| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
A Luci Trinidad Franco, en Palma de Mallorca,
agradeciéndole sus amables elogios.
Nosotros, los que éramos niños en la década de los cuarenta de este siglo XX que se acerca a su fin, llamábamos estampa a lo que luego se dio en llamar cromo, del mismo modo que decíamos tebeo en vez de cómic o cartel en lugar de póster. Hoy la palabra estampa se usa casi exclusivamente para designar la impresión sobre papel de imágenes religiosas; decimos estampa de la Virgen de la Luz, de San Pancracio, de San Cristóbal, etcétera, pero cuando se trata de otra clase de imágenes, como, por ejemplo, futbolistas, toreros o cantantes, se dice cromo de Butragueño, de Jesulín de Ubrique o de Isabel Pantoja, de manera que se ha establecido una diferenciación entre lo sagrado y lo profano que antes no existía y sin que haya ninguna razón que justifique la diferencia. Estampa, según el diccionario, es toda efigie o figura impresa en papel u otra materia, y cromo es apócope de cromolitografía o estampa cromolitográfica, por lo que tiene más que ver con el proceso que con el resultado. Pero dejemos la semántica y vayamos al tema del título de este artículo, relato, cuento o como quiera llamarse.
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| El fútbol una antigua afición (Foto Archivo ALJARANDA) |
Las estampas que coleccionábamos los niños de la época citada al principio eran preferentemente de futbolistas. Ya el fútbol estaba muy enraizado en nuestra sociedad y constituía el deporte o juego más practicado por la chiquillería de entonces. Tal vez se debiera a la facilidad que teníamos para practicarlo; y no es que en el pueblo hubiera lugares destinados y acondicionados para ello: el único campo de fútbol, terrizo y sin vallar, junto a la plaza de toros, era para los mayores. Sin embargo esto no constituía ningún obstáculo. Para jugar los partidos nos servía cualquier llano, la playa de los Lances o muchas de las calles del Barrio Afuera. La falta de medios era suplida por la imaginación: así que las porterías eran cuatro piedras, el balón, en el mejor de los casos, una pelota de goma (otras veces, a falta de pelota, la hacíamos nosotros mismos con papeles, trapos y cuerdas) y las botas de fútbol nuestras propias alpargatas o sandalias de goma, que era el modesto calzado habitual que usábamos los que podíamos, pues, aunque resulte difícil de creer, en aquel tiempo había algunos niños en Tarifa que iban descalzos, y no sólo en verano, que hasta cierto punto podía resultar cómodo, sino que también en lo más crudo del invierno. Naturalmente había otros muy bien calzados, pero no pertenecían a nuestro grupo y no jugaban con nosotros.
Retomemos el tema, del que otra vez nos habíamos desviado. Decíamos que aquellos niños coleccionábamos preferentemente estampas de futbolistas. Venían en sobrecitos de cinco unidades y costaban a real, resultando por tanto a perra chica cada una. También teníamos que hacernos con el álbum donde pegarlas, que se conseguía canjeándolo por veinticinco sobres vacíos de los que contenían las estampas. Este álbum constaba de tantas páginas como equipos había en primera división (si la memoria no nos falla eran diez y seis), cada una de ellas con el recuadro y el nombre correspondiente al futbolista que debíamos pegar y que estaban dispuestos según el esquema de juego de la época: en la parte superior y en solitario el portero, algo más abajo y a ambos extremos de la hoja los dos defensas, a continuación y formando una línea equidistante los tres medios, y en la parte inferior se alineaban los cinco delanteros. El mayor aliciente que tenía aquel coleccionable era que, luego de completado, se podía enviar por correos a la casa editora, y ésta, como premio, regalaba un balón de fútbol de reglamento que remitirían al agraciado, según se indicaba en los sobrecitos, junto con el álbum rellenado una vez comprobada esta circunstancia. De modo que nuestro interés por completar la colección estaba más que justificado; ahí