I
Guzmán no pasa. Guzmán permanece.
Como el agua. Como el fuego.
Guzmán.
Lo dicen las pupilas repletas de semillados horizontes.
Lo proclama la luminiscencia del castaño en los oteros
lo mismo que la altivez del pruno en las bocas infantes.
Lo reafirman los umbrales del alba y también la noche.,
Esta noche de derrame, de fiesta, leonesa.
Gocémonos.
Como el agua. Como el fuego.
Guzmán no pasa. Guzmán permanece.
Comprobadlo en el sonido melodioso del animal de agua
que en ritual desposorio se baña en el Bernesga
mientras en primicia es contemplado por jóvenes
cuyos cuerpos desbórdanse en mieles de amor.
Comprobadlo en aquel anciano que desciende por Ordoño
con ramos de glicinas en los ojos
sabiendo que es torpe en su memoria
y que en otoño suceden irrestañables desapariciones.
Comprobadlo también en el almud y los lagares
descritos con alegría ante los vitriales de la muerte
y detrás del oscuro silencio del vértigo de un ángel sin alas.
II
Guzmán, Alonso Pérez de Guzmán, conde de Niebla, el Bueno,
señal de luz y desprendimiento,
en esta noche de fraterna dulcedumbre leonesa y tarifeña
como crece el árbol de tu recuerdo entre la gente que soy
y que amo por encima del vuelo del cóndor
y del eco inmortal de os trenes que no son origen de sombra.
Guzmán, Alonso Pérez de Guzmán, conde de Niebla, el Bueno,
leonés de pro bajo el halda azul del cielo tarifeño,
para ti la humilde cadencia del jilguero
que anida en la Catedral, el trigo, la nieve,
la ágil andadura del rebeco y los días
en que mi corazón bienamado desconoce la tristeza. |