HISTORIA

ALJARANDA

Una invasión sin impedimento

Enrique Díaz Rodríguez

PREÁMBULO

    Dibujar la personalidad de los protagonistas históricos gracias a lo que nos han dejado, voluntaria o involuntariamente los historiadores, es una tarea que podemos emprender por razón de las múltiples investigaciones que hoy día se han realizado.

    Estos protagonistas se pueden contemplar desde otro punto de vista, no necesariamente como el actual. Para comprender mejor la verdadera significación del episodio musulmán en España es importante examinar en primer lugar en qué consistió el comienzo del mismo. Nos tendremos que remontar a la época visigótica y analizar los acontecimientos del siglo VII en Hispania.

ÚLTIMO PERIODO VISIGÓTICO

    Egica, sucesor de la línea política de Wamba (687-700), puso en el trono a su hijo Witiza (689) asociándolo con él en el mando real y quedando como rey único en 702.

Witiza

    Witiza vio el reino en peligro e intento, sin éxito, reconciliarse con los nobles que habían sido perjudicados por su padre.

    El reinado de Witiza es oscuro e inciertó, no sólo por la escasez de documentos pertenecientes a aquella época, sino también por el juicio diferente que cerca de dicho reinado formulan los historiadores.

    En el principio de su reinado todos coinciden que se distinguió por su humanidad y justicia. El resto, unos lo juzgan cruel y tirano, y otros legitiman en cierto modo su conducta.

    Witiza murió en el año 100, ya que no pudiendo los grandes tolerar los desafueros cometidos por él, hicieron causa con Don Rodrigo (dux de la Bética), que le destronó, encarceló y mandó sacar los ojos. Este grupo de grandes o nobles lo eligió por su cuenta sucesor, prescindiendo del hijo de Witiza, Agila II, proclamado rey por el otro grupo de nobles, que dominaban en la Tarraconense y la Septimania (actual Cataluña, Aragón, Valencia, Navarra, País Vasco, Asturias y Galicia, aparte de las dos Castillas y sectores de Andalucía, así como el territorio francés comprendido entre el Ródano, las Cevenas, las Corviers, los Pirineos y el mar).

    Dentro de sus guerras civiles había sido costumbre visigoda que uno de los bandos solicitase ayuda político-militar de los francos. Esto era muy frecuente incluso en la época romana, pues los visigodos eran aliados de Roma, les ayudaron a someter a los vándalos silingos, alanos, suevos, vándalos asdingos y otros pueblos bárbaros. Tanto es así que, defendiendo Hispania en favor de los emperadores romanos, terminaron asentándose en ella, cambiando su política de alianzas con Roma y acabando con el Imperio romano en Hispania.

    Pero en este caso el hijo de Witiza no pudo conseguir ayuda. Tras los Pirineos, los francos andaban desbaratados, hambrientos y también a la expectativa de las luchas de sus propios reyes.

   En esa situación Agila II volvió los ojos al norte de África.

OTRO PLANTEAMIENTO DE LA INVASIÓN MUSULMANA (Pedro Voltes)

    Partimos de la evidencia de que la Península fue acometida desde Marruecos por gente venida de allí. Y será conveniente saber cómo era semejante tropa. Entonces será útil meditar sobre la íntima y continua comunicación habida desde la Prehistoria entre la Berbería y la Peninsula.

    En muchas épocas nuestro poder se extendía a la ribera africana, y en ambas los modos de vida y de cultura eran muy parecidos.

Rodrigo

    En el año 670 se funda Kairouan (hoy Túnez) y desde ella el Islam comienza su avance hacia el Atlántico al frente de Ukba ben Nafi, que llegó hasta Tánger y se entrevistó con el gobernador visigodo de aquellas tierras, el Conde Don Julián.

    Este gobernador, bizantino para unos, visigodo para otros y hasta gomer (tribu bereber) para algunos, parece no estar muy claro que fuera un traidor.

    Ceuta y Tánger sirvieron de contención a la primera oleada debido a la astucia de su jefe y por sus defensas. Estas primeras expediciones no alcanzaron la sumisión del país, sirviendo, al parecer, las dos ciudades del Estrecho como muros defensivos que salvaguardaron la Península Ibérica unos anos más.

    Este periodo histórico de la expansión islámica, que culmina con la muerte de Ukba ben Nafi en la guerra santa, señala en realidad el carácter tenaz de la resistencia beréber ante la invasión árabe (Gozalves Busto). Estos beréberes eran hebreos y ocupaban, junto con grupos bizantinos, el norte de África.

    Treinta años transcurrieron desde que Ukba comenzó la conquista del norte de África para el Islam, hasta que el califa de Bagdad, Al-Walid, nombró al que más tarde fuera su conquistador definitivo, Muza ben Nusayr (700).