era nada poder disponer de un balón de verdad para jugar los partidos. Así que casi todo el dinero que conseguíamos, que era poquísimo, lo empleábamos en la compra de las ilusionantes estampas. El primer paso era hacernos con el álbum; una vez en nuestro poder, íbamos colocándolas en su recuadro correspondiente y fijándolas con un pegamento de fabricación casera hecho con un compuesto de pezones y semillas de membrillo o zamboa macerados en agua. Poco a poco, a medida que podíamos comprar o intercambiar estampas, se iba completando el álbum y creciendo nuestra impaciencia ilusionada; pensábamos que en unas semanas cumpliriamos el objetivo. Pero pasó un mes, luego otro, después varios, y no había manera. Muchos se cansaron y abandonaron la colección, pero quedamos unos cuantos que continuamos erre que erre en el empeño. Llegó un día en que a todos nos faltaba una sola estampa para llenar el álbum, a todos la misma: la estampa de Ederra, el portero del Atlético Aviación. Nos dimos cuenta entonces de que esa era la clave, la pieza rara que completaba el rompecabezas, la que nos abriría las puertas de la ilusión, la que indicaba el camino para salir del laberinto... Algunos, sobre todo los que no sabían leer, llegaron a dudar de la existencia de Ederra, decían que podría tratarse de una equivocación; otros, los que sí sabíamos y que también tuvimos nuestras dudas, salimos de ellas leyendo las crónicas de los partidos celebrados el domingo que publicaba los lunes el diario "España", de Tánger. Allí estaba, el primero de la alineación del Atlético que encabezaba la crónica: Ederra, seguido de Riera, Aparicio, Gabilondo, Germán, Machín, Juncosa..., todos ellos jugadores conocidos por nosotros a través de las estampas; todos, menos el que ya queda dicho: Ederra. Empleando la lógica elemental de los niños, decíamos: si existe el nombre existe el hombre, si hay estampas de sus compañeros también la tiene que haber de él. Aceptábamos que hubieran hecho menos de alguno, en este caso de Ederra, para dificultar la consecución del premio, pero creíamos que tarde o temprano al abrir uno de los sobrecitos nos encontraríamos con la ansiada estampa, así que seguíamos comprando y comprando sin perder la esperanza. A veces se corría el rumor de que le había salido a un chiquillo del Barrio Moral, o del Barrio Jesús, o de la Puerta de la Mar; esto hacía que se reafirmara nuestra convicción de que alguna vez nos tocaría a uno del Barrio Afuera, y más concretamente a alguno de nuestra pandilla del llamado Parque de los Monos (que nunca fue parque ni hubo monos; pero esta es otra historia que tal vez contemos algún día). Sabido es que no siempre la lógica se corresponde con la realidad; los hechos son tozudos y deshacen la teoría por muy bien razonada que se presente. Y así pasó en este caso. Cierto día, al ir a comprar los sobrecitos de estampas, nos dijeron que se habían terminado y que no recibirían más. Ibamos unos cuantos y nos quedamos mirándonos unos a otros en silencio con el estupor y la sorpresa reflejado en cada cara. Nos marchamos cabizbajos y serios sin comprender cómo era posible aquella fullería. Primero nos ilusionaron, luego nos obsesionaron y finalmente nos decepcionaron. La vida, inmisericorde con la inocencia, nos había dado una primera lección sobre la injusticia cambiando nuestra candidez por el recelo y la desconfianza.
A aquella patulea de críos de postguerra nos fue desperdigando el tiempo; algunos murieron, otros emigraron, los hay que no quieren acordarse de aquella época como si se tratara de una etapa vergonzosa de la vida que hubiera que borrar de la memoria. Aquí en Tarifa todavía quedamos unos cuantos de la pandilla del Parque de los Monos; a unos nos va mejor, a otros peor, unos peinamos canas, otros lucen venerables y relucientes calvas, casi todos hemos engordado... A quien esto escribe le agradaría no ser el único de aquella tropa que aún alberga la esperanza de encontrar algún día la estampa de Ederra.
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