| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
En los primeros años cuarenta, años de carencia de casi todo, había una cosa que no faltaba en Tarifa: el trabajo. Aunque esto no era una excepción dentro del conjunto de España. Acababa de terminar una larga guerra civil y se necesitaba mucha mano de obra para reconstruir lo que los bombardeos destruyeron y continuar con las obras públicas interrumpidas durante los casi tres años que duró la cruel contienda. Hay que tener en cuenta también el millón de muertos que se cobró la guerra y las decenas o centenas de miles de españoles que se exiliaron o fueron encarcelados o quedaron mutilados o inválidos. De manera que, por tales motivos, la bolsa de trabajo en nuestro país era más que suficiente para dar empleo a cuantos estuvieran en condiciones de trabajar.
Tarifa, entonces, tenía pendiente de terminar el Puerto Pesquero y la Estación Naval, que por diversas causas, no sólo las de la guerra, parecía que no se iban a acabar nunca (1). Todavía circula por aquí el dicho de que, cuando algún asunto se demora demasiado, "esto va a durar más que las obras del Puerto". Las obras se agilizaron a partir de aquellos años y proporcionaron trabajo a muchos tarifeños. También llegaron muchos forasteros para trabajar en ellas. Además del ingeniero de canales caminos y puertos que las dirigía, vinieron especialistas tales como peritos, maestros de obra, mecánicos, buzos, delineantes, escribientes (hoy diríamos administrativos), listeros ... Pero el mayor número de los que recalaron por Tarifa fueron peones. Los especialistas, por regla general, venían con sus familias y se instalaban aquí ante la perspectiva de que tendrían trabajo para varios años, pero los peones, en su mayoría, eran hombres solitarios; cada cual con su historia a cuesta de un pasado reciente de familias rotas, de miedos, de desconfianzas; hombres desarraigados de sus orígenes y que más de uno rehizo su vida en nuestro pueblo.
Todo este preámbulo no tiene mucho que ver con el personaje de mi historia, si acaso en su parte final, pero me ha parecido necesario para situarlo en el tiempo y en su circunstancia. Aquel hombre, de buen aspecto, aparece por Tarifa con un maletín y se instala cada mañana por fuera de la Plaza de Abastos enfrente de la churrería. El maletín abierto sobre una pequeña mesa que lo soportaba tenía dos compartimientos: el más pequeño contenía algunas herramientas de precisión muy bien cuidadas; en el mayor, medio enterrados en serrín, brillaban al sol de la mañana un buen número de anillos dorados y plateados de los llamados sellos. Fijaba un tas (sí, ese "pequeño yunque de platero" que sale tanto en los crucigramas) en el filo de la mesita y ya estaba dispuesto para emprender su trabajo, que consistía en la venta de los anillos, a los que grababa en el sello unas artísticas iniciales rodeadas de arabescos y filigranas según el encargo y gusto del comprador. Aunque se trataba de bisutería de la peor calidad, él hacía su trabajo concienzudamente y con el mayor esmero y arte. De este modo se ganaba la vida aquel hombre. Y durante unos meses no debió de irle mal; su tenderete casi siempre estaba rodeado de gente, atraídos por lo curioso de su trabajo la mayoría, es cierto, pero, puesto que trabajaba, era señal evidente de que los encargos no le faltaban.
Al principio de su estancia en Tarifa, es decir, mientras se dedicó al grabado y venta de anillos, se hospedaba en la Fonda de Eusebio, que todavía existe en la curva de la carretera hacia Cádiz, justo donde termina la avenida Amador de los Ríos y comienza la calle Batalla del Salado. Pues bien; su trabajo de grabador y vendedor de anillos de bisutería se acabó de repente. No sé si es que agotó la mercancía y no encontró proveedor para reponer, si la gente se hartó de los anillos, o qué otra razón le habría impedido seguir con su negocio. El caso es que el tenderete desapareció y aquel hombre terminó como peón en las obras del Puerto. Fue entonces cuando tuve ocasión de conocerle más a fondo.
En aquel tiempo, mi padre tenía una taberna en la esquina donde se cruzan las calles Batalla del Salado y Arapiles, en el mismo local que hoy ocupa el asador de pollos "El Dorado". Y en la taberna de mi padre pasaba sus horas de ocio nuestro hombre. Le daba bien al chiclana; tal vez por eso el escaso salario de la época no le alcanzaría para pagarse un alojamiento medianamente digno, puesto que dormía por las noches en uno de los nidos de ametralladoras de los que algunos quedan todavía en el camino que conduce a la Isla de las Palomas.
