HISTORIA

ALJARANDA

Epidemia de cólera y desviación del arroyo

Manuel Liaño Rivera

    Fue el 1 de junio de 1843 cuando vimos por primera vez el cólera en nuestro pueblo, repitiéndose aunque más ligeramente en el año de 1885, cuyo primer caso, dicen, fue en la Huerta del Rey y en éste que nos ocupa apareció el primero en la persona de un hornero llamado José Bureta, que tenía el horno en la calle Cantarillo, actual Cervantes. Murió el referido Bureta a los tres días de atacado y el 4 de junio, una joven en la acera de enfrente al horno fue víctima también del fuerte mal; siguió haciendo estragos por la calle San Francisco y Santísima Trinidad, donde atacó entre otras muchas personas a Juana Villalba y a Dolores Adrada de ricas y antiguas familias tarifeñas.

Grabado del siglo XIX sobre las secuelas del cólera (Archivo ALJARANDA)

    Corre la invasión por la calle Carnicería, y también por las de La Palma (Reyes Católicos) y Plaza de San Martín y el 19 de junio se extendió por la Calzada, entonces llamada de Solís, calle del Mar y algún que otro caso aislado en el Barrio del Moral y calles Jerez, Luz y Pozo.

    En vista de tener su mayor arraigo la epidemia en el Barrio de la Carne y las Verduras, muy acertadamente dispusieron su traslado las autoridades a sitios más alejados del foco principal y bien ventilado, instalándose provisionalmente en la Plaza de Santa María, convertida, pues, en Plaza de Abastos.

    Curado el último caso ocurrido el 4 de agosto, se dió por terminada la epidemia y el día diez del mismo mes se entonó solemne Tedeum, se levantó la incomunicación después de una cuarentena el 9 de septiembre, celebrándose la Feria tradicional y entrando en el pueblo unas dos mil personas de todo sexo y edad, fugitivos del campo y otros lugares en los primeros días de pánico en la ciudad.

    Hace mención en sus notas el Doctor Francisco Gutiérrez Moreno sobre el origen que tuviera la invasión y afirma en creencia muy generalizada que la importaron las cuadrillas de segadores que en los primeros de mayo y junio vienen a las faenas agrícolas en éstos extensos campos desde el Reino de Granada, entonces infectado por el maléfico Cólera asiático.

    Se dieron 310 casos, falleciendo 107 y salvándose 203.

    Entre comentarios y zozobras, súplicas y promesas de penitencias, pasaron los tarifeños el verano y el otoño de 1885.

    Nuestra ciudad se creyó libre del cólera después de tantas angustias, cuando el 8 de diciembre se cantó, en casi toda España el Tedeum que daba por terminada la epidemia.

    Apenas recobrada la calma, empieza a rumorearse que en la próxima Algeciras hay casos de cólera, sin poderse confirmar, porque según se decía, el alcalde de la hermana población, por cierto, casado con una tarifeña, mostró gran resistencia a declarar el estado epidémico. Cierto o no este rumor, hijo de la maledicencia o enormidad consentida a costa de la general salud, así corría la especie por aquellos días, en que tan pronto se afirmaba, como se negaba la existencia de invasiones en la vecina ciudad.

    Declarada oficialmente la existencia de cólera en Algeciras a los muy pocos días, el 11 de enero de 1886, se dan los primeros casos sospechosos en nuestra ciudad, no tardando en presentar completo su cuadro sintomático, que deja a todos convencidos de que tenemos por huésped al viajero del Ganges.

    De manera unánime, todos vuelven sus ojos a donde siempre los vuelven los tarifeños, cuando en colectividad o aislados, dentro de nuestro pueblo o lejos de él, sienten una tribulación; todos dirigen sus súplicas al Palmar, y la Virgen de la Luz viene a Tarifa para consuelo de sus hijos.

    A la par, y sin pérdida de tiempo, el alcalde Luis Bermúdez, convoca Junta de Sanidad, ampliada con la asistencia de muchos vecinos, y en ella, los médicos de la localidad, Pablo Gómez, Fernando Llanos, Juan García y José Peláez Derqui, como técnicos, marcan el plan defensivo a seguir en armonía con las teorías dominantes.

