PERSONAJE TARIFEÑO

ALJARANDA

Doña María

    Si decimos que se llama María de los Milagros Nogueras Martínez y que nació en El Puerto de Santa María en el año 1900 pocas personas la identificarán; pero si decimos que se trata de doña María (o doña Mariquita), la maestra de la Puerta de la Mar, pocos serán los tarifeños que no la recuerden. Sobre todo, aquellos que pasaron por su escuela, que fueron centenares, y que pertenecen a distintas generaciones: desde los que apenas tienen 40 años hasta los que ya han cumplido los setenta.

    Doña María llega a Tarifa en el año 1916 acompañada de su madre, doña Rosario, también maestra, y de una hermana mayor que ella y de nombre Rosario como su madre. Desde entonces reside en Tarifa. Estudió Magisterio en Cádiz y empezó a ejercer en nuestro pueblo en los últimos años veinte o primeros treinta como maestra particular. No terminó las oposiciones a maestra nacional por ciertas vicisitudes derivadas de la guerra civil que la falta de espacio en esta página nos impide pormenorizar.

    Para varias generaciones de tarifeños la escuela de doña María fue su Parvulario, su Primera Enseñanza, la Secundaria, y hasta su Universidad. Era una gran profesora en la doble vertiente de educadora y enseñante. Ejerció la docencia como un sacerdocio en unos años duros y difíciles y mal recompensado económicamente debido a la humilde categoría social a la que pertenecía la gran mayoría de su alumnado.

Doña María con algunos de sus antiguos alumnos (Foto J. Araújo)

    Doña María vive y ha cumplido los 94 años. Hemos ido a visitarla a la Residencia de Ancianos que regentan las RR.MM. de la Inmaculada Concepción. Nos llevó hasta ella y nos atendió la amabilísima sor Elvira, que nos condujo y acompañó hasta la limpia, clara y acogedora habitación en la que, sentada en un sillón, encontramos a doña María. Daba gloria verla; blanquísima la piel, blanquísimos los cabellos, una toquilla blanca sobre sus hombros. En medio de tanta blancura destacaban los dos puntitos oscuros de sus ojos, que apenas ven, y el suave rosado de sus labios. Debe permanecer sentada o acostada porque sus piernas ya no le funcionan. Sin embargo, tiene buen oído, una memoria portentosa y una mente equilibrada. Se expresa con total claridad y su conversación es correcta y amena; razona y se explica de tal modo que cualquiera puede entenderla. Escucharla ahora es como si recomenzáramos a oir una lección que quedó interrumpida hace decenas de años.

    Ya es tarde para homenajes, nombramientos, medallas y honores. Ya no tiene remedio. La culpa es de nadie y la culpa es de todos. A nuestras preguntas, ella nos dijo que no necesitaba nada, que estaba muy bien atendida y tranquila. Tan sólo le apena el recibir muy pocas visitas; se pasan días, semanas y meses sin que nadie vaya a verla.

    A eso que apena a doña María tenemos que ponerle remedio. Ella necesita que, de cuando en cuando, alguno o alguna de sus antiguos alumnos la escuche, le oprima suavemente las manos, le acaricie los cabellos y le dé un beso en su frente venerable. A cambio y como premio recibiremos el dulce placer de que, aunque peinemos canas o nos quede poco pelo y hasta seamos abuelos, alguien todavía se dirige a nosotros, como si fuéramos niños, por el diminutivo de nuestros nombres.

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