| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Resulta difícil empezar a escribir sobre una persona de la que se desconoce casi todo. No sé de dónde vino, en qué circunstancia, cómo llegó a Tarifa, cuándo, cuáles eran sus apellidos, y ni siquiera tengo la seguridad de que se llamara realmente María. Y todo ello a pesar de haber intentado informarme por distintas fuentes, pero lo que me contaron sobre ella resultó tan confuso y contradictorio que prefiero no utilizarlo en este relato. Me parece mejor limitarme a expresar mis impresiones sobre el personaje; de este modo se evita la posibilidad de error, pues cada cual tiene su particular opinión que, aunque no coincida con otras, debe ser tan respetable como las demás.
Lo que sí es cierto es que la llamaban María la del laurel porque se dedicaba a vender laurel, y que vivió en Tarifa durante muchos años en compañía de su marido (o de su compañero, porque tampoco tengo la certeza de que estuvieran casados). Del hombre poco voy a decir; sólo reseñar que era silencioso, apocado, buena persona y vulgar. Quien verdaderamente me interesa es María. Una mujer de aspecto corriente y pobre pero de una personalidad rica y poco corriente. Era de edad indefinida y parecía como si el tiempo no pasara por ella haciendo estragos como en las demás personas. Yo la conocía desde niño y siempre la vi igual hasta su desaparición hace pocos años; si acaso algunas canas aclararon al final el color de oro viejo de su cabello, que liso y brillante peinaba con raya a un lado en corta melena sujeta con dos horquillas en las sienes. Tenía la piel muy blanca, amplia y despejada la frente, ojos claros y fríos, la nariz recta y larga, y una boca de labios finos, que nunca sonreían, sobre un mentón firme y pronunciado. De mediana estatura y bien proporcionada, caminaba erguida y con cierta majestuosidad; vestía ropa muy usada y pasada de moda que casi seguro le regalarían las familias pudientes cuando hicieran limpieza en sus roperos para descongestionarlos. Sobre su indumentaria solía llevar un amplio delantal claro de peto alto y grandes bolsillos, todo ello muy limpio y bien planchado. Hablaba "fino", como decimos por aquí, con voz pausada y agradable, en un castellano perfecto de pronunciación y rico de vocabulario.
El laurel que vendían lo cortaban ellos mismos, la pareja, de los arbustos que hay por la zona del Santuario de la Virgen de la Luz y lo transportaban a hombro hasta el pueblo, donde lo almacenarían en principio en la propia vivienda para su posterior distribución. Comercializaban el producto "al detall" y "al por mayor", y utilizo un lenguaje mercantil impropio para un negocio de tan poco rendimiento, pero es que no encuentro otro que mejor lo encuadre y defina. La venta "al detall" la realizaba ella sola por los patios y casas del pueblo, donde ofrecía pequeñas ramas a unos precios que oscilaban entre la perra gorda y el real, y la verdad es que vendía bastante, pues en aquellos tiempos el laurel se utilizaba mucho para aromatizar y darle gusto a los guisos a falta de otras sustancias más nutritivas y caras. El marido, mientras tanto, intentaba vender unos atados de ramas por las pequeñas tiendas de ultramarinos, como se decía entonces, al ya importante precio de un duro. Las consideradas ventas "al por mayor" las hacían a las fábricas de conservas de pescado, de las que en los años 50 y 60 a los que me estoy refiriendo llegó a haber en Tarifa hasta diez, y en las que se elaboraba mucha conserva en escabeche, que como remate final sobre la vira de cada envase antes del cierre se colocaban una o dos hojas de laurel. De manera que en el suministro a las fábricas obtenían su mayor fuente de ingresos. El que se fabricara tanta conserva en escabeche se debía a que entonces el aceite para la industria estaba racionado, y los cupos que les asignaban resultaban insuficientes para su capacidad de producción, por eso recurrían al escabeche, cuyo componente principal es el vinagre que se podía adquirir libremente.