    Se constituyó la Junta de Defensa, presidida por el Arciprestre Ignacio González y de la que fue muy activo secretario Manuel Fuentes Izquierdo; y se telegrafió al Gobierno dando cuenta y solicitando medidas contra la epidemia.

    Se suprimieron los toques de difuntos y la conducción de cadáveres acompañados del clero y público.

    En la Calzada, donde está la Papelería-Librería Ruffo, se instaló una cámara de fumigación de la que creemos estaba encargado Curro Gutiérrez y en donde al que entraba, forzosa o voluntariamente, le quemaban el azufre que cabía en una cazoleta a más de los gases que de otra con agua fuerte se desprendían. Al salir de ella, llorando, tosiendo y escupiendo, y... aún otros "endos" hacían el propósito de no volver más por tal fumigatorio, los mismos que después volvían en gracia al pánico existente.

    Se constituyeron las rondas de vecinos que vigilaban los alrededores de la población e interrogaban a todo aquel que se dirigía a ella.

    Domingo y su esposa, Luz Derqui, se pusieron, emulando a su difunta tía Manuela en su caridad, al frente de una cocina económica, instalada en la amplia casa que tenían y habitaban en la Plaza de Santa María y donde repartían diariamente unas cuatrocientas raciones.

    El comerciante Francisco Díaz Nutiz, también instaló otra Cocina y en la Plaza del Pan (donde se encuentra la Farmacia Central), se repartían raciones al igual que en la de Santa María.

    Uno de los casos fulminantes, fue el de Manuel Guerrero, suegro de Francisco Campos Castro, el citado señor estuvo en la Calzada, con otros amigos, ávidos de noticias, hasta las dos de la madrugada, hora en que tertulia se disolvió; y a la mañana siguiente, sus compañeros supieron, con la natural sorpresa que el Señor Guerrero había muerto y llevado al cementerio antes de las siete de la mañana.

    Como Delegado del Gobierno vino Manuel Bernal, asimismo enviados por el Gobierno, llegaron los médicos Señores Alcázar y Pérez García y unos cuantos CHINOS que conducían y enterraban a los muertos.

    El jueves 28 de febrero a las dos de la tarde, llegó a Tarifa el Obispo Calvo y Valero, acompañado del Doctoral Félix Soto, y un familiar.

Actual desembocadura del arroyo de Papel (Foto M. Rojas)

    Espíritu activo y organizador, enseguida el Señor Obispo se puso a disponer cuanto creía conveniente, en una casa de Juan Alba, que se encontraba en lo que hoy es conocido por "El reñidero de Gallos", en la calle San Isidro, se instaló el Hospital, pues el de la Caridad o San Bartolomé se encontraba en tal estado de abandono, que hacía imposible su hospitalización en él. De la dirección de este Hospital improvisado se encargó el doctor Pérez García y para cuidar los enfermos vinieron de Cádiz, Las Siervas de Maria (RR.MM. de la Inmaculada Concepción).

    La epidemia aumentaba. En el casco de la población se dieron cuarenta y nueve casos de cólera en un solo día. Si bien las defunciones no pasaron de ocho las veintincuatro horas. En el campo también se daban bastantes casos. En Casas de Porro, fueron más que en otros sitios y en todos prestó excelentes servicios médicos Antonio Sánchez Enciso, alumno de Medicina de la Facultad de Cádiz.

    Avisaron de Pedro Valiente que allí había una familia gravemente enferma, en su socorro marchó un médico acompañado de varios vecinos y a las pocas horas llegó al pueblo uno de éstos, Angel Sotillo, que después fue Secretario del Juzgado, trayendo debajo de su capa a un colérico de dos años único enfermo que era transportable, por el estado de la enfermedad.

    El día 31, reunida la Junta de Defensa, el Señor Obispo encabezó una suscripción con quinientos reales semanales, fueron bastantes los que se apuntaron a la cuota y con donativos remitidos por los que se habían ausentado, pronto alcanzó la suscripción suma bastante para cubrir las necesidades de la población.

    Una de las mayores escenas de miseria fue encontrada en el Barrio de Extramuros, en una cuadra para bestias, estaba casi desfallecida una pobre mujer, abrazada a una niña y el padre de esta familia había muerto sin más abrigo que unos andrajos y los aparejos de un burro que en la misma estancia se encontraba.

