CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Un pregón de otros tiempos

Cristóbal Delgado Gómez

Cristóbal Delgado Gómez, aunque nacido en Algeciras, tiene mucha vinculación en Tarifa ya que vivió aqui sus años de niñez. Gran amante de nuestra ciudad de la que fué pregonero de las Fiestas Patronales en 1989. Escritor, Pregonero y Conferenciante ostenta el titulo de Hijo Predilecto de Algeciras, de la que es Cronista Oficial desde el 16 de junio de 1962.

    Los pregones son la música de fondo de los pueblos. Cuando se aleja uno de ellos por mucho tiempo, aquel canto breve, pero de largas cadencias, lastimero a veces, resuena aún en nuestros oídos como algo inseparable del paisaje, como un sonido mágico que nos hiciera revivir intensamente los recuerdos que ya parecían disolverse entre las brumas del tiempo.

    Yo viví de niño en Tarifa. Fueron unos años felices entre gentes amables y gozando del placer --precozmente sentido-- de recorrer sus calles blancas y silentes; de perderme entre las piedras milenarias de sus torres y murallas; de emocionarme con el coro y la liturgia entre los muros catedralicios de San Mateo...

    Recuerdo aquel órgano que sonaba vibrante y profundo, cuando el organista --Alonso se llamaba-- hacía correr sus dedos por el teclado en arpegios y escalas que inundaban el corazón de no sé que dulce melancolía.

    Eran otros tiempos. Tarifa era blancura y era cal y era sol y era azul... Y en el silencio de la tarde, en el largo ocaso del otoño, allá por el "Boquete de la Cilla" bajaba un pregón lento y sonoro, una voz masculina con un soniquete melódico y grave al mismo tiempo...:" ¡Piñó... piñones...; como almendras son los piñones...!.

    Y veíamos aparecer desde los balcones de nuestra casa, frente a la carretera, a un hombre de edad indefinida, tocado con una gorrilla de colores perdidos, llevando, colgado de su hombro, un cenacho con la rica mercancía.

    Lo llamábamos con un gesto, y , en seguida, bajámos hasta el portal. Allí el piñonero, con lentos movimientos, llenaba nuestras manos del delicioso fruto, después de haber medido en un pequeño recipiente de madera, la cantidad exacta que correspondía a las monedas que los niños entregábamos.

    Cuando movía la esportilla para introducir la medida, el ambiente se llenaba de un grato olor a bosque y a resina.

    Luego lo veíamos marchar de nuevo, lento y solemne, camino de la puerta de Jerez. Antes de perderse bajo el arco que timbran lealtades volvíamos a oir, ya en la lejanía, el conocido pregón: "¡Piñó... piñones; como almendras son los piñones...!.

    Mi madre quiso una vez enviarle a una parienta de Algeciras una cajita llena de piñones, ya pelados, que íbamos a preparar nosotros mismos. Y aquella tarde cuando pasó el hombre, compramos más que otras veces con este fin. Y, en seguida, provistos de piedras y martillos, comenzamos la operación de ir pelando y llenando la caja, pero... --vana ilusión-- aquello no fue posible; pocos iban a parar al recipiente... (por cada uno que echábamos nos comíamos tres). Mi madre cuando vió el cariz que iba tomando la cosa, adoptó una resolución de urgencia: llenó la caja de piñones sin pelar y la envió en seguida en uno de aquellos coches de línea de nuestros parientes, los Marset... Había sido un sueño imposible.

    A la tarde siguiente, cuando ya el sol de otoño alargaba las sombras y el cielo se iba poniendo de color violeta, de nuevo la voz sonaba a lo lejos "¡Piñó... piñones; como almendras son los piñones...!

    Y nosotros volvíamos al balcón o a la azotea a paladear el grato manjar,mientras veíamos pasar los barcos y oíamos de lejos el pregón cadencioso y lánguido del piñonero...

    De esto han pasado casi sesenta años, pero no lo he podido olvidar. Entre mis memorias de Tarifa, a la que adoro, siempre vienen envueltas aquellas notas que rompían la tarde de cristal con su breve esperanza placentera...: "¡Pinó... piñones...!

    ¡Oh bella ciudad encantada, con cuanto amor te recuerdo!.

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