CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

La Cabra

José Araújo Balongo

    En el pequeño carromato, del que tiraba un escuálido borriquillo, transportaban los enseres y los niños. El patriarca de la tribu iba delante andando junto al animal, al que de cuando en cuando le arreaba un par de zurriagazos en el lomo, para que aligerara el paso, con la flexible vara de adelfa verde que esgrimía en su mano derecha. Detrás marchaba el resto de la troupe, compuesta por una mujer madura y prematuramente envejecida (seguramente la mujer del patriarca) y una caterva de jóvenes muchachas y muchachos en edades comprendidas entre los 15 y 25 años. Una de las jóvenes daba de mamar mientras caminaba a un crío de pocos meses, mostrando sin pudor la teta morena y lacia y la aureola morada del pezón que circundaba la boca succionante del mamoncillo. Debían ser los hijos, hijas, nueras, yernos, nietos y nietas del jefe y su mujer. Además de las personas y el burro, formaban también parte de la caravana dos perros y una cabra, que, sujetos al collar de cada cuello por una cuerda amarrada a la parte trasera del carromato, acompasaban su andar al rodar de éste no sin cierta dificultad: los perros con la lengua fuera, la cabra con cansino trotecillo.

    Eran los húngaros; los gitanos húngaros. Llegaban cada año con las primeras lluvias del otoño y acampaban alrededor de las ruinas del molino de viento, que estaba situado cerca del antiguo campo de fútbol, hoy Parque Feria, y del secadero de guano de la desaparecida fábrica de Carranza sobre cuyo solar se alza hoy el "Hotel la Mirada". Allí montaban su "cuartel general" y desde allí salía cada mañana la comitiva a recorrer las calles y plazoletas de nuestro pueblo para mostrar su espectáculo, llamando la atención del público y convocando a la chiquillería a golpes de tambor y de panderos. Como su estancia en Tarifa duraba una semana o más, hacían distintos itinerarios cada día con objeto de no repetir lugar. Podía vérseles actuar por las inmediaciones de la fábrica de Diego Piñero, cerca del tintero de redes, que ya no existe, y del huerto de Luz la de la cal, recientemente desaparecido; por los aledaños de la huerta Nueva, en el llano de los Pepes; en la explanada que hasta hace poco, antes de que se edificara sobre ella, había entre la fábrica de Salvador Pérez y la Barriada de Pescadores... Y hasta ahora sólo me he referido a lugares del Barrio Afuera. Luego, cruzaban la Puerta de Jerez y torcían a la derecha para bajar por la calle Colón camino de la Plaza de Abastos, donde montaban el espectáculo delante de los arcos que dan entrada a la pescadería por su parte posterior. Después actuaban en la Plaza de San Martín (más conocida entonces como plazoleta de los melones), la del Perulero, la del Angel; en la Puerta de la Mar, delante del Castillo de Guzmán El Bueno, para seguir por la calle del mismo nombre y enfilar la cuesta de Aljaranda que desemboca en la Plazuela del Viento... No quedaban rincones en el pueblo que no fueran visitados por aquellos titiriteros.

(Foto J. Araújo)