    Del 12 al 18 de febrero, la epidemia empezó a decrecer rápidamente y puede decirse que el cólera duró en nuestra ciudad, poco más de un mes.

    El jueves, 18 de febrero salió para Cádiz el Señor Obispo hasta las afueras le acompañó inmenso público y hasta Facinas, los Señores Arcipreste, Alcalde y Secretario del Ayuntamiento, José Martínez Gallardo. El recibimiento que tuvo en Cádiz fué una verdadera manifestación como lo calificó el diario de Cádiz del día 19.

    El mismo periódico, el día 25 de febrero decía: "TARIFA AGRADECIDA. - En Sesión Extraordinaria ha acordado ayer el Excmo. Ayuntamiento de aquella Ciudad, poner a una de las calles principales el nombre de OBISPO CALVO Y VALERO. Es un nuevo tributo de afectuoso agradecimiento a la respetable persona de nuestro dignísimo prelado".

    La consecuencia de todo ello, fué que el pueblo empezase a exigir a las autoridades la desviación del Arroyo que pasaba por el centro de la Calzada y en enmadronamiento de su cloaca central, achacándole a éste todos los males por los que pasaba Tarifa.

    Varios años hacía que en Madrid se encontraba para su resolución el expediente para la desviación del arroyo y su enmadronamiento de su colector; ese expediente comprendía además la autorización para vender algunos títulos o láminas propiedad del municipio, único medio de arbitrar dinero para gastos de obras.

    Al terminar el cólera fué mayor el interés por la pronta resolución del expediente, pues sin ella, Tarifa no podía librarse del foco de infección que entonces era, la hoy hermosa calle de Sancho IV el Bravo, nuestra popular CALZADA.

    El Señor Obispo, Vicente Calvo y Valero y el Diputado a Cortes, Señor Conde de Niebla, fueron nuestros valedores y agentes en Madrid. Y con tal empeño y fortuna trabajaron, que en la primera quincena de Diciembre del 86, pudieron comunicar que el Consejo de Estado había resuelto conforme a nuestros deseos, en el expediente que durante tantos años había permanecido estancado.

    Se adjudicó las obras de las mismas a la casa de Solís de Jerez de la Frontera, que nombró sus representantes en la Plaza a los hermanos Pazos y Laroche, que tenían un comercio en la calle de la Luna (Moreno de Mora).

    La inauguración de las obras fue solemnísima. Una procesión cívica salió del Ayuntamiento en la tarde del 15 de julio de 1887 y se dirigió al Retiro, donde después de las bendiciones de la Iglesia, la Señora de José Gamir, Gobernador Militar del Campo de Gibraltar, con una artística espiocha, golpeó el sitio por donde habían de empezar las escavaciones para la construcción del Túnel.

    Terminado el Túnel y desviado el Arroyo, se empezó la construcción de la madrona, derribando puentes y citaras que con más tierras y escombros rellenaron el ancho cauce.

    Se detuvieron las obras cuando llegaban frente a la calle de San Francisco y tardaron tiempo en reanudarse.

    Coincidió con ésta suspensión en los trabajos del Arroyo, la traida del agua potable desde la Moraleja a Tarifa y efectuada por el alcalaino Pedro Montes de Oca. En el sitio donde pararon las obras se instalaron tres grifos que daban agua en gran cantidad y allí se efectuó la bendición e inauguración de esta nueva mejora.

    El Arroyo que pasaba bajo el Túnel y desemboca en la Caleta, atravesaba Tarifa, entrando por la Puerta del Retiro seguía su cauce por toda la calle Sancho IV el Bravo y salía a buscar el mar, por la Playa de los Lances, pasando entre el cerro de Santa Catalina y la Huerta del Rey.

    Los márgenes estaban limitados en algunos trechos con las paredes de los edificios, y en su mayor parte, por espesos muros o cítaras; las correspondientes a la CALZADA estaban bien enlosadas y formando asientos, con el respaldo de hierro que hoy sirve de barandal en el Salón Alto de la Alameda (Cinco de Oros).

