CRÓNICAS

ALJARANDA

Una cabalgada de moros

A. Vázquez

El investigador A. Vázquez estudió a comienzos de siglo varios legajos del escribano Sotomayor en el archivo de la Real Cancillería de Granada, en los que constaba el pleito mantenido por los Jefes militares tarifeños, en razón al reparto de prisioneros musulmanes capturados en una incursión de piratas berberiscos, sobre las costas tarifeñas a comienzos de la Edad Moderna. Redactando esta curiosa, bonita y a la vez enriquecedora crónica que se publicó por primera vez en la revista Archivum de la Universidad de Granada en 1912.

    A media noche del 4 de noviembre, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo, de mil quinientos sesenta y cinco, se repicó la campana del rebato en el castillo de la villa de Tarifa, porque estando de vela los guardas sobre el terrado de la fortaleza habían visto almenara, que era la señal convenida para dar aviso de que había moros en la tierra, hacia la atalaya del Pino y sitio denominado Cueva de las Palomas.

Desembarco de piratas berberiscos en las costas tarifeñas. Dibujo de Juan Patrón para el "tebeo" Historia de Tarifa.

    No se trataba por cierto de una falsa alarma; que a la cala de la boca de los Santos, amparándose de las sombras de la noche que era muy oscura, había llegado un navío de moros enemigos de la Santa Fé Católica procedente de Tetuán, y desembarcando algunos, entraron en tierra adentro y quedaron otros en la nave, no sin ser descubiertos los primeros desde la torre donde se encontraba, por un atajador de la playa llamado Francisco Delgado, el cual dejó su puesto con la mayor cautela e hizo aquella almenara, que vista por los centinelas de la expresada fortaleza, donde dormía el Alcaide, Capitán y Corregidor Perafán de Rivera, había dado lugar a que levantándose éste apresuradamente de la cama, no bien tuvo noticia del suceso, comunicara la orden de tañir la campana del rebato y de que se diese pregón al mismo tiempo, para que a toda prisa se alistase la gente de guerra concurriendo a la Puerta de la Mar que junto a la susodicha fortaleza estaba y que era donde acostumbraba a congregarse en casos tales.

    Allí fueron reuniéndose los de a caballo y los de a pie; aquéllos con sus lanzas, espadas, corazas y adargas; éstos, con sus ballestas y arcabuces; y allí estaba de los primeros, aderezado y con sus armas Perafán de Rivera, que era muy esforzado y valiente capitán, de gran destreza y diligencia para tener siempre apercibidos y dispuestos para la lucha a los vecinos de Tarifa. Ante todo dispuesto, que con orden de fuerza a fin de que peleasen, saliesen a la Plaza de los Caballeros, entre ellos su sobrino Alonso Morán, Hernán Martín de León, Alonso García Serrano, Pedro Martín Ponce, Alonso Fernández de Moscoso, Juan Gómez de Tarifa, Antón Martín de Lara, Juan y Lázaro Cantero, que era regidor y veedor de los guardas, Pedro García de Oliveros, Martín Hernández Pericón, Juan Rodríguez Camacho, Alonso de Cobo, Francisco Martín Guarda, Fernando de Morales Cárdenas, Juan Darco, Lope de Piña, hijo de Alvaro de Piña, Pedro de Toro, Alonso Lorenzo de Lidueña y Francisco Sánchez de Sanlúcar, mientras él continuaba recogiendo el resto de la gente para salir también con ella, si se confirmaba la importancia de la cabalgada, y para atender, caso preciso, a la guarda y defensa de la villa, puesto que pudiera suceder que haciendo alguna traición, los enemigos diesen el rebato por una parte para poder entrar hasta la misma plaza por otra distintas, si quedaba desamparada o mal guarnecida.

    Emprendieron la marcha dichos caballeros con algunos soldados y otros de a pie que, agarrándose a la colas de los caballos, los seguían con dirección a la expresada Cueva de las Palomas, por un camino fragoso, lleno de malezas y breñas, barrancos y arenajas, donde encontraron a Francisco Delgado, que los condujo a la expresada cala de la boca de los Santos en que estuvo el navío, a la playa misma en que los moros habían desembarcado. Y antes que amaneciera, cuando los marroquíes regresaban de su correría, arrimados a un barranco grande, resguardándose y ocultándose cuando posible era, con el mismo y con el mucho monte alto que cubría aquellos parajes, llevando cautivo y herido a Aparicio de Carmona, vaquero en el campo de Tarifa, al servicio de Sancho de Sierra, vecino y regidor de Gibraltar, los cristianos dijeron: "¿qué gente?" y los moros sin contestar se arrojaron inopinadamente sobre ellos, por lo que uno de los caballeros mencionados exclamó: "¡Perros; que aquí está toda Tarifa!" y otro "¡Santiago y a ellos!" y se acometieron unos a otros y anduvieron a lanzadas y saetazos, en tan reñida lucha, con tal denuedo y brío, que quedaron muertos en el acto Francisco Martín y otros dos caballeros cristianos, y nueve gravemente heridos; entre éstos, Pedro Martín Ponce, con una saeta que tenía clavada en el pecho y le salía por la espalda; Alonso Lorenzo de Lidueña y Antón Sánchez; Hernando de Morales Cárdenas, de una saetada en el brazo, de parte a parte; Hernán Martín de León, de una en el pecho, y Juan Martín, de otras dos en el hombro y en una pierna otra. Asimismo habían quedado en la refriega varios moros heridos y tres muertos; siendo luego los demás desbaratados y acorralados en tal torma, que los que no quedaron muertos o heridos, se huyeron echándose a la mar a nado, a una peña que llamaban de las Moreras, tratando de refugiarse en el referido navío que ya también había escapado alejándose de la costa y dando la vuelta a la mar, hacía el Sitio conocido por Bolonia. Pero persiguiendo a los fugitivos, los cristianos metieron sus caballos en el agua casi hasta las sillas, y allí continuaron el combate, hasta que lograron sacar a doce moros de la dicha peña, a los cuales maniataron y condujeron después cautivos a la plaza, habiéndose tomado además alfanjes, ballestas, arcabuces y otras armas y efectos.