    Del espectáculo no puede decirse que fuera ni bueno ni malo: era distinto, inclasificable. Nada tenía que ver con el teatro, ni con el circo, ni con las variedades, aunque tal vez fuera el origen de todo lo citado. Pero lo cierto es que su poder de convocatoria era grande. Donde paraban, pronto se veían rodeados de niños y de no tan niños; su algarabía sacaba a los mayores de los patios o los congregraba en ventanas, gateras, balcones y azoteas. Un redoble de tambor reclamaba silencio e imponía atención. Seguidamente un hombre moreno con voz estentórea anunciaba el primer número: el de la joven contorsionista que, mientras tanto, se despojaba de la ropa de calle para quedar sólo con un vistoso pantaloncillo bombacho y un exiguo corpiño de vivos colores ambos y adornados con lentejuelas. Al son de un vals interpretado por el hombre moreno con una trompeta de tres pistones y acompañado por el tambor, tocado por un hombre tan moreno como él, aunque más joven, y de las panderetas manejadas por varias mujeres, comenzaba los saltos acrobáticos y las contorsiones de la muchacha. En un momento determinado paraba la música bruscamente y el hombre moreno de la trompeta rogaba silencio, porque el siguiente ejercicio de la contorsionista era tan peligroso (decía) "que cualquier distracción puede poner en peligro la vida de la artista". Ella, en el centro del corro, se concentraba con los ojos cerrados y el cuerpo erecto durante unos segundos; poco a poco iba abriéndose de piernas formando con ellas una uve invertida y con los pies bien firmes en el suelo. Una de las niñas de la troupe colocaba un pequeño pañuelo de colores sobre el pavimento entre los pies de la joven y a una distancia equidistante de los mismos. Después de esta operación la contorsionista apoyaba las manos en su cintura, y despacio, muy despacio, comenzaba a arquear su cuerpo hacia atrás, la barbilla apuntando al cielo y colgante la negra melena, los pequeños senos oprimidos por la posictón forzada del corpiño, el desnudo vientre curvo y tenso... A medida que se iba cerrando el arco que formaba la figura de la muchacha crecía la expectación... Ya el pelo rozaba el suelo... Entonces, el silencio absoluto se alteraba con un suavísimo y apenas perceptible redoble de tambor, que iba creciendo y creciendo cuando la joven, en un último esfuerzo, lograba introducir la cabeza entre las piernas con la cara hacia abajo mordiendo y elevando del suelo el pequeño pañuelo de colorines. Conseguido el difícil objetivo, estallaba el entusiasmo del público con una ovación que se mezclaba con el redoble del tambor y el sonido estridente de la trompeta en singular apoteosis. Luego, seguían otros números de inferior calidad; como el de la pareja de perros ataviados con unos ridículos y ajados trajes de volantes que no se sabía bien que tenían más: si lunares o lamparones, y que alzados sobre sus patas traseras bailaban, por llamarlo de alguna manera, unas sevillanas; o el del hombre de torso desnudo que se tumbaba sobre una manta cubierta de agudos cristales sin sufrir ni un arañazo...

    Pero la verdadera estrella del espectáculo, su número cumbre y con el que daban fin a la función, era la cabra. Antes de comenzar el número, que anunciaba con un especial énfasis el hombre moreno de la trompeta, unos cuantos críos de la troupe, con panderos los más chicos y canastos tejidos con tiras de caña los mayores, pedían la voluntad al público del corro primero y a los congregados en las azoteas, los balcones, las ventanas y gateras después. Había llegado el momento de la recaudación. Sobre los panderos boca arriba caían las monedas, en su mayoría perras chicas y perras gordas, algunos reales de boquete y, como cosa excepcional y muy rara vez, un sobado y mugriente billetito de a peseta que con prosopopeya sacaba de su cartera algún prohombre de los de traje, corbata y sombrero. En los canastos admitían de todo: mendrugos de pan, manojos de pescado frito, puñados de pescado fresco, ropa usada... Finalizada la recogida, los postulantes la entregaban al patriarca que se encargaba de su clasificación y custodia, y que luego, con gesto grave, daba autorización para el comienzo del número final: el de la cabra.

