| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araujo Balongo
José Araujo Balongo es un tarifeño siempre relacionado con el mundo cultural de nuestra ciudad. Estudioso de todos sus aspectos nos ofrece un precioso relato de creación literaria lleno de poesía y lirismo.
Se llamaba Leopoldo. Era mediano de estatura, casi rechoncho; de pelo ralo, gris y corto; ojos saltones y brillantes en un rostro atezado, como de hombre que hacía su vida en la calle expuesto a los soles y los vientos de Tarifa. Tal cual lo recuerdo cifraría su edad entre los cincuenta y sesenta años. De su modesta indumentaria destacaban las botas: siempre, aunque remendadas, relucientes; como si quisiera resaltar por medio del brillo del calzado su pretendido prestigio e importancia.
Su pasión era la música. Se había confeccionado con un trozo de caña una especie de raro clarinete (en lo aparente sólo) que adornaba con borlas rojigualdas de las que cuelgan del precinto de las botellas de "Anís Machaquito". Con aquel remedo de instrumento recorría las calles de nuestro pueblo interpretando (es un decir) toda clase de pasodobles y marchas militares tarareadas con su voz ronca, puesto que, como es natural, aquella adornada caña no emitía sonido alguno por mucho que soplara. Al mismo tiempo iba marcando el paso y llevando el compás con enérgicos movimientos de su trastornada cabeza.
Muchos de los chiquillos de entonces (década de los cuarenta), yo entre ellos, le seguíamos en su recorrido acompasando nuestro paso al suyo uniendo nuestras voces infantiles a la de él, formando un nutrido y estrafalario pelotón tras el bueno de Leopoldo, convertido por su locura y nuestra complicidad en un nuevo flautista de Hamelin.
Por aquel tiempo, todos los domingos asistía a misa de doce en San Mateo una compañía del Regimiento de Infantería Álava 22, y desfilaba desde el castillo de Guzmán el Bueno hasta la iglesia y viceversa, al son de una muy buena banda de música del mismo Regimiento. Y aquel era el día grande de nuestro personaje. Tanto él como su "instrumento" lucían sus mejores galas, y sin que pudieran evitarlo los guardias municipales por más que lo intentaban, lograba meterse entre los componentes de la banda compitiendo con ellos aunque sólo fuera en marcialidad y arrogancia. La presencia de Leopoldo en el desfile ponía la nota cómica en toda aquella parafernalia militar. A la iglesia no entraba; esperaba fuera para el segundo recorrido, al que ya le costaba más trabajo incorporarse por la vigilancia de los municipales; pero casi siempre lograba esquivarlos con regates y fintas impropios de su edad y apariencia física.
Por Semana Santa, él sufría su propio calvario al no poder participar en los desfiles, ya que, como las marchas procesionales son tan lentas de compás y, por consiguiente, de paso, les resultaba fácil a los guardias agarrarle y apartarle de entre las bandas de música que acompañaban a las procesiones. Y él se retiraba, no sin protestar, aunque sin violencia, con la tristeza propia de quien se consideraba víctima de una injusticia.
Verdaderamente era un personaje muy peculiar. No hacía ningún caso cuando algún "gracioso" se burlaba de él. Iba a lo suyo y, sin pretenderlo, daba lecciones de coherencia con un comportamiento fiel a su mundo interior. Hablaba poco, casi nada; cuando no estaba "interpretando" pronunciaba algunas cortas e incomprensibles frases y reía, eso sí; reía mucho, sin freno y sin medida, con largas y estruendosas carcajadas.
Así, con una especial ternura, recuerdo al buen Leopoldo de mis años infantiles, que un día desapareció de nuestras calles para siempre, pero que dejó en mi memoria cuanto he tratado de plasmar en lo que llevo escrito. Y como nadie muere del todo mientras alguien le recuerde, yo he procurado, no sé si conseguido, dar vida en el papel en esta breve semblanza, a aquel curioso loco, esencialmente bueno, que no hacía mal a nadie y cuya pasión era la música.
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