| HISTORIA | ALJARANDA |
El último tercio del siglo XIX fue para Tarifa un periodo crítico. La población tuvo que soportar momentos difíciles, ya que con frecuencia su existencia se veía alterada por todo tipo de calamidades que se sumaban a sus ya penosas condiciones de vida. Todavía no se había librado de las constantes crisis de subsistencias, muy semejantes a las acaecidas durante la Edad Moderna (1), unas veces provocadas por pertinaces sequías, otras por lluvias torrenciales o por plagas que constantemente dificultaban las labores del campo. Durante los años 1880 y 1881 se perdió parte de la cosecha. Los hombres de la mar también estaban a merced de las inclemencias naturales. En 1889, tras largos periodos sin poder salir a faenar, un temporal dañó seriamente la dársena construida en 1812, único punto de refugio de los pescadores. Otras veces era la propagación de devastadoras epidemias que periódicamente sacudían con mayor virulencia a los más desfavorecidos.
Las sucesivas corporaciones locales tuvieron que hacer frente a este ciclo que paralizaba constantemente toda clase de faenas agrícolas y marítimas, concentrando sus esfuerzos en atender a una población necesitada que se dirigía hacia la primera autoridad municipal en demanda de auxilio. Los escasos recursos que contenían las arcas municipales se tenían que destinar a socorrer a los braceros y difícilmente alcanzaban para satisfacer las obligaciones con la Hacienda pública, por lo que los ediles se esforzaban en conseguir continuas moratorias en el pago de los impuestos que, a su vez, hacían crecer la deuda. Entre 1879 y 1881 el Municipio no pudo pagar la Contribución Territorial.
Pero la coyuntura más crítica se vivió durante la epidemia de cólera de 1886 (2) que sumió a la ciudad en una crisis total motivada por el pánico que se apoderó de la población y que derivó también en una crisis política sin precedentes que hizo necesaria la intervención de las primeras autoridades civiles y eclesiásticas de la provincia.
A ello se unió la inestabilidad política que padeció Tarifa entre los años 1885 y 1887. El alcalde por designación gubernamental José Mª Morales Gutiérrez no pudo tomar posesión por tener pendiente una causa judicial que le imposibilitaba para ejercer cargos (3). Este hecho dio carácter de interinidad a los tres alcaldes con que contó Tarifa durante este corto periodo: Joaquín Manso Balongo, que falleció al poco tiempo de tomar posesión; Luis Bermúdez Sánchez y Andrés de Rivas León.
La epidemia se declaró en el mes de enero de 1886, sin embargo desde casi dos años antes el Ayuntamiento se encontraba alerta tras las instrucciones recibidas de la Junta Provincial de Sanidad ante la aparición de la enfermedad en diferentes puntos de la Península (4). Las medidas sanitarias adoptadas estuvieron encaminadas fundamentalmente a sanear el arroyo que atravesaba la población, principal preocupación municipal al constituir un importante foco de infección.
Sin embargo, en agosto de 1885 la epidemia alcanza algunas poblaciones de la provincia, entre ellas la ciudad de La Línea, lo que hizo necesario que se extremaran las medidas de vigilancia y precaución encaminadas a aislar toda la población. Durante ese mes el Ayuntamiento acuerda no disponer de los fondos municipales reservándose todo para combatir la epidemia (5). Para evitar posibles riesgos se anunció la supresión de la feria de septiembre (6) y la instalación de un hospital provisional u oficina sanitaria en las afueras de la ciudad para reconocimiento de pasajeros y la fumigación de personas y afectos, que estaba atendida por dos médicos, dos celadores y cuatro vigilantes.
Estas medidas surtieron efecto y mientras se mantuvieron preservaron a la población, no dándose casos de cólera en el término municipal. Pero su mantenimiento exigía un fuerte esfuerzo económico que difícilmente podían soportar las arcas municipales.
Una mejora en el estado sanitario de La Línea permite la reducción del personal encargado de la vigilancia. Finalmente, el 12 de noviembre se decreta el cese de todas las precauciones sanitarias y la liquidación de gastos de personal y de alquiler de la finca donde se instaló el hospital provisional. Al extenderse la creencia de que el peligro había pasado, incluso el 8 de diciembre se celebró misa de acción de gracias en la iglesia de San Mateo.