Como persona era de lo más educada; a nadie molestaba y solía sentarse en el rincón más apartado de la taberna con su media botella de chiclana y el vaso sobre la mesa. Mataba el tiempo haciendo solitarios con una baraja de cartas que mi padre le dejaba. Apenas hablaba, pero cuando lo hacía demostraba tener cierta cultura, y su voz pausada y agradable desentonaba con las de la mayoría de los otro clientes del establecimiento.
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Por entonces, cuando yo salía a la atardecida de la escuela de doña María, iba a la taberna por si tenía que hacerle algunos mandados a mi padre, y luego moler café en un molinillo manual de los de manivela vertical. Después de los mandados y la molienda ya podía marcharme, pero, picado por la curiosidad, me acercaba a la mesa donde el hombre manipulaba las cartas tratando de resolver los solitarios. Día a día y poco a poco fui tomando confianza con él y terminé sentado a su mesa. Mi padre me dejaba porque intuía que aquella relación me podía beneficiar más que perjudicar. Y así fue. No sólo me enseñó a resolver solitarios y ciertos trucos con las cartas que todavía recuerdo. Dado su oficio de orfebre, me hablaba de los metales, de sus fórmulas, de las aleaciones entre ellos para complementar los quebradizos con los maleables, de lo que significaban los quilates en el oro, del porqué unas veces se utilizaba de 18 y otras de 24, de los engarces de piedras preciosas... A mí me interesaba todo lo que aquel hombre me contaba y como lo contaba. Sin afectación, poniéndose a mi altura, en un lenguaje sencillo y asequible para mi edad (yo andaría entonces por los ocho años), provocando mis preguntas y logrando, además de interesarme, entusiasmarme. Entre nosotros se estableció una corriente de afecto y simpatía impropio entre un niño y un hombre maduro.
Ya dije que le daba bien al chiclana y que hablaba poco. Algunas veces charlaba con otros clientes y con mi padre, pero nunca les contó nada de su vida anterior; era reservado con su pasado, y cuando algún imprudente trataba de sonsacarle cambiaba de conversación o se encerraba en un impenetrable mutismo. Sin embargo, cierto día de los de más bullicio en la taberna, sentados él y yo en el rincón de costumbre, con su voz pausada y agradable comenzó a hablarme de su vida. En realidad no puede decirse que me hablara a mí; su mirada estaba perdida en un punto fijo e indeterminado parecía estar ausente y hablaba y hablaba como descargándose de un peso que ya no pudiera soportar más. Dijo ser hijo de ferroviario, nacido en la estación de Peñarroya-Pueblonuevo; que aprendió y ejerció su oficio en un taller de orfebrería en Córdoba; que tuvo un hermano 2 años menor que él; que ambos participaron en la guerra: él en el bando de los vencidos, su hermano en el de los vencedores; que su hermano murió destrozado por la explosión de una granada de mortero en la batalla del Ebro; que al acabar la guerra lo encarcelaron durante 3 años; que durante el tiempo de encarcelamiento murieron sus padres; que al salir de la cárcel ya no lo admitieron en el taller; que, solitario y amargado, anduvo dando tumbos hasta recalar en Tarifa y llegar al estado de degradación en que se encontraba... Muchas cosas más dijo aquel hombre de ojos turbios y voz amarga. De pronto pareció como si volviera en sí. Vació en el vaso el resto de vino que quedaba en la botella y se lo bebió de un trago. Me dijo entonces que procurara olvidar cuanto acababa de oir; que siguiera siendo tan aplicado y que la suerte me acompañara. Yo no me daba cuenta de que aquellas palabras eran una despedida para siempre. Nunca más le volvimos a ver. Mi padre y un amigo hicieron indagaciones sin resultado positivo. Fueron al nido de ametralladoras que ocupaba y sólo encontraron el jergón de paja donde dormía, una raída manta cuartelera, un jarrillo de lata, una banqueta de corcho y algunos tiestos más. De él, ni rastro.
Como se ve, no atendí su consejo de olvido. Por eso lo traigo aquí, a esta especie de galería de marginados, sacándolo a la luz de entre los muchos que habitan las oscuras estancias de mi memoria.
(1) Para una amplia, detallada y documentada información, ver el libro-suplemento de ALJARANDA Construcción del puerto de Tarifa a través de la prensa, de Carlos Núñez Jiménez, editado en mayo de 1994.
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