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Ignoro también la casa y la calle en donde vivirían María y su pareja en aquel tiempo; supongo que en algún cuarto de patio de vecinos de cualquier calleja de la zona periférica del centro del pueblo; pero sí recuerdo que al final de los años 60 se albergaban en una choza construida por ellos mismos en lo que entonces era un descampado cerca de la Playa de los Lances y que hoy ocupa los edificios de BUP y FP. La choza tenía forma cónica, como las tiendas de los campamentos indios, con la diferencia que en lugar de pieles como utilizaban aquéllos, los materiales empleados por éstos eran de lo más heterogéneo: desde tablas procedentes del desguace de barcos pesqueros hasta hojas secas de palmera, además de toda clase de cartones, chapas de latón, trozos de uralita y de cuanto pudiera servir para darle consistencia. Esto hacía suponer que su ya de por si precaria situación económica habia empeorado. La venta del laurel bajó cuando comenzaron los años del incipiente desarrollo que permitieron a las familias emplear otras sustancias en sus guisos y se liberalizó la compra de aceite a las fábricas, con el consiguiente abandono de la elaboración en escabeche por su menor rentabilidad. De modo que, deduzco, los ingresos de la pareja se verían tan mermados que no les permitirían poder pagar el alquiler de una vivienda, y por tal razón se construirían la choza.
A pesar de todo ella seguía igual de limpia, con el mismo empaque y vendiendo lo mismo: laurel por las casas. Y aunque no tenía fama de simpática, quizá por su seriedad y por no reirle gracias a nadie, las vecinas de los patios le compraban alguna vez que otra, más como obra de caridad que por necesidad, como quien da una limosna. Y así fue transcurriendo su vida durante cierto tiempo. Hasta que un mal día ocurrió lo irreparable: En un anochecer de invierno salió ardiendo la choza. Ellos no se encontraban dentro; cuando llegaron, las llamas se habían apoderado por completo del pobre albergue. Yo fui testigo casual de aquel incendio y de la reacción de la pareja ante el desgraciado suceso. El hombre, ya muy envejecido y deteriorado, lloriqueante y tembloroso, balbuceaba palabras incoberentes yendo de un lado para otro sin saber qué hacer. María imperturbable, quieta, erguida, con los brazo cruzados sobre el pecho, seria y serena como siempre, iluminada por el resplandor del fuego parecía un personaje de tragedia griega. La luz reflejada en sus ojos claros aumentaban su frialdad, dándole a la expresión de la mirada como una mezcla de estoicismo y de grandeza. Allí permaneció, en la misma postura y con la misma actitud, hasta que se apagaron las llamas y unos vecinos echaron sobre los rescoldos unos cubos de agua. Después, unos guardias municipales que presenciaron y vigilaron el fuego se hicieron cargo de María y su hombre conduciéndolos al asilo de ancianos. Y allí quedaron y allí acabaron.
Por entonces, los sábados por la mañana los asilados más indigentes recorrían los comercios, las fábricas, las barberías, los bares, las tabernas y demás establecimientos, donde recibían como limosna unas monedas. Así, durante un tiempo, seguí viendo a la pareja por nuestras calles. El primero en morir fue el hombre; y digo morir sin poder asegurarlo, sino llevado por la intuición cuando vi a María en su recorrido de los sábados sola y enlutada. Algunos (muy pocos) años después, al notar la falta de María, pregunté a uno de los asilados y me dio la noticia de su muerte.
De los fallecimientos de estas personas no se entera casi nadie. Carecen de familia, no aparecen sus nombres en las esquelas mortuorias del periódico comarcal ni se anuncia el hecho por la emisora del pueblo. Son desoladores esos entierros sin dolientes ni acompañamiento, sin coronas de flores, sin funeral con la iglesia repleta en la que el cura resalte en su oratoria las virtudes del muerto. No tendrán lápida de mármol sobre la tumba o sobre el nicho porque el destino de sus restos es la fosa común; no quedarán recuerdos porque no se repartirán recordatorias. De su presencia en el mundo sólo permanecerá lo que alguien guarde en el archivo de la memoria. Por eso escribo este relato; para rescatar del olvido a una mujer que pasó por la vida con más pena que gloria, que sobrellevó su pobreza con dignidad, de la que no sé nada de su origen, pero de la que emanaba como un aura de nobleza natural que no la da ni la alta cuna ni el dinero.
Si me hubiese enterado a tiempo de la muerte de María habría ido a su entierro; incluso le hubiera encargado una corona. De laurel, por supuesto.
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