado del surgimiento de leyendas populares que contribuyen a darle credibilidad; este fenómeno puede generar desde leyendas que pretenden ajustarse con realismo a algún hecho histórico, hasta otras de corte fantástico o literario.

    La etimología popular no sólo se reduce al ámbito de la Toponomástica, sino que también ejerce un protagonismo especial en el habla diaria, llegando a producir a veces, con el transcurso del tiempo, la modificación formal de una palabra. Así, el término almena, del latín MINA, era originalmente mena o amena, pero el pueblo acabó colocándole un falso articulo árabe (al-), probablemente por pensar que procedía de dicha lengua, asimilándola a la voz almenara, que si es de etimología árabe.

    En otros muchos casos, la etimología popular se circunscribe a un estrato sociocultural determinado, pero puede llegar a tener una gran viveza, sobre todo en la lengua oral. De este modo, es frecuente oir mondarina (más claro para el hablante porque le suena mondar) por mandarina, o andalias (que "parece" venir del verbo andar) por sandalias (1). En el área de Sevilla es de uso general llamar sanjuán al zaguán (o portal), modificación favorecida por la pronunciación seseosa, y que parece deberse a que en muchos zaguanes solía haber alguna figura representando a un santo.

    En el campo de la Toponimia, son numerosos los casos de este tipo que podemos encontrar. Por poner un ejemplo, son frecuentes los nombres del tipo Matavacas (o Matalasvacas), Matalobos, etc., que suelen ser interpretados como compuestos del verbo matar + un nombre de animal, cuando muchos en realidad procederán de la abreviación de Mata (porción de terreno poblado de árboles de una misma especie) de [las Vacas], por ejemplo.

    En otros casos, el topónimo ni siquiera se ve alterado fonéticamente. Es el caso de unos restos de muralla en Villa de Dueñas (Palencia) que son llamados Barbacana, nombre que según el diccionario designa una obra de fortificación defensiva avanzada y que procede del árabe bal-baqára. Sin embargo, según un erudito local, el lugar se llama así porque allí se juntan a tomar el sol los viejos de la localidad, que, naturalmente, tienen la barba cana (Fernández González, págs. 1676-77).

    Este fenómeno también afecta, por supuesto, a algunos topónimos del término municipal tarifeño. Algunos de ellos ya los he estudiado en trabajos anteriores (véase la bibliografía), por lo que no me extenderé. Uno de los casos más claros es el que afecta a los nombres de dos sierras emblemáticas de nuestro municipio: Salada Vieja y Salaviciosa. El Libro de la Montería y otros documentos antiguos demuestran que sus nombres originales eran Celada Vieia (emboscada antigua) y Çelada Viciosa (emboscada frondosa), respectivamente. Las razones de la deformación hay que buscarlas tanto en la pérdida de vigencia de la voz celada, como en la fonética dialectal del andaluz.

Una panorámica de la Silla del Papa (Foto M. Rojas)

    Otro caso en que la documentación atestigua un cambio formal es el del topónimo Guadalmesí, que aparece citado por el geógrafo árabe Idrisi en el siglo XII como wadi-al-nasa (río de las mujeres) (2). La imala, un fenómeno fonético del dialecto local árabe, transformó probablemente este nombre, acercándolo al actual. Pero lo que seguramente le dio la forma definitiva sería la confusión, por parte de los repobladores cristianos, con el término guadamací o guadalmecí (cuero adobado y adornado con dibujos de pintura o relieve), voz muy viva en el castellano medieval.

    En la misma zona encontramos el topónimo Los Alhelíes, nombre aparentemente botánico, pero que en el Libro de la Montería aparece como Arroyo de los Adaliles, muy probablemente del árabe dalil (guía, jefe militar), étimo que originó el castellano adalid. Pero con el paso del tiempo, una vez perdido el sentido original al que la coyuntura fronteriza dio lugar, sería más fácil para los hablantes de la zona asimilar el nombre del lugar al de una planta que al de un cargo militar.

    Otro ejemplo de deformación fonética es el del orónimo Utreras, entre las sierras de Saladavieja y Ojén, que en el Libro de la Montería aparece citado numerosas veces como la Buytrera (del latin VULTURE buitre + ARIAM, sufijo locativo de cantidad). Las pormenorizadas descripciones de Alfonso XI no dejan ninguna duda de que se trata del mismo lugar, y además es sabido que existen buitreras allí todavía. La desaparición de la b- inicial y de la i (en tales contextos fonéticos) no son raras en el habla dialectal y vulgar, lo que facilitó la evolución junto a la posible confusión con el término utrero, ra, novilo o novillo o novilla desde los dos años hasta cumplir los tres.

    Un nombre también interesante al respecto es el de Cortijos de la Joya, lugar situado cerca de El Bujeo. Como en otros casos similares, es probable que este topónimo no tenga relación etimológica alguna con la voz joya, sino que proceda del latín FOVEA, hoy, excavación, que dio la forma romance hoya, con h- aspirada. Esta aspiración se perdió en castellano, pero permaneció en algunas zonas dialectales. Concretamente, en el habla rural de nuestra campiña la pronunciación es igual para hoya que para joya. Además, en las Actas Capiturales de fines del siglo XVI aparecen referencias a un lugar llamado las hoyas cuya hierba servía para pagar el salario del corregidor, hecho que parece confirmar nuestras sospechas.