    Abriéndose paso entre la gente, portando en una mano una pequeña escalera de tijeras y con la otra sujetando por el collar a la cabra, ocupaba el centro del corro un hombre calvo de amplia y floreada camisa al que bien pudiera llamársele el domador. Primero colocaba la escalera bien centrada y firme sobre las irregularidades del piso mientras la cabra esperaba paciente, con esa cara de aburrimiento y de tristeza que tienen todas las cabras. Concluido el afianzamiento de la escalera, el hombre sacaba un pequeño latiguillo que llevaba cruzado bajo el cinturón al modo arriero. Lo hacía chasquear en el aire al mismo tiempo que daba órdenes al animal en una extraña jerga. Poco a poco, la cabra se iba acercando a la escalerilla y comenzaba a subir los escalones con bastante facilidad hasta situarse en la pequeña plataforma rectangular de su remate. Superada ya esta primera dificultad arrancaban los primeros aplausos; pero su actuación no había hecho más que empezar. El "más dificil todavía" de esta clase de espectáculo venía luego. En el centro de la plataforma que servía de cima a la escalera había un agujero donde el hombre introducía un pequeño y machihembrado cilindro de madera. A continuación chasqueaba el latiguillo y al grito de "¡Alión... monte!" lograba que la cabra se subiera, ya con más dificultad, sobre el pequeño cilindro. Nuevo chasquido del látigo y nueva orden: "¡Alión... torne!" El animal, poco a poco al principio y más ligero después, giraba y giraba entre los aplausos del público, los redobles del tambor y la estridencia de la trompeta. Dos veces más se repetía este último ejercicio y cada vez con mayor dificultad y éxito, pues el cilindro machihembrado lo iba el hombre cambiando por otro más pequeño hasta llegar al último donde apenas cabían las pezuñas de la cabra. Y así terminaba la función. Recogían los bártulos y a otra parte con la música.

    En una mañana de domingo de hace unos meses, mientras me afeitaba, oí música en la plazoleta de la barriada en que vivo. Abrí la ventana para ver lo que pasaba y eran ellos: los húngaros. A medio afeitar me sequé la cara y cogí mi máquina fotográfica apresurándome en bajar los escalones desde el segundo piso de mi vivienda hasta llegar al lugar de la plaza en que actuaban. La troupe ya no era tal troupe, cuarenta y tantos años son muchos años para que las cosas no hubieran cambiado.Estos de ahora no traían carromato, sino una vieja furgoneta; ni contorsionista adornada de colorines, brillos y lentejuelas; ni perros bailarines con trajes de gitana; ni el hombre de torso desnudo que desafiaba con su cuerpo las aristas de cristales rotos sin sufrir ningún daño... La trompeta de tres pistones, el tambor y las panderetas fueron sustituidos por uno de esos teclados a los que automáticamente y con solo pulsar un botón incorporaba el acompañamiento y el ritmo deseado por el instrumentista según la pieza que este tocara y cuyo sonido era aumentado por un potente altavoz incorporado al instrumento.

    La troupe de antaño se había reducido considerablemente. Sólo venían dos adultos: un hombre calvo de mediana edad que se limitaba a pulsar el teclado, una mujer relativamente joven que actuaba como directora, y cinco o seis chiquillos que portando unas bandejitas de plástico se dedicaban a pedir la voluntad durante la actuación, que consistía en un único número: el de la cabra. El número sí seguía siendo el mismo; el mismo tipo de escalera, la misma plataforma, los mismos cilindros machihembrados... Hasta la cabra parecía la misma. Igual pelaje negro, igual resignación en la obediencia, igual temor y tristeza en la mirada... Pero ya el espectáculo no tenía ningún poder de convocatoria. Por mucho que aumentara el volumen del altavoz el hombre de la música, apenas si logró reunir a una docena de chiquillos en torno a ellos; y a los que se acercaron, más que asombro y admiración, todo aquello les causaba risa. Algunos (pocos) vecinos se asomaron a las ventanas y terrazas. Son otros los tiempos y otras las aficiones y gustos. Ahora los niños pierden cada vez más pronto la inocencia y los mayores la ilusión.

    Mientras actuaban le pedí permiso al hombre con un gesto para hacer la fotografía que ilustra este relato, y con un gesto me lo concedió. Cuando terminaron deposité unas monedas en la bandejilla de una de las niñas. Poco habían recaudado. Mientras se iban fijé mi atención en el hombre de mediana edad, moreno y calvo, de pantalón oscuro y floreada camisa. Y no sé por qué extraña asociación de idéas me vino a la memoria aquella muchacha de cuarenta y tantos años atrás que daba de mamar mientras caminaba a un crío de pocos meses, mostrando sin pudor la teta morena y lacia y la aureola morada del pezón que circundaba la boca succionante del mamoncillo. ¿Acaso sería este hombre aquel crío? Por la edad que le calculé, bien que pudiera. Cualquiera sabe.

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