CRÓNICAS

ALJARANDA

Los toros por las calles

Francisco Terán Fernández

Toros en las calles o "Gallumbo". Dibujo de Juan Patrón para el "tebeo" Historia de Tarifa.

    En Tarifa hubo siempre gran afición a los toros. Y, sobre todo, hubo muchos y buenos aficionados. Y en su término municipal había muy buenas vacadas, que daban toros bastante bravos. Era gran zona ganadera, por lo que para vender y marcar, se imponía la feria de ganados. Por ello, sin duda, la feria tarifeña sería la que se mantuvo sola durante varios años en toda esta comarca.

    Naturalmente que número principal de los festejos que a la sombra de la Feria tenían lugar, era la lidia de toros por las calles. Los toros por las calles en Tarifa era lo obligado para celebrar bien, a parte de la Feria, en el día de la Virgen de la Luz, en la fiesta en honor de San Mateo, cualquier otro acontecimiento: el nacimiento de un príncipe, en caso concreto, el casamiento de Isabel II, la terminación de la Guerra Civil, la proclamación de Alfonso XII...

    Esto de los toros por las calles se remonta a siglos muy atrás. Era ya costumbre establecida en el siglo XVI. Así, en el año 1592, cuando el Consejo acuerda honrar a San Mateo, como Patrono principal, con fiestas commemorativas que a partir de entonces había de hacerse todos los años, como números principales de los festejos figuraban el que se lidiaran toros a estilo del país y se hicieran juegos de cañas.

    Cerradas las puertas de la ciudad, los toros de correr por calles y callejuelas, sin que pudieran escapar. Previamente se habían cerrado cuatro o seis toros de una vacada cualquiera, en un previsto corral, generalmente se hacía este encierro en la Puerta del Retiro. Y a la hora fijada, los toros eran echados a las calles, para ser lanceados por los aficionados, que en Tarifa, como se dice al principio, los había muy buenos.

    El espectáculo pletórico de tipismo y colorido, era de lo más emocionante: Capotazos por acá, carreras por allá, alguno que quería poner banderillas, aquel queriendo pasar de muleta, y... algún que otro que iba de cabeza al arroyo.

    Las puertas de las casas no se cerraban, se entornaban únicamente, para que pudieran servir de refugio en caso de apuros. Burladeros improvisados eran las rejas y balcones, a donde los muchachos trepaban huyendo del toro. Rejas y balcones, que a modo de palcos o barreras, ocupaban las bellas tarifeñas. Y había gritos acusando el peligro, carreras y sustos... Y algunas veces, cuando alguien, en la calle, distraido, no reparaba en el acercamiento de la res, desde esos mismos balcones, entre risas y laiciosas intenciones femeninas, había la costumbre de gritar: "Quieto, maestro sombrerero; quieto, maestro sombrerero..."

    En verdad que no se sabe a que venía eso de "maestro sombrerero". Pudiera muy tener el origen en un aficionado que venía de Algeciras a participar de estas lides y que formaba parte de la cuadrilla que capitaneaba Pepe Román, que se llamaba Juan Ruiz, se motejaba "El Sombrerero".

    Ya al oscurecer eran dejados de ir los toros al campo, que, tras el acoso sufrido en las calles, salían de estampía para unirse a la piara. Pero no paraba aquí la cosa. Vuelta a cerrarse las puertas, un toro quedaba dentro del recinto de la población y vagaba por ella durante la noche.

    Las gentes se descuidaban haciendo tertulias, y el toro en la oscuridad de la noche recorría las calles con los consiguientes sobresaltos, refugiándose a veces en los callejones sin salidas: el Rincón de Yesca, el Rincón de Trigo o el callejón del Castillo...

    Se cuenta, bueno, se cuenta y se contaba la mar de cosas de esto de los toros por las calles. Pero en caso concreto cuenta Pepe Román, en su Libro de los Toros, de un individuo que harto de Jerez o de Chiclana, al ver un bulto en la penumbra de la calle, le preguntara: "Oiga, compadre, ¿ha visto usted al toro?". Y el bulto que no era otro que el toro mismo, le contestó con una embestida que para qué hablar.

    En el año 1889 fue el último que se lidiaron toros por las calles, pues en el 90 se inauguró la plaza que hoy tenemos. Y en ese Carnaval del 89, una comparsa capitaneada por un tal Antonio Gurrea, cantaba a coro la copla que hacía furor:

Vista aérea panorámica de la plaza de toros de Tarifa. (Foto M. Rojas)

Tenemos una cuadrilla de aficionados
para la plaza de toros que está entre manos.
Pepe Saénz es el espada por que le sobra valor,
Alfonso Lara, banderillero y Patanco picador.
Para el salto de la garrocha, el socio AntonioGarcía,
su hermano y también Alba son de la misma cuadrilla.
También tenemos a Heredia el Mudo ¡que barbián!
Gonzalo, Arias y Ginebra ¡Vaya tres cuerpos de habilidad!.

    Estrenada la plaza, como es natural, los toros por las calles fueron suspendidos. Y he aquí que los tarifeños apenas concurrían a las corridas celebradas en el nuevo coso, añorando aquellos toros por las calles con carreras y sustos.

    Ya hemos citado a Pepe Román y su Libro de los Toros. Pepe Román, ilustre algecireño que se llegaba hasta aquí a compartir nuestras costumbres. Gran aficionado escribió ese libro, en el que dedicó unas páginas a Tarifa. Era de Aduanas, pero más que eso era elegante escritor y gran pintor. En la carretera de Algeciras, ahí junto al Pelayo, cuando aquella pasión taurina de Joselito y Belmonte, en una piedra, pintó a Juan Belmonte, pintura que aún se conserva y que la gente llaman el fenómeno.

    Refiere Pepe Román de una novillada de la feria del 93, en que con toros de desechos de Miura, actuaron Faico y Colorín. Pero como aquello no resultaba, al tercer toro, Pepe Román se arrojó al ruedo y pidió permiso para poner un par de banderillas. Aún cuando el presidente no dió el permiso, Román así lo creyó, lo que dió origen a una bronca fenomenal. Resultado: que Pepe Saénz, saliendo en defensa de Pepe Román, estrelló una silla en la chistera del presidente: el Sr. Saborido. La gresca aumentó, con el público de parte del espontáneo, siendo detenidos Pepe Román y Pepe Saénz, para el final, aclarada las cosas y todos amigos, terminar tomando unas copas con el propio presidente, en casa del suegro de éste que era don Francisco Guerrero.

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