Sin duda el estado de penuria de la hacienda municipal forzó la adopción de estas medidas de relajación, que sólo un mes más tarde se demostrarían como precipitadas, haciendo estériles todos los desvelos anteriores para protegerse de posibles contagios.
Efectivamente, a primeros de enero hubo un rebrote con foco en Algeciras que hizo necesaria la reapertura urgente del hospital en las afueras. Desde el día 5 se adoptaron medidas más extremas, como cerrar las entradas del casco urbano, dejando sólo para el tránsito las puertas de Jerez y del Mar.
Sin embargo, sólo seis días más tarde se dieron los primeros casos y la enfermedad se propagó rápidamente. A finales de mes el escenario es desolador, ya que la ciudad se encontraba paralizada de cualquier actividad. El alcalde Luis Bermúdez convoca sesión el día 25 de enero para tomar nuevas medidas y denunciar que habían abandonado la población la casi totalidad de las personas acomodadas (7).
Ante la virulencia de la enfermedad el pánico se apoderó de todos, incluso de algunos responsables del gobierno municipal que haciendo dejación de sus cargos abandonan precipitadamente la ciudad dejando tras de sí un panorama dantesco: semiparalizado el Ayuntamiento por las deserciones y diezmada la población, la necesidad había invadido a todos los que no tenían recursos para emigrar.
El propio gobernador provincial, camino de Algeciras, no encuentra en Tarifa a ninguna autoridad municipal a quién entregar la ayuda de 4.000 pesetas procedente de la Diputación y tiene que dejarla en manos del obispo Calvo y Valero que se había puesto al frente de la lucha contra la epidemia (8).
El 31 de enero llega un delegado del Gobernador para recomponer el Ayuntamiento. Manifiesta su deseo de levantar el espíritu público haciendo desaparecer el pánico que se ha apoderado de esta población con motivo de la epidemia. Pero a la sesión municipal que convoca acuden sólo cinco miembros (de un total de 17) por lo que declaró suspensos a los ediles que no pueden justificar su falta.
Ante el desgobierno evidente el 4 de febrero es el mismo Gobernador quien preside el Pleno, manifestando haber visto con verdadero disgusto la conducta observada por algunos concejales abandonando la ciudad en los momentos en que su presencia era más necesaria (...) en casos de esta naturaleza (es) cuando el funcionario revestido de su cargo honorífico por el voto popular (...) debe desplegar mayor celo, virilidad y abnegación para corresponder como bueno a la confianza en él depositada (9).
La primera autoridad provincial, con los concejales presentes, recompone la corporación nombrando un Ayuntamiento interino que haga frente a la situación creada. Ratificó al alcalde Luis Bermúdez; nombró cuatro tenientes de alcalde: José de los Ríos Herrera, José Campos Araújo, Francisco Toledo Cruz y Andrés Rivas León; síndico a Miguel Navarro Canas e interventor a Recaredo Roca López. Asimismo convocó para el día siguiente un nuevo pleno, advirtiendo a los concejales ausentes que, en caso de persistir con su actitud, se considerará este hecho como abandono de cargo y por ello habrá de pasar el tanto de culpa a los tribunales de justicia.
La crisis quedó definitivamente cerrada el día 6 al levantar el apercibimiento ante la aparente asistencia de todos los concejales y quedar constituido el Ayuntamiento como se encontraba antes de todas las ausencias. Aunque tenemos razones para pensar que no fue la vuelta de todos los concejales a sus puestos, ya que no sabemos si realmente se produjo porque el acta de la sesión (10) no recoge la relación nominal de los asistentes, como suele hacerse, sino que más bien pudo deberse al pragmatismo que tuvo que desplegar el Gobernador para superar una situación tan delicada.
En la misma sesión anima a los ediles a restablecer la perdida calma tan necesaria para combatir con serenidad y acierto la calamidad reinante. Para ello invita a los presentes a aunar esfuerzos y multiplicar su actividad en unión del Obispo de la diócesis, que recibe de esta manera el reconocimiento de la Corporación.
El día 7 la ciudad no está libre de la enfermedad, pero una vez ordenado el Ayuntamiento y encauzada la lucha contra la epidemia a través de la Junta Local de Sanidad, el Gobernador puede abandonar Tarifa dejando la dirección de los asuntos sanitarios a su delegado Manuel Bernal.