    Cerca de La Silla del Papa, hay un cerro que la cartografía denomina de la Rosa Grande. En un principio podríamos pensar en una "gran flor", pero no es de eso de lo que se trata. Si pronunciamos dicho nombre con el ceceo característico de nuestro habla sonará Cerro de la Roza Grande. Y ese es el auténtico nombre del lugar. Lo que debió pasar fue que la persona encargada de recoger este nombre para incluirlo en los mapas pensaría que los campesinos pronunciaban una z andaluza en lugar de una s castellana. Y en realidad el topónimo se refiere al término roza (del latin vulgar RUPTIARE), tierra roturada para ser sembrada.

    De igual modo, el lugar denominado en los mapas como Rosa del Joyuelo, ubicado en el término de Los Barrios, pero casi en el limite con Tarifa (3), no es sino Roza del Hoyuelo, como delatan los hidrónimos que lo rodean: Garganta de la Hoya y Arroyo de la Hoya.

Detalle del Puerto del Bujeo (Foto M. Rojas)

    En topónimos como éstos habría que hablar de "etimología hipercultista", ya que son los recolectores del Nomenclátor, o incluso los historiadores, los "culpables" de la deformación, mientras que para los habitantes del lugar continúa vigente la denominación primitiva (excepto en los casos en que ésta no ha podido resistir la presión "cultista" u "oficial"). De hecho, algunos lingüistas, como el profesor Orr, prefieren prescindir del calificativo popular y usar el término etimología asociativa (Ullmann, págs. 115-16).

    Desde la misma perspectiva habría que analizar los topónimos Quebrantanichos y Quebrantanichuelos (cerca de Zahara de los Atunes), que la documentación antigua nos revela como Quebranta Minchos y Quebrantamichuelos, que es la pronunciación que encontramos también en los habitantes próximos (Quebrantamichos). Para no extenderme en un topónimo que ya he tratado en otras ocasiones citaré sólo la interpretación que hace Enrique Martínez González (págs. 71-72), quien apuesta por un étimo árabe con el significado de tumba borrada o desaparecida (Qabr-al-intamisu) o tumba de + nombre de persona.

    Aunque los nombres de lugar que he expuesto son los casos más claros de etimología popular, dado que vienen avalados por las fuentes antiguas o por la documentación oral, hay otros que sospecho que también lo podrían ser. Por ejemplo, la Laja de las Algas, junto a la Silla del Papa, es un lugar donde sería difícil, por no decir imposible, encontrar algas marinas. Sí podríamos ver aquí, en cambio, una relación con el étimo árabe al-mgaz, el paso, ya que se levanta sobre un desfiladero que une la zona de La Gloria con La Canchorrera.

    Del mismo modo, el topónimo Los Calabozos, entre las Sierras de Luna y del Cabrito, podría tratarse de un compuesto del árabe qal, fortaleza, recinto fortificado, más un segundo término sin identificar. Pero sin pruebas testimoniales esto se reduce a una sugestiva hipótesis.

FUENTES

Actas Capitulares del Archivo Municipal de Tarifa (tomo I).
ALFONSO XI, Libro de la Montería, Madison, Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1986.
AL-IDRISI, Descripción de África y de España, (citado por Martínez Ruiz y por Abellán).

BIBLIOGRAFÍA

ABELLÁN, J., Las vías de comunicación gaditanas en el siglo XIII, en Cádiz en el siglo XIII, Cádiz, Universidad-Diputación, 1983.
CUESTA ESTÉVEZ, G. J., Notas sobre microtoponimia del término de Tarifa (con valor histórico y arqueológico), en Almoraima, núm. 9, Actas de las II Jornadas de la Historia del Campo de Gibraltar.
CUESTA ESTÉVEZ, G.J., Etimología popular y otros problemas lexicológicos en la toponimia de Tarifa (Cádiz), en Actas del III Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española (en prensa).
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, J. R., Toponimia del Bierzo (León) y etimología popular, en Actas del I Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española (vol. II), Madrid, Arco-Libros, 1988.
LABARTA, A., Vocabulario básico árabe-español, Universidad de Córdoba, 1984.
MARTÍNEZ GONZÁLEZ, E., Toponimia árabe en el campo tarifeño, en Almoraima, núm. 1.
MARTÍNEZ RUIZ, J., Toponima gaditana del siglo XIII, en Cádiz en el siglo XIII (obra citada).
ULLMANN, S., Semántica, Madrid, Aguilar, 1987.

AGRADECIMIENTO

Quisiera expresar mi agradecimiento a Sebastián Álvarez, por su amable colaboración en el Archivo Municipal.

NOTAS.

(1) En este caso es determinante la fonética sintáctica: las sandalias>las(s)-andalias.
(2) Aprovecho aquí para aclarar el significado de este topónimo cuestión suscitada por Beatriz y Enrique Díaz en su enriquecedor artículo Guadalmesí (ALJARANDA, núm. 15), y que por error no aparece en mi trabajo de Almoraima.
(3) En la Sierra del Niño, relativamente cerca del Cortijo del Arráez.

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