Vista panorámica de las costas de Tarifa (Foto M. Rojas)

    Entre tanto se había vuelto a repicar en el castillo llamando a rebato, porque se había visto hacia Bolonia otra almenara y se decía que eran muchos los moros y que había algunos embreñados y que traían bastante fuerza de navíos; y en su vista, hizo traer su caballo a la Puerta del Mar, Perafán de Rivera, y con el resto de los caballeros y los peones que había ido juntando, todos a punto de guerra cuando ya quería amanecer y careaba de modo que se podía conocer en la mano cualquier moneda, ordenó que se volviese a abrir la puerta de la villa y al frente de unos doscientos hombres, lanceros, ballesteros y arcabuceros, con su bandera y guión, diciéndoles: "¡Pues vamos allá, amigos!" salieron a todos con dirección a la segunda almenara, siendo así que ya estaba concluida a tal hora la pelea y regresaban vencedores Hernán Martín de León y sus compañeros, a quienes encontraron a una legua próximanete de Tarifa, en la playa nombrada de Valdevaqueros, en unión de los heridos y cautivos que con ellos iban.

    Era de tal manera alarmante el estado de gravedad de Pedro García de Oliveros, que fué uno de los más delanteros y de los primeros en prender y cautivar a los moros, que tuvieron que apresurar la marcha para llegar más pronto a la villa y disponer se llamara inmediatamente al escribano de ella Pedro de Rivera. a fin de que otorgase su testamento; como en efecto lo verificó, habiendo fallecido a los pocos momentos y siendo entérrado su cadáver al siguiente dia, en la Iglesia del Señor San Mateo.

    Fueron luego indagados los doce moros cautivos; y como de sus confesiones parecía que eran algunos de ellos monfíes o tornadizos, acordó Perafán de Rivera que fuesen remitidos al Tribunal de la Santa Inquisición de Sevilla, aquellos sobre que recaían sospechas de ser renegados, para que esclareciese la verdad y fuesen castigados los culpados con arreglo a derecho; y en cuanto a los no tornadizos, que se restituyesen a los que los habían cautivado para que se los repartiesen conforme a derecho, por lo cual se hizo entrega de ellos a Lázaro Cantero, Alonso García, Hernán Martin de León, Alonso de Cobo, Alonso Lorenzo de Lidueña y Juan Gómez de Tarifa. Mas fueron tantas las reclamaciones de los que a caballo o a pie habían tomado alguna parte en aquella presa, incluso de los que pedían que el mejor de los moros cautivados fuese para la obra de la casa de Nuestra Señora del Sol, que era muy antigua y por la que tenían los vecinos de Tarifa grande devocion, que se acordó venderlos y rematarlos en almoneda publica y repartir su importe entre los reclamantes, según las armas que cada cual había llevado, percivíendo los caballeros doble que los soldados, e incluyéndose en el reparto al mismo Perafán de Rivera, que decía pertenecerle uno de los cautivos según reales pragmáticas y la práctica constante establecida en tiempo de los Alcaides y Capitanes de Tarifa. el licenciado Diego de Avila, y por la ausencia de éste, Alvaro de Piña y Alonso Añasco de Rivera, y con anterioridad a los mismos, pues como tal Capitán tenía derecho al quinto, que de la Cabalgada escogiese y a una joya, aunque personalmente no se hubiese hallado en el acto de la presa, solamente por haber ordenado el rebato; pues si no los dispusiera y se llevaran a cabo seguramente entrarían los moros y turcos hasta la misma villa, ¡que tal era su audacia!.

    Dió lugar esta reclamación a un reñido pleito, de que conoció la Real Chancillería de Granada; y al hojear sus interesantes páginas, he creído que no era inoportuno entresacar del mismo los anteriores datos (Escribanía de Sotomayor, legajos 437 y 438, tomo II).

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