    El historiador egipcio Ibn al Akam (siglo IX) afirma que contaba con 12.000 beréberes y un puñado de árabes y se dirigió enseguida contra las ciudades de la costa del mar; donde los gobernadores eran del rey de Hispania y en cuya comarca mandaba un infiel de nombre Ilian (Julián) a quien Muza combatió, más encontró que tenía gente tan numerosa, fuerte y aguerrida como nunca había visto. Se volvió a Tánger y tampoco consiguió rendirlos, ya que iban y venían barcos de Hispania cargados de víveres y tropas y erán amantes de su país y lo defendían con grande esfuerzo.

    La enigmática personalidad del Conde Don Julián, considerado por algunos gobernador de Cádiz, invita a confusión por su actitud polifacética y su gran habilidad para negociar, gestionar y pactar.

    Estando en Ceuta pudo detener los ejércitos de Muza ben Nusayr y más tarde pactar con ellos (Gozalves Busto), instalándose definitivamente sólo después de la muerte de Ilian (ben Jaldun).

    En estos pactos con Muza (709) se debió filtrar alguna información de la situación en la Península, de los conflictos de los Witiza/Rodrigo, incluso de las luchas por terminar de expulsar a los bizantinos del sur.

    Muza (según Ajbar Maymua) envió en julio de 710, en calidad de prueba, al beréber Tarif ben Malluk al frente de unos 400 hombres que en cuatro navíos desembarcaron en Tingentera, actual Tarifa.

    Mientras esto ocurría en el Estrecho, la guerra civil en la Península va unida a una crisis climática con hambrunas y muerte de gran parte de la población causadas por la gran sequía.

    Es en este marco donde se inserta el paso de los musulmanes en nuestra ribera, según la historia tradicional.

Portada de la Crónica del Rey Rodrigo

   Don Rodrigo se hallaba sitiando Pamplona contra los bascones sublevados y se tuvo que volver hacia el sur debido al cariz que tomaba el nuevo curso de la guerra civil, disponiéndose a hacerle frente.

    Agila II, necesitando más efectivos, pidió ayuda al Conde Don Julián y por tanto los invasores serán bien recibidos por sus partidarios y todos juntos se dispondrían a marchar contra Don Rodrigo.

    El enfrentamiento entre Agila II y Rodrigo se produjo en la batalla de Guadalete, que según afirman crónicas árabes y otros historiadores, debió ocurrir junto a la laguna de La Janda. La fecha se ubica en el 31 de julio de 711.

    Don Rodrigo desapareció en el combate. Más tarde se le sigue el rastro, púes reinó en las comarcas del Duero al Tajo hasta el verano del 713, en que murió en la batalla de Segoyuelas.

EPÍLOGO

   Nadie pensó en ese momento que, valiéndose de auxiliares del norte de África se corría el riesgo de abrir las puertas de la Península a los que más tarde serían musulmanes. Riesgo que corrieron los romanos ayudados por los visigodos y éstos auxiliados por francos o beréberes.

    Es muy posible que los entonces árabes se inclinaran por quedarse, como más adelante se verá, pues el hecho es que en el año 714 Agila II, acompañado de sus hermanos, comenzó tratos con Tarik ben Zyad, el cual lo remitió a su superior Muza ben Nusayr.

    Lo que se silencia en los manuales escolares es que Muza envió a Agila II y sus acompañantes a Damasco a visitar al Califa Al-Walid.

    Según Ibn-al-Cutiya, éste colmó de honores a los visigodos y les reafirmó el patrimonio personal de Witiza a cambio de la renuncia de toda pretensión de poder político y a la transmisión de éste al Califa. Los tres hermanos volvieron y se repartieron los bienes de su padre: Ardabasto se afincó en Córdoba; Olmundo se estableció en Sevilla y Agila se hizo cargo de un millar de propiedades en Toledo.

    Este episodio demuestra la desgana y el desinterés por recuperar Hispania motivado, quizás, por el cansancio o falta de respaldo popular. Sin embargo, se observa ya la apetencia de los árabes, sintiéndose fuertes por legitimar su presencia en la Península. Parece ser que inicialmente existían dudas sobre si quedarse o no en la Península.

    El peso motivador a la permanencia lo da la codicia de Tarik ben Zyad al apoderarse del tesoro real visigodo en Toledo. Al adentrarse tanto en la Península vulneró las instrucciones del propio Califa de Damasco que había ordenado a Muza: Guardate de arriesgar a los musulmanes en los peligros de un mar de violentas tempestades.

    Tarik y Muza (Ramón Abad) pleitearon por este tesoro y llegaron hasta el Califa con su querella. La ganó Tarik con un gesto espectacular propio de un gran abogado. En medio del debate sacó de entre sus vestidos una pata de la mesa del rey Salomón, pieza culminante del tesoro, que él había guardado como prueba de convicción.

    Parece ser que Muza perdió, no sólo el pleito, sino la vida.

    Y en este resultado queda la preeminencia beréber sobre la árabe, ya que Tarik era beréber y Muza árabe.

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