| OPINIÓN | ALJARANDA |
José Vicente Araújo Peralta
Me enteré por la tele. Una representación anual con todo el pueblo por escenario y toda la ciudadanía como extras conmemorando la gesta de Guzmán el Bueno. Me divirtió pensar en la gente guardando en el fondo del armario su traje de 1.294 (¿cómo se vestiría la gente de verdad en 1.294?) junto al de boda y el de flamenca. Incluso me vi a mí mismo en el papel del más tonto de cualquiera de los bandos, desertando en un momento de lucidez y volviendo a casa: Papá, he estao en la guerra y me han dao pal pelo, pero aún recuerdo como se ordeña una cabra. Pensé que en un día soleado quedaría bonito... Luego, como una interferencia, apareció otra imagen. Ya no estaba en la calle, sino en un bar. La ropa medieval había desaparecido, ahora llevaba una camiseta con el nombre de una banda de Rock and Roll. Creo que andaba leyendo algo de Malcolm Lowry.
Bajé a tierra. La tele seguía dando detalles, pero yo ya estaba en otra cosa. Tomé papel y boli y escribí: Todos los héroes son mentira.
Ya estaba dicho. Ahora había que seguir: Todos los héroes son mentira, y esto no es como decir que todos los políticos son unos chorizos. Quiero decir que no es una generalización idiota, sino una condición sin la cual no. Un héroe es faro y guía, ejemplo y modelo, aquel a quien algún día querremos que se parezcan nuestros hijos. Sobre él depositamos virtudes como si fueran ingredientes de una ensalada. Y casi todos los ingredientes valen lo mismo para una u otra. Y casi todas llevan lechuga. Supongo que esto está bien para las ensaladas, pero los hombres estamos llenos de matices y contradicciones. No es tan fácil decir: este lleva maíz y este no, y a este se le pueden añadir nueces y uvas pasas.
Vaya hombre, siempre me pasa igual, en cuanto me embalo me pongo metafórico, con lo peligrosas que son las metáforas. Pisé el freno.
Todos los héroes son mentira porque no hay cuerpo humano que resista una vida de héroe. No se puede salvar la ciudad cada día y luego volver a casa y ser cariñoso con tu mujer y hacerle el amor tan bien como ella tiene derecho a exigir. Y todos los héroes deben ser viriles y valerosos; y todas las heroinas, bellas y virtuosas. (¿Lo ves? la lechuga). Los antiguos griegos los consideraban mestizos de dios y humano, pero ya nadie cree en lo que creían los antiguos griegos. Los héroes son mentira porque son símbolos, emblemas de una virtud abstracta concretada en un hecho. Y a la carne le sienta mal lo simbólico y lo abstracto.
Bueno, la idea ya estaba enunciada. Ahora habría que poner algún ejemplo. Me imaginé a los niños de la Operación Plus Ultra apedreando nidos, a Joselito traficando con regaliz y chocolatinas entre película y película...
Todos los héroes son de pega, como esos chistes que pretenden dejar al que los oye como un tonto. El caballerosísimo Errol Flynn, modelo de cortesía en sus películas, era famoso en Hollywood por acabar sus fiestas tocando el piano con el "membrum virilis". San Jorge, héroe cerficado por la Iglesia Católica, ahora nos dicen que ni existió. De "la espada más limpia de occidente" (¿recuerdas?) descubrimos luego un retrato salpicado de huesos y sangre (roja, claro, antes de convertirse en costrones negros). Y Fernando Martín se mató porque conducía como un imbécil.
Suficiente. Tengo que acordarme de cambiar lo de membrum virilis y llamar las cosas por su nombre. Lo de Fernando Martín a lo mejor suena un poco fuerte... Bueno, siempre puedo cambiarlo por James Dean. Y ahora la vuelta de la tortilla.
Todos los héroes son de pega y todos lo sabemos: creemos en ellos porque nos da la gana. Yo creo en los míos porque me da la gana, al menos. Eso es lo bueno del asunto, que como lo sabemos cada cual puede elegirlos según su voluntad. No hay héroes verdaderos y eso nos libera de ellos, los somete a nosotros. Mis héroes lo son porque YO los elijo. No se los impongo a nadie. Ni siquiera los recomiendo: cada cual debe estar de acuerdo con sus héroes y consigo mismo, y un héroe con valores ajenos debe producir una esquizofrenia moral poco llevadera.
Más de uno dirá además que mis héroes son de lo menos recomendable. Que debería fijarme en un triunfador: un banquero, un político, un deportista, un profesional, un empresario... y no un cantante de blues alcohólico o un escritor depresivo y probablemente maricón. Y tal vez tenga razón, pero ningún disco de Tom Waits me ha decepcionado nunca, y eso es mucho más de lo que puede decir de cualquier político. Y, bueno, un banquero... ¿estás de broma? (Por cierto, ojalá alguien me diera una moneda por cada vez que he oído llamar maricón a cualquiera de mis seres humanos favoritos). En fin, sigamos.
Por eso no entiendo ese afán por imponernos héroes ajenos. Como aquel hermano de Franco al que gustaban tanto los aviones, y parecía que eso era muy importante, o aquel espadachín con cara de Charlton Heston que dicen que ganaba batallas después de muerto. O el gol de Zarra... Muy bien, muy heroico todo, pero no para mí, muchas gracias. Si a ti te valen, de acuerdo, pero que un individuo sea tu primo no lo convierte en el mío.
Yo no sé cuánto hay de cierto en la gesta de Guzmán el Bueno. Ni sé cuánto hay de bueno en que fuera cierto, pero sé que nunca he querido parecerme a él. Yo a Guzmán sólo puedo imaginármelo con cara de estatua, arrojando el cuchillo con decisión, sin sombra de duda en sus ojos, ni tristeza en sus labios. Y la gente a la que quiero parecerme duda y llora y tiene miedo y se equivoca y nunca tendría desplantes de chulería militar si estuvieran a punto de degollara su hijo. La gente a la que quiero parecerme no se parece a Guzmán el Bueno. (Y a él mis héroes y yo les pareceríamos un manojo de pánfilos).
El día que se conmemore la hazaña y todos saquen del fondo de sus armarios el traje de 1.294 yo llevaré una camiseta con el nombre de una banda de Rock & Roll y pediré una copa del mismo whisky que gustaba a John Huston mientras releo los juegos de palabras de Marcel Duchamp.
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Eso valía. Había flecos que pulir, pero eso es más o menos lo que quería decir. El programa de T.V. había terminado hacía un rato y estaba empezando algo que me apatecía ver, así que el final tal vez fuese algo desgarbado.
Daba igual. Entonces pensé en la gente que había detrás de la celebración. Gente sincera que estaba empleando tiempo y trabajo en algo en lo que creía. Me pareció que no les iba a sentar muy bien lo que había escrito... En algún sitio sonaba el estribillo de Big Mouth Strikes Again. Tal vez se me olvidó decir que algunos de mis héroes también meten la pata cada vez que abren la boca.
(*) Permitidme usar como ilustración y título de este artículo un juego de palabras compuesto por Marcel Duchamp en 1.963 para la revista norteamericana METRO cuyo título, deletreado en francés, se pronuncia como la frase Aimer tes héros: Ama a tus héroes. Me he concedido el capricho de retocar una reproducción del dibujo original tal como él mismo hacía en sus ready-Made rectificados.
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