Sin embargo, tampoco faltaron en Tarifa iniciativas ciudadanas para auxiliar a la población. Desde los primeros días de la epidemia funcionó una Junta de Defensa contra el Cólera, estando formada por el Arcipreste Ignacio González; el propietario Domingo Derquis; el militar Antonio Mª Gálvez; el médico José Peláez y los presbíteros Juan Gil, Pablo Duarte y Manuel de Fuentes (11).
Desde esta Junta se montó una cocina económica, subvencionada por el Ayuntamiento, con la que colaboraron numerosos vecinos. Tampoco faltaron numerosas muestras individuales de valor cívico (12).
Durante los días siguientes se tomaron disposiciones para satisfacer la alimentación de la población y mejorar sus condiciones higiénicas con la desinfección de las casas más afectadas y el alojamiento provisional en otros lugares de sus moradores. También es motivo de preocupación municipal la extensión del mal a la campiña, alcanzando a la aldea de Facinas, cuya población había aumentado con la llegada de muchos tarifeños del núcleo urbano. Aquí venía funcionando una junta de vecinos que tomaba medidas de defensa contra la epidemia.
A mediados de febrero remite la enfermedad y la ciudad recobra poco a poco la normalidad. También llega ayuda económica exterior. Del Fondo de Calamidades Públicos se recibieron 8.000 pesetas, que junto a otras 2.500 concedidas en nombre de la Corona permiten sostener la cocina económica y el pago del personal facultativo. También permiten continuar con las obras públicas iniciadas para dar trabajo a la población desocupada.
El 16 de marzo, habiendo desaparecido la intensidad de la epidemia al quedar sólo en tratamiento tres enfermos, Andrés Rivas sustituye a Luis Bermúdez en la alcaldía.
Aunque de nuevo la población estuvo en alerta ante posibles contagios durante los años 1890 y 1893, fue ésta de 1886 la última gran calamidad del siglo XIX en Tarifa. Algunas fuentes sitúan los fallecidos en torno al centenar.
La magnitud de esta tragedia determinó la gestión de los ayuntamientos durante los años posteriores. En Madrid a finales del mismo 1886 se aprueba el expediente para desviación y alcantarillado de la cloaca que atravesaba la ciudad. El Gobierno, para la financiación de la obra, autoriza a enajenar una parte de las inscripciones intransferibles que poseía Tarifa. No obstante, al Municipio le restaban todavía múltiples obstáculos que superar para ver realizado el ansiado proyecto.
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| Libro de Cabildos de Tarifa (Foto M. Rojas) |
REFERENCIAS
(1) CRIADO ATALAYA, F.J., Cuadernos divulgativos: Tarifa, su
geografia, historia y patrimonio. Apuntes sobre su historia, Ayuntamiento, Tarifa,
1993, pág. 56.
(2) LIAÑO RIVERA, M., Epidemia de cólera y desviación del arroyo, ALJARANDA
núm. 1 Revista de Estudios Tarifeños, Ayuntamiento, Tarifa, 1991, págs. 11-14.
(3) Archivo Municipal de Tarifa (AMT). Actas Capitulares, 1 de Julio de 1885.
(4) AMT. Actas capitulares, 11 de Agosto de 1884.
(5) AMT. Actas Capitulares, 30 de Agosto de 1884.
(6) Estas medidas no impidieron que finalmente los días 7 y 8 de septiembre se celebraran
las fiestas de la Patrona y se corrieran novillos por las calles.
(7) AMT. Actas Capitulares, 25 de Enero de 1886.
(8) AMT. Actas Capitulares, 6 de Febrero de 1886. El gobernador en esta sesión manifiesta
que en el día de su llegada a ésta se encontraba enfermo el Sr. Alcalde y no había
podido celebrar sesión el Ayuntamiento por falta de número siéndole preciso marchar a
la ciudad de Algeciras dejó la cantidad referida depositada en la casa del Excmo. e
lltmo. Sr. Obispo.
(9) AMT. Actas Capitulares, 4 de Febrero de 1886.
(10) AMT. Actas Capitulares, 6 de Febrero de 1886.
(11) AMT. Actas Capitulares, 25 de Enero de 1886.
(12) Las Actas Capitulares recogen el caso de la matrona Mª Jesús Martínez quien
continuó asistiendo los partos de mujeres infectadas.
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