    Para ir de una a otra orilla, había puentes de buen tragandos en la PUERTA DEL RETIRO, uno por dentro y otro por fuera de la muralla; otros dos, análogamente dispuestos en LA PUERTA DEL MAR y varios en el interior del pueblo y se conocían por el nombre del lugar al que estaban próximos, y eran:
PUENTE DE LOS PERDONES.- Por la puerta de éste nombre de la parroquia de San Mateo al Convento de Santa María en la actual Plaza de Oviedo.
PUENTE DE SAN MATEO.- Desde la calle Santa Brígida, hoy Justino Pertíñez a la puerta Principal de la Iglesia.
PUENTE DE DON CARLOS.- Desde la casa de Don Carlos Núñez Lardaizabal (casa de losetas amarillas hoy perteneciente a José Cazalla), hasta la Plaza del Pan (donde actualmente se encuentra la Farmacia Central).
PUENTE DE BÁRCENAS.- También llamado de Solís, a la altura de la Caja de Ahorros de Cádiz, donde antes estaba la casa solariega de los Solís, hasta la fachada del Hospitalito.

Lugar donde se encontraba el pasadero del Hospitalito (Foto M. Rojas)

    Existía otro de madera, llamado el TABLÓN DEL CURA que servía para llegar al archivo parroquial y Casa del Arciprestre, cruzando la calle General Copons. También estaban cortadas las cítaras y colocadas piedras para vadear el Arroyo en los llamados "pasaderos del Hospitalito" (frente a la calle Melo, que antaño hacía esquina con Sancho IV el Bravo) y "pasadero del Hospital" (de la entrada de este edificio a la calle Inválidos).

    Adosada al PUENTE DE SAN MATEO estaba una zapata de contención, soldada con piedra de nuestra cantera, perfectamente pulimentada, a costa de los pantalones de muchas generaciones que lo dejaron en ella al deslizarse plácidamente por su plano inclinado.

    El caudal de aguas, nulo en verano y escaso en invierno, se aumentaba a veces rápidamente, desbordándose y produciendo las "arriadas", pesadilla de los vecinos de las casas enclavadas en los márgenes del Arroyo, por los deterioros que ocasionaban en los pisos bajos, donde el agua, el lodo y las hierbas o pitacos arrastrados irrumpían, a pesar de las defensas que se disponían para aminorar el daño y que eran formadas por tabiques de madera que lo mejor ajustados posible se colocaban en las puertas o ventanas próximas al suelo.

    Las cloacas de la población afluían al Arroyo, y en el verano, no corriendo el agua, se atascaban las inmundicias en los surcos centrales y hasta en las paredes de algunas casas; que limitando el arroyo, vertían desde lo alto sus cañerías.

    La quietud de estas suciedades, formaban una costra negruzca, bajo la cual corría lentamente algo de lo mucho malo que encubría, a este conjunto hediondo llamaban Fo y no era raro que algunos muchachos por incidencias de sus juegos y empelladas de sus camaradas, se llenaran de tal ambrosía y que llorosos y caricontecidos galoparan a sus casas, donde el nene regresaba convertido en grotesco pebetero. Poco antes de rellenarse el arroyo se celebraron unas elecciones y en el Hospitalito funcionaba una urna electoral; al salir de visitar el aludido colegio electoral, un entonces incipiente político, malhumorado o nervioso porque la marcha de la votación discrepara de sus anhelos, puso con tan poco tino sus pies al atravesar los "pasaderos" que, también, según dicen, se hundió en donde no hubiese sido su deseo.

    Con el fin de encubrir, algún tanto, el aspecto desagradable que el centro de nuestro pueblo ofrecía en verano con cuanto va descrito y animado por el incesante visiteo que las ratas de distintas cañerías se hacían mutuamente; para disimular eso, sembraban el lecho de nuestro arroyo con bastante zaina y con una buena porción de marasoles.

    Cuando alguien saltando la cítara, bajaba el arroyo, los muchachos gritaban a coro y siempre con el mismo sonsonete: "Tio Chico, que roban la zaina"

    Nadie sabia que Tio Chico era ese, porque nadie acudió nunca al grito de alarma que se le daba. Sin duda era otro similar al posterior:"Amaya, Amaya, la luz se apaga" grito que se daba en Tarifa recién instalada la luz eléctrica, cada vez que nos obsequiaba con un apagón, grito este último que saliendo de nuestro término municipal se oía en Algeciras muchos años después, cuando ya el Sr. Amaya, no tenía relación con las fábricas de electricidad, ni de Algeciras ni de Tarifa.

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