REDACCIÓN

ALJARANDA

Relato de Guzmán

Juan Antonio Sevilla Blanco

Primer premio del concurso convocado con motivo del VII Centenario de la Gesta de Guzmán el Bueno, en el nivel de Enseñanza Media. Juan A. Sevilla es alumno de tercero de BUP del Instituto de Enseñanza Secundaria Almadraba de Tarifa

    Cuando conocí a Alonso Pérez de Guzmán este acababa de ser nombrado alcaide de mi ciudad, Tarifa. Correría por aquel entonces el año 1.294, dos años después de que se reconquistara a los benimerines. Contaba Guzmán con unos 38 años y éste que les narra acababa de rebasar la veintena.

    Resulta que aunque los moros habían sido expulsados no quisieron ceder fácilmente esta tierra tan valiosa (ya por la estrategia, la pesca o la agricultura) a los cristianos, por lo que siempre estuvieron al acecho para volver a asentarse aquí.

    He aquí que comienza mi narración: los moros nos sitiaron y mientras la ciudad trataba de soportar con cierta tranquilidad un día más de los largos e insoportables cercos que a menudo se nos presentaban yo, herido, esperaba la hora de poder reincorporarme y ayudar a defender la ciudad. Resulta que durante uno de los incesantes ataques que los benimerines lanzaban contra la ciudad la mayoría de los hombres (excepto los incapacitados para el combate o heridos) se encargaban de ayudar a los soldados a defender la plaza, y las mujeres de cuidar a los heridos y los niños tratando de mantener el orden en la ciudad.

Estatua de Guzmán el Bueno en León, obra del escultor Marinas (Foto Archivo ALJARANDA)

    Pues bien, yo me hallaba tendido en un camastro deseando restablecerme lo más pronto posible cuando me encontré de pronto frente a un hombre de talla y facciones normales aunque frente con algo que le distinguía de los demás en su mirada: tenía la ambición fija en los ojos. Me di cuenta enseguida de que era Guzmán. De tez morena (curtida, sin duda por numerosos combates) era de normal estatura, complexión fuerte, carácter irascible y muy carismático. A su lado estaba la que yo supuse sería su esposa, curándole una herida de una flecha en el costado derecho. Un militar le acompañaba mirándole con gran preocupación. Sin embargo, Guzmán le gritó que le necesitaban arriba y no más dicho esto el hombre corrió feliz como alma que lleva el diablo, seguro de la levedad de las heridas de su señor. Este hombre, según pude averiguar después era el lugarteniente de las tropas, fiel amigo de Guzmán. Pero vayamos a lo que realmente importa: cuando me vió, Guzmán reparó en mí y se me acercó interesándose por mi salud. Ambos tardamos aproximadamente una semana en sanar, durante la cual el alcaide estuvo puntualmente informado del cariz que tomaba el asedio. Cuando por fin pude volver a combatir lo que vi me heló la sangre: cientos de hombres yacían en las torres. Abajo una gran masa de soldados benimerines tapaban por completo el campo, ni una brizna de hierba quedaba a la vista. Eran pocos los que quedaban luchando sin alguna herida. Y allí combatí durante todo el día y al anochecer pude retirarme a descansar, orgulloso y fatigado del gran esfuerzo que había realizado. Mas no pude dormir, tal era la excitación de mi mente. Sabía que este cerco era diferente. El mismo Guzmán, ahora amigo mío, me había confesado que temía algo por parte del infante Juan, aliado de los moros, tal era su sed de trono. En medio de mi larga meditación me sorprendió de repente una gran alteración: Alonso, uno de los hijos de Guzmán, había sido secuestrado hacía pocas horas. Muchos soldados lo habían estado buscando (era muy querido por ellos, que habían sido tratados por Guzmán y su familia como auténticos parientes) sin éxito después del desorden originado por la "tregua" para evacuar heridos, hasta que el infame infante Juan envió una misiva a los centinelas notificándoles el secuestro de Alonso. La ciudad entera pedía salir a intentar liberar al chico antes de que lo mataran, pero de repente Guzmán apareció y dijo que por nada del mundo podía permitir una matanza como esa, y les ordenó que no movieran un solo dedo ni durante esa noche ni el día siguiente, añadiendo: Ya me conocéis, he dado una orden y no pienso repetirla. Todos enmudecieron y actuaron como si nada hubiera pasado.

    Sin embargo, a la mañana siguiente y cuando todos nos disponíamos a repeler un nuevo ataque de los moros vimos a Alonso maniatado y en manos del infante Juan, el cual al ver aparecer a Guzmán le gritó que sólo le devolvería a su hijo si entregaba el castillo. Si esto no sucedía le degollaría allí mismo. Todos miramos a Guzmán al unísono, sin embargo su semblante permanecía tan inalterable como siempre. Sus palabras resultaron un terrible hachazo para todos nosotros: Antes daría yo otros cinco hijos si los tuviera que entregar la plaza de que hice juramento de defender. El silencio se apoderó del ambiente. El rostro de Guzmán no había cambiado: ceño fruncido, ojos entornados, ojeras que denotaban su preocupación y cansancio. Acto seguido, mientras una lágrima se deslizaba por su rostro, arrojó el cuchillo a los pies